El Reflejo de la Duda Capítulo 7 Huellas Sin Dueño #2
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Capítulo 7 Huellas Sin Dueño #2

«Yo no tengo un coche aquí», pensó, mirando hacia las huellas de neumáticos.

«Y no tengo la fuerza necesaria para cortar estas raíces con tanta limpieza, no en el estado de letargo en el que me encontraba ayer.

Alguien vino en coche. Alguien trajo las herramientas.

Alguien excavó esto mientras yo estaba inconsciente, o tal vez me trajo para mostrarme el lugar».

Buscó a su alrededor con mirada analítica.

Un investigador sabe que cavar una fosa es un trabajo físico duro que suele dejar evidencias.

El perpetrador estaría cansado, apurado por la lluvia o la oscuridad.

Es fácil cometer errores y perder objetos personales en el barro.

Laura comenzó a examinar el montículo de tierra y los bordes de la fosa, apartando las acículas de pino y la hojarasca empapada con una rama seca.

A menos de un metro del borde del foso, bajo la protección de un helecho, algo llamó su atención.

Un brillo metálico destacaba entre la tierra oscura.

Dejó la rama y se inclinó. Con los dedos temblorosos, retiró la capa de barro que cubría el objeto.

Era un bolígrafo de acero inoxidable cepillado, con un clip cromado.

Un objeto de escritorio costoso. Laura limpió la superficie metálica con el pañuelo de papel.

En el cuerpo del bolígrafo, leyó el logotipo grabado: Clínica de Salud Mental Valle Sereno .

Sintió un escalofrío. Conocía ese bolígrafo.

Valle Sereno distribuía ese modelo únicamente a los médicos jefes de departamento.

Y el doctor Mateo Silva tenía uno exactamente igual en el bolsillo de su bata cada vez que la visitaba, utilizándolo para anotar sus observaciones en la ficha clínica de Laura.

«Mateo», pensó Laura, y el nombre se sintió como una piedra fría en su estómago. «Él estuvo aquí».

La sospecha dejó de ser una teoría para convertirse en una realidad física.

Pero la prueba no estaba completa. Un bolígrafo podía haberse caído en cualquier momento, o incluso ella misma podría haberlo traído de la clínica antes del accidente.

Sabía que Mateo tenía un control absoluto sobre el Proyecto Espejo, y que su presencia física en este bosque significaba el fin de todas sus mentiras psiquiátricas.

Laura continuó buscando. A un paso de donde había encontrado el bolígrafo, en una zona de barro que mostraba marcas de pisadas grandes —suelas de bota de vestir con tacón de goma, no botas de montaña—, la tierra parecía haber sido removida por un resbalón.

En mitad del lodo, Laura vio una esquina de plástico transparente que sobresalía de la superficie.

Introdujo los dedos en el fango y tiró. Descubrió un duplicado de llaves enganchado a un llavero de cuero negro húmedo.

Se trataba de un juego de llaves de repuesto que Mateo solía conservar como reserva: contenía una llave electrónica idéntica a la de su todoterreno, tres llaves comunes y un mando de portón automático.

Pero lo que hizo que a Laura se le congelara la respiración fue una etiqueta rectangular de plástico rígido y translúcido que colgaba de la anilla.

Dentro de la etiqueta, protegida de la humedad directa, había una tira de papel blanco.

Escrita con una caligrafía angulosa y precisa en tinta negra permanente, figuraba una indicación:

Archivo 4B - Sótano

Laura cerró el puño alrededor del manojo de llaves, sintiendo cómo los bordes metálicos se le clavaban en la palma con una intensidad dolorosa.

No había margen para la duda. Aquella caligrafía era la de su terapeuta.

Ella había leído esa misma letra en docenas de recetas y en los informes de su tratamiento.

Las llaves pertenecían a Mateo. Mateo las había perdido aquí, al borde de una fosa excavada a medias en mitad del bosque, al lado de su bolígrafo de Valle Sereno, junto a las huellas del neumático de su coche.

La farsa se había derrumbado. Laura se quedó sentada sobre los talones en el barro.

La verdad la golpeaba con la fuerza de un rayo, iluminando las zonas oscuras de su memoria.

Mateo no la estaba tratando para que superara su trauma.

Mateo la estaba manteniendo sedada, aislada en La Cabaña de los Pinos, usando el Dormisen para inducirle una demencia selectiva y borrar sus recuerdos episódicos.

¿Por qué? Porque ella sabía la verdad sobre el Proyecto Espejo y sobre lo que realmente había ocurrido en el puente del Río Negro el 14 de noviembre de 2024.

Mateo la había utilizado a ella y a Adrián Soler en sus experimentos, y cuando Daniel amenazó con denunciarlo todo ante el inspector Marcos Leal, la única salida del psiquiatra había sido el accidente.

Un accidente que tal vez no había sido tal.

¿Y la fosa? Aquella fosa era el plan de contingencia de Mateo.

Si el Dormisen dejaba de hacer efecto, si Laura comenzaba a recuperar la memoria o si el inspector Marcos Leal empezaba a hacer preguntas, Mateo no dudaría en hacerla desaparecer.

La enterraría aquí, en la orilla del lago, bajo la niebla del bosque húmedo, donde nadie vendría a buscarla jamás.

Imaginó la tierra mojada cayendo sobre su rostro desprotegido, la oscuridad eterna bajo los pinos, y sintió una náusea repentina, una mezcla de terror y rabia ardiente que la hizo ponerse de pie de un salto.

—No —susurró, con los dientes apretados—. No me vas a enterrar aquí, Mateo.

El miedo se transformó en una claridad fría.

El entrenamiento de su antigua vida como negociadora de la policía regresó a ella como una herramienta activa de supervivencia.

Guardó el bolígrafo de Valle Sereno en el bolsillo interior de su chaqueta impermeable, junto a la cinta de casete.

Aseguró las llaves de Mateo en el bolsillo lateral, subiendo la cremallera metálica.

Esas llaves eran la prueba física que necesitaba.

Y la etiqueta «Archivo 4B - Sótano» era una pista directa hacia el lugar donde se ocultaban los secretos de la clínica.

Miró a su alrededor por última vez. La niebla parecía cerrarse sobre el claro, ocultando las huellas de los neumáticos y la fosa a medio excavar.

Comenzó a caminar de regreso a la cabaña.

Sus pasos eran rápidos, firmes y decididos.

No le importaba el barro ni la lluvia. Necesitaba llegar a La Cabaña de los Pinos, ponerse a salvo y usar el teléfono para llamar al inspector Marcos Leal.

Él era su única conexión con la realidad externa, su antigua pareja en la policía, el único hombre que podía ayudarla a desentrañar la conspiración antes de que Mateo regresara a buscar las llaves que había perdido en el bosque.

El tiempo se estaba agotando, y Laura sabía que la próxima visita de Mateo Silva no sería para controlar su dosis, sino para completar el trabajo que había dejado a medias al borde del lago.

Con las llaves de Mateo en su poder y la mente libre de la neblina del Dormisen, Laura aceleró el paso, dispuesta a enfrentarse a la verdad que se ocultaba en las profundidades de Valle Sereno.