Capítulo 15 La Última Sesión #2
—La sesión ha terminado, doctor Silva —dijo Laura con una calma implacable—.
Y tu confesión ha sido escuchada y registrada en directo por la policía del distrito de Sendero Verde.
Cada palabra sobre Daniel, sobre el sabotaje de los frenos y sobre el secuestro químico al que me has sometido durante dos años.
El rostro de Mateo se transformó. La máscara de terapeuta paternal se desintegró por completo, revelando una mueca de furia ciega y desesperación. Apretó los dientes y levantó la jeringa, dispuesto a abalanzarse sobre Laura para silenciarla por la fuerza.
—¡Maldita sea, Laura! —rugió, dando una zancada hacia ella.
Antes de que pudiera acortar la distancia, un sonido agudo y estridente desgarra la noche.
El aullido de múltiples sirenas policiales comenzó a rebotar en las paredes del desfiladero, acercándose a toda velocidad.
Segundos después, tres patrullas de policía irrumpieron en el puente del Río Negro, con las luces azules y rojas girando frenéticamente y reflejándose en el asfalto mojado.
Los vehículos derraparon, cruzándose en la calzada para bloquear cualquier vía de escape.
Las puertas de los patrulleros se abrieron de golpe.
Varios agentes descendieron con las armas reglamentarias desenfundadas.
Entre ellos, alto, rudo y vistiendo su habitual gabardina beige empapada, avanzó el inspector Marcos Leal.
En su mano izquierda sostenía su teléfono móvil, en el cual aún permanecía activa la llamada con Laura.
Llevaba un chicle de nicotina en la boca, que masticaba con una tensión evidente.
—¡Policía! ¡Suelte la jeringa inmediatamente y ponga las manos sobre la cabeza, Silva! —bramó Marcos Leal, con una voz de trueno que se impuso al rugido del río y de la lluvia—. ¡Está rodeado! No dé un solo paso más.
Mateo miró a su alrededor. Vio los cañones de las pistolas apuntándole, las luces cegadoras que lo envolvían y el rostro severo del inspector Leal.
La jeringa resbaló de sus dedos húmedos, golpeando el suelo del puente y rompiéndose en mil pedazos, dispersando el líquido letal que se mezcló con el agua de lluvia.
Dos agentes se abalanzaron sobre él, le forzaron los brazos detrás de la espalda y le colocaron las esposas metálicas con un chasquido seco y definitivo.
Mientras los oficiales arrastraban a Mateo hacia uno de los vehículos policiales, el médico giró la cabeza hacia Laura, lanzándole una mirada cargada de un odio visceral.
—¡No eres nada sin mí, Laura! —gritó Mateo, con la voz quebrada por la rabia mientras lo metían en la parte trasera del patrullero—. ¡Tu mente está rota! ¡Volverás a la oscuridad! ¡Volverás a olvidar!
La puerta del coche policial se cerró, acallando sus gritos.
Marcos Leal se acercó a Laura con paso lento.
Se quitó la chaqueta y se la colocó a ella sobre los hombros para protegerla de la hipotermia.
Su rostro, habitualmente duro, mostraba una mezcla de alivio y una profunda tristeza por todo lo que su antigua compañera había tenido que sufrir.
—Lo tenemos todo, Laura —dijo Marcos, con voz suave—. La grabación es nítida. El fiscal tendrá suficiente para acusarlo de homicidio en primer grado por lo de Daniel, además de secuestro, falsificación de documentos y administración ilegal de psicotrópicos. Se acabó. Por fin se acabó.
—Gracias, Marcos —respondió Laura, con un hilo de voz. Su cuerpo comenzaba a sentir el colapso del esfuerzo físico y mental, pero su mente permanecía extrañamente despejada.
—Voy a coordinar el traslado y a pedir una ambulancia para que te revise en el hospital de Sendero Verde —dijo Marcos, dándole un leve apretón en el hombro—. Quédate aquí un momento, junto al patrullero. Estás a salvo ahora.
Marcos se alejó hacia los coches de policía para hablar con los agentes.
Laura se quedó sola en medio del puente.
El viento del desfiladero soplaba con fuerza, arrastrando jirones de niebla que se enredaban en la estructura metálica.
Laura giró la cabeza y miró hacia la barandilla del puente.
Allí seguía Adrián Soler. Su silueta parecía haberse vuelto aún más delgada y pálida, casi translúcida bajo la lluvia.
La tormenta parecía atravesarlo sin rozar su piel.
Mantenía una media sonrisa en el rostro, una expresión de profunda paz y cansancio, como la de un centinela que ha cumplido con su deber y finalmente puede abandonar su puesto de guardia.
Laura dio un paso hacia él, sintiendo que una revelación largamente postergada comenzaba a encajar en su cerebro con la precisión de un engranaje perfecto.
Recordó la base de datos de Valle Sereno que había consultado en la cabaña.
El expediente de Adrián Soler que indicaba que había fallecido el catorce de noviembre de dos mil veinticuatro, el mismo día del accidente en el puente.
Adrián nunca había escapado de la clínica en los últimos días; no había caminado por el bosque bajo la lluvia, ni había tocado a la puerta de su cabaña esa noche de tormenta.
Adrián Soler había muerto hacía dos años en Valle Sereno, víctima de los experimentos del doctor Mateo Silva.
—Nunca estuviste allí, ¿verdad? —susurró Laura, contemplando la figura del joven.
La proyección de Adrián no respondió con palabras, pero su sonrisa se ensanchó levemente, asintiendo con la cabeza.
Laura comprendió entonces la asombrosa y compleja maquinaria de su propio cerebro.
Su mente, acorralada por el trauma del accidente, la culpa por la muerte de Daniel y el constante secuestro químico provocado por el Dormisen, había desarrollado una estrategia de autodefensa extrema.
Para eludir los bloqueos de memoria que Mateo le imponía con las gotas diarias, su subconsciente había proyectado la figura de Adrián Soler.
Él era la personificación de sus sospechas enterradas, el detective interno que utilizaba el rostro de la víctima de Mateo para guiarla, paso a paso, a través del laberinto de mentiras que la rodeaba.
Adrián era su instinto de negociadora y su voluntad de vivir, materializados en la niebla para salvarla de la demencia inducida.
—Gracias, Adrián —dijo Laura, y una oleada de gratitud y aceptación inundó su ser—. Gracias por no dejarme olvidar.
La figura de Adrián comenzó a desvanecerse.
Sus bordes se mezclaron con los jirones de niebla blanca que subían desde el abismo del Río Negro.
En pocos segundos, su imagen se disolvió por completo, dejando únicamente el rumor del agua y el silbido del viento sobre las vigas de hierro.
No quedaban huellas, ni documentos en el suelo, ni rastro alguno de su presencia física.
Solo quedaba ella. Laura metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón y extrajo el pequeño frasco de vidrio ámbar que contenía el Dormisen.
El veneno que había gobernado sus días y sus noches, el compuesto químico que Mateo había utilizado para mantenerla prisionera de sus propios fantasmas.
Contempló el frasco bajo la luz de las sirenas policiales.
Con paso firme, caminó hacia el borde del puente.
Desenroscó la tapa de plástico y derramó el líquido transparente sobre la barandilla.
Las gotas cayeron al vacío, mezclándose con la lluvia antes de perderse en el torrente oscuro del Río Negro.
Después, con un movimiento rápido y liberador, arrojó el frasco de vidrio al abismo.
No escuchó el impacto contra el agua, pero supo que el frasco se había hundido para siempre en el lecho del río, arrastrando consigo la última cadena que la ataba a su captor.
Laura cerró los ojos y respiró hondo. El aire del desfiladero, frío, húmedo y cargado de olor a pino y tierra mojada, entró en sus pulmones con una pureza que no había sentido en dos años.
El dolor de cabeza seguía allí, el cansancio era abrumador y el camino hacia la recuperación total sería largo y difícil, pero la niebla en su mente se había disipado por completo.
La duda se había marchado. Volvía a ser dueña de sus recuerdos, de su dolor y de su libertad.