Capítulo 6 El Juicio de Mateo #2
—Necesitamos estabilizarte. La dosis de Dormisen que has estado tomando ya no es suficiente para contener estas fugas psicógenas y el insomnio que las alimenta. Tu cerebro necesita un descanso químico profundo para que la neuroplasticidad cure la brecha del trauma.
Extrajo del maletín un frasco pequeño de vidrio ámbar con un gotero integrado y una etiqueta blanca que decía: Dormisen - Tratamiento Sedante/Disociativo .
Laura clavó la mirada en el frasco. Sabía que ese líquido no era un ansiolítico común.
Era el ancla que la mantenía sumisa, el veneno que empañaba sus mañanas y borraba sus noches.
—Vamos a aumentar la dosis —dijo Mateo—. De las cinco gotas habituales pasaremos a ocho gotas diarias. Debes tomarlas ahora mismo, antes de irte a la cama. Te aseguro que te ayudará a conciliar un sueño sin pesadillas y sin episodios disociativos.
Mateo se levantó y caminó hacia la pequeña cocina de la cabaña. Laura lo observó mientras abría el grifo y llenaba un vaso con agua. Regresó a la mesa, colocó el vaso en el centro y desenroscó la tapa del frasco.
—Mira fijamente las gotas, Laura. Necesito que seas consciente del proceso para que tu mente acepte el tratamiento —dijo con esa calma hipnótica.
Inclinó el frasco sobre el vaso. Laura observó cómo el líquido transparente se desprendía del gotero.
—Una —dijo Mateo.
Una gota cayó, disolviéndose en el agua con una onda casi imperceptible.
—Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
La tensión en la cabaña se volvió insoportable. El repiqueteo de la lluvia en el exterior parecía acelerarse, un galope salvaje de agua sobre el zinc.
—Seis. Siete. Ocho.
Mateo enroscó la tapa del frasco y guardó el medicamento en su maletín. Luego, deslizó el vaso de agua por la superficie de la mesa hasta dejarlo justo frente a Laura.
—Bébelo todo, Laura. Por tu bien. Por Daniel. Para que puedas empezar a sanar de verdad.
Laura miró el vaso. Sabía que esas ocho gotas de Dormisen representaban la pérdida total de su control, la sumisión química que la mantendría encerrada en la cabaña para siempre.
Si Mateo se daba cuenta de su resistencia, la declararía incapaz y la trasladaría de inmediato a Valle Sereno.
Tenía que jugar el papel. Tenía que ser la negociadora que cede temporalmente para ganar una ventaja estratégica.
Levantó el vaso con una mano que se obligó a mantener firme.
Sintió el frío del cristal contra la palma.
Miró a Mateo a los ojos a través del agua del vaso.
El psiquiatra la observaba con una fijeza implacable detrás de sus anteojos.
No había espacio para el error. Laura se llevó el vaso a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás.
Dejó que el agua fría inundara su boca. Pero en lugar de tragar, utilizó la musculatura de su garganta y la lengua para retener todo el líquido en la parte posterior de la cavidad bucal, justo bajo la lengua y contra las mejillas, imitando el movimiento de deglución con un leve espasmo del cuello y un suspiro de resignación.
Bajó el vaso, ahora vacío, y lo colocó sobre la mesa.
Se pasó el dorso de la mano por los labios, fingiendo limpiar los restos de agua, mientras mantenía la boca cerrada y la respiración contenida para evitar tragar por accidente el líquido disociativo.
Mateo pareció relajarse visiblemente. Una sonrisa de satisfacción profesional iluminó su rostro.
—Muy bien, Laura. Estoy orgulloso de ti.
Has dado un paso muy importante hoy al aceptar la realidad de tu situación —dijo, mientras cerraba el maletín de cuero—.
Ahora, quiero que te vayas a la cama de inmediato.
El Dormisen actuará rápido hoy debido al aumento de dosis. Apagaré las luces de la sala al salir.
—Gracias, Mateo —consiguió articular Laura con dificultad, manteniendo la lengua inmóvil para no tragar la sustancia, lo que confirió a su voz un tono ligeramente pastoso y cansado, perfecto para el papel de paciente sedada.
—Nos vemos la semana que viene. Descansa —dijo Mateo, tomando su gabardina del perchero.
Laura permaneció sentada en la mesa, rígida como una estatua, escuchando los pasos del doctor alejándose hacia la puerta de entrada.
El chirrido de las bisagras, el azote de una ráfaga de aire frío y húmedo que se coló en la sala, y finalmente el golpe seco de la puerta al cerrarse.
A través de la ventana, vio los faros del vehículo encenderse de nuevo.
El motor rugió, y el coche empezó a retroceder lentamente por el camino de barro hasta que las luces desaparecieron tras la curva del bosque.
En ese instante, Laura se levantó de la silla de un salto, con las manos presionando su boca para evitar que el líquido se deslizara por su garganta.
Caminó a zancadas apresuradas hacia el pequeño baño del pasillo.
Entró al baño, se arrodilló frente al lavabo de porcelana blanca y escupió con violencia todo el líquido acumulado en su boca.
Un hilillo amargo y espeso cayó en el sumidero.
Laura abrió el grifo a fondo. El agua fría brotó con fuerza, lavando los restos de la sustancia disociativa.
Se inclinó y bebió agua limpia directamente del grifo, enjuagándose una y otra vez, escupiendo y frotando su lengua con los dedos para eliminar el regusto químico que amenaba con adormecer las paredes de su boca.
Se apoyó en el borde del lavabo, respirando con dificultad, con el cabello castaño corto pegado a la frente por el sudor frío.
Su reflejo en el espejo roto sobre el lavabo le devolvió una mirada de determinación salvaje.
Mateo había intentado anularla de nuevo, usando su propia mente como arma contra ella.
Pero esta vez, el velo químico no caería.
Laura Vane estaba despierta. Y la verdad, fuera cual fuera, estaba esperándola en la niebla exterior de La Cabaña de los Pinos .