El Reflejo de la Duda Capítulo 6 El Juicio de Mateo
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Capítulo 6 El Juicio de Mateo

La niebla en La Cabaña de los Pinos no era un simple fenómeno meteorológico; se comportaba como un inquilino silencioso que devoraba los contornos del mundo exterior.

A quince kilómetros de Sendero Verde , el aislamiento dejaba de ser un retiro terapéutico recomendado por el doctor Mateo Silva para transformarse en una celda de bruma.

Laura Vane permanecía frente al ventanal de la cocina, sosteniendo una taza de té frío.

A través del cristal empañado, los árboles del bosque circundante parecían gigantes desvaídos que se disolvían bajo una lluvia fina pero constante.

El agua repiqueteaba contra el tejado de zinc con la regularidad de un metrónomo descompuesto, recordándole el fluir de un tiempo que, en su mente, no dejaba de fragmentarse en lagunas inexplicables.

Laura sintió un espasmo de ansiedad. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta holgada, apretando el tejido para forzarse a enfocar sus pensamientos.

No debía mostrar debilidad. Mateo era su terapeuta, el hombre que la había asistido tras el accidente, pero también era el único puente hacia la clínica y las sombras que la acechaban.

Escuchó el portazo, el chapoteo de unas botas sobre el barro y el crujido familiar de los tablones del porche.

Tres golpes secos resonaron en la puerta.

—Laura, soy yo —llamó la voz de Mateo.

Laura inspiró hondo y se obligó a relajar los hombros.

Dibujó en su rostro la máscara de la paciente dócil y giró la llave.

El doctor Mateo Silva entró trayendo una ráfaga de aire helado y el olor de la tormenta.

Se quitó la gabardina y la colgó en el perchero de madera de pino.

Al volverse, le dedicó una de sus sonrisas habituales: cálida, paternal, diseñada para transmitir seguridad.

Sus anteojos de montura fina estaban ligeramente empañados y su cabello entrecano mostraba pequeñas perlas de agua.

—Qué tarde tan horrible —dijo con un suspiro, frotándose las manos—. El camino desde Sendero Verde está casi impracticable por el barro. ¿Cómo has estado, Laura?

—Sobreviviendo a la niebla, Mateo —respondió ella, intentando que su voz sonara neutra.

Mateo colocó su maletín de cuero sobre la mesa.

El chasquido de los cierres sonó como el cerrojo de una celda.

Extrajo el tensiómetro, una linterna de diagnóstico y su bloc de notas.

Era su ritual semanal de control, un simulacro de atención médica que a Laura le parecía cada vez más una inspección de control de calidad de un experimento en curso.

—Siéntate, por favor. Vamos a ver cómo responde ese sistema nervioso —dijo Mateo, indicando la silla de enfrente.

Laura obedeció de inmediato. Se sentó y le ofreció su brazo. Mateo le colocó el brazalete del tensiómetro y empezó a inflar la perilla de goma. El siseo del aire llenó el espacio entre ellos.

—El pulso está un poco acelerado —observó Mateo, manteniendo los dedos sobre su muñeca—. ¿Has tenido pesadillas de nuevo?

—No exactamente pesadillas —dijo Laura, clavando su mirada en los ojos del psiquiatra—. Más bien... recuerdos intrusivos. Fragmentos que no terminan de encajar.

Mateo soltó la válvula, retiró el brazalete y tomó la linterna médica, acercándose a ella.

—Mira fijamente a mi nariz, Laura.

El haz de luz impactó en sus pupilas. Laura se mantuvo inmóvil, analizando al doctor. Observó el leve temblor en la comisura de sus labios, la forma en que sus cejas se contraían apenas un milímetro, buscando un cambio que temía o que esperaba encontrar.

—Las pupilas responden bien —dijo Mateo, apagando la linterna y anotando en su bloc—. ¿Has estado tomando el Dormisen? Cinco gotas antes de acostarte.

—Sí —mintió Laura sin pestañear.

En realidad, la noche anterior no había tomado las gotas para mantener su mente despierta, libre de esa bruma química que convertía sus mañanas en un purgatorio de apatía. Laura se apoyó en el respaldo, cruzando los brazos. Había llegado el momento de lanzar el primer anzuelo.

—Mateo, he estado pensando en Valle Sereno. En alguien en particular: Adrián Soler.

El bolígrafo de Mateo se detuvo por una fracción de segundo. Fue un movimiento casi imperceptible, pero para Laura fue equivalente a una alarma.

—¿Ah, sí? ¿En quién? —preguntó él sin levantar la vista, manteniendo su tono calmado.

—Adrián Soler —soltó Laura—. Él estuvo en esta cabaña hace dos noches. Lextrajo una chaqueta impermeable azul marino. Me dijo que escapó de Valle Sereno y que tú lo habías declarado demente para ocultar algo.

Mateo levantó la cabeza despacio y la miró con una mezcla de compasión y extrañeza.

—Laura, ya hemos hablado de esto. Sé que el proceso de recuperación del trauma tras el accidente en el Río Negro es doloroso, pero no debes obsesionarte con...

—Él estuvo aquí, Mateo. Me habló del Proyecto Espejo. Encontré una cinta de audio en el armario. Una grabación de Daniel y mía. Daniel me acusaba de estar usando a Adrián en un proyecto experimental en la clínica.

Mateo se limitó a apoyar los codos en la mesa, entrelazando los dedos. Su postura era la de un terapeuta que se prepara para dar una mala noticia.

—Laura, escúchame con atención —dijo con voz pausada—. Sé que para ti todo esto tiene una consistencia absoluta. Sé que el barro, la presencia de Adrián y esa grabación te parecen reales. Tienes que entender tu estado actual.

—¿Mi estado? Mi estado es que estoy empezando a recordar, Mateo. Y no coincide con tu versión oficial de los últimos dos años.

—Lo que estás experimentando no son recuerdos, Laura —respondió Mateo con firmeza tranquila—. Son proyecciones. Es el colapso de tu propia mente intentando lidiar con una culpa que te supera.

Mateo estiró la mano hacia su maletín y extrajo una carpeta de cartón beige, cerrada con un elástico. La abrió sobre la mesa, revelando hojas impresas con el membrete de la Clínica de Salud Mental Valle Sereno .

—He traído esto porque temía que este momento llegaría —dijo Mateo, señalando un párrafo—. Lee esto, Laura. Lee lo que yo tuve que certificar tras el accidente en el Río Negro.

Laura bajó la mirada hacia los papeles oficiales:

«La paciente Laura Vane presenta una sintomatología compatible con un Trastorno de Identidad Disociativo inducido por trauma severo (pérdida del cónyuge).

Se observa la aparición de un alter ego masculino denominado "Adrián Soler", a través del cual la paciente proyecta sus sospechas de conspiración y sus conductas auto-punitivas.

La identidad de "Adrián" actúa como un chivo expiatorio de su propia culpa por la muerte de Daniel Vane.

..» Laura sintió que la habitación daba vueltas.

El texto estaba redactado con el impecable lenguaje técnico que ella misma habría utilizado.

Había fechas de sesiones y firmas que no recordaba.

—No... esto no es posible —susurró Laura—. Yo busqué a Adrián en la base de datos de la clínica. Su expediente decía que había fallecido el 14 de noviembre de 2024. El mismo día del accidente.

Mateo asintió con tristeza, acomodándose los anteojos.

—Precisamente, Laura. El 14 de noviembre de 2024 fue el día en que Daniel murió y tú sufriste el traumatismo craneoencefálico.

Ese día, tu mente se quebró. Creaste a "Adrián" como una forma de canalizar tu incapacidad de aceptar que fuiste tú quien conducía el coche en el puente del Río Negro, que fuiste tú quien no pudo controlar el vehículo.

En tu delirio disociativo, Adrián Soler era un paciente de la clínica.

Por eso figura como "fallecido" ese día.

Porque ese día nació el constructo para sustituir a Daniel en tu culpa.

—¿Anduvo merodeando por aquí? —preguntó Mateo con tono pausado, cargado de una suave paciencia—. Es una proyección recurrente de tu mente, Laura.

—¿Y la cinta? Escúchame, Mateo. Escuché a Daniel acusándome de usar a Adrián en el Proyecto Espejo.

—El "Proyecto Espejo" fue una propuesta de investigación que tú misma presentaste en Valle Sereno meses antes del accidente —explicó Mateo con paciencia—.

Querías usar técnicas de disociación para tratar a pacientes con TEPT.

Daniel se oponía firmemente porque lo consideraba poco ético.

La grabación que encontraste es real, Laura.

Pero tu mente ha deformado el contexto. Daniel no te acusaba de cometer un crimen, sino de arriesgar tu carrera por una teoría obsesiva.

Al mezclar esa discusión real con tu culpa, transformaste el "Proyecto Espejo" en una conspiración y a "Adrián" en una víctima de tus experimentos.

Laura miraba el expediente. La firma al pie era la suya: Dra.

Laura Vane , con su trazo habitual. Sus dedos temblaron.

¿Y si Mateo tenía razón? ¿Y si toda la búsqueda, el vídeo del lago y la visita de Adrián no eran más que los retazos de su propia mente rota vagando por el bosque en mitad de sus apagones de cuatro horas?

La duda la desarmaba. Mateo la observó en silencio, dejando que la explicación calara en sus defensas.

Se inclinó y colocó su mano sobre la de ella.

—Laura, sé lo difícil que es aceptar esto —dijo Mateo—.

Tienes que comprender que tu mente está buscando atajos para no enfrentarse al dolor de la pérdida de Daniel.

Al inventar esta conspiración y esta persecución, mantienes tu cerebro ocupado en resolver un misterio en lugar de llorar a tu esposo.

El problema es que estas crisis disociativas son cada vez más intensas y peligrosas.

Salir al bosque bajo la lluvia sin recordar haberlo hecho. .. estás poniendo en riesgo tu vida.

Laura tragó saliva, sintiendo que la garganta le ardía.

—¿Qué quieres que haga, Mateo? —preguntó, fingiendo una vulnerabilidad quebrada, el perfil de una paciente que se rinde ante la lógica del médico.

Mateo retiró la mano y se volvió hacia su maletín.