El Reflejo de la Duda Capítulo 5 La Grabadora Oxidada
30%

Capítulo 5 La Grabadora Oxidada

Laura respiró hondo, activando el protocolo de su antigua profesión como psicóloga forense y negociadora de la policía.

Cuando la realidad se volvía caótica, la única defensa era el método.

La observación minuciosa. Empezó a examinar la cabaña no como su hogar, sino como una escena del crimen en la que ella misma era la sospechosa.

Recorrió el salón de paredes de troncos oscuros, donde la chimenea apagada acumulaba cenizas frías.

En las estanterías de pino, los libros sobre perfiles criminales y disociación cognitiva que se había traído de la clínica Valle Sereno estaban perfectamente alineados, pero un examen detallado reveló discrepancias en el polvo.

Alguien los había movido recientemente. O tal vez ella misma lo había hecho durante uno de sus episodios de sonambulismo inducido por el Dormisen .

Pasó a la cocina. Los platos limpios descansaban en el escurridor, pero el olor a humedad era fuerte allí.

Abrió las alacenas una a una, registrando el fondo de los estantes tras los paquetes de arroz y las latas de conserva.

Nada. Todo parecía artificialmente normal, como un decorado diseñado para convencer a un paciente de que su vida transcurría por cauces tranquilos.

Se dirigió al pasillo, un corredor estrecho que conectaba el salón con el dormitorio principal y el baño.

La única iluminación provenía de una bombilla desnuda de luz amarillenta que colgaba de un cable trenzado.

A mitad de camino se encontraba el armario empotrado, una estructura de madera tosca con dos puertas correderas que chirriaban al menor contacto.

Laura abrió las puertas del armario. El olor a lana húmeda y naftalina la golpeó de inmediato.

Apartó sus abrigos de invierno y las tres cajas de cartón con antiguos expedientes que Mateo le había permitido traer para mantener su mente ocupada.

Se arrodilló sobre el parqué crujiente y notó que una de las tablas del suelo cedía ligeramente bajo su peso, emitiendo un sonido hueco, como si debajo hubiera un espacio vacío.

Laura apartó la alfombra gastada que cubría el armario.

Los tablones de pino de la esquina posterior derecha no estaban sellados; la separación era apenas de unos milímetros, pero suficiente para dejar pasar una corriente de aire frío desde el subsuelo.

Fue a la cocina por un cuchillo de mesa para hacer palanca.

Con un crujido seco, el tablón cedió. Laura lo retiró con los dedos, revelando una trampilla cuadrada de unos cuarenta centímetros.

No había escaleras; era un hueco oscuro entre los cimientos de piedra del que brotaba un olor a tierra húmeda y moho.

Encendió su linterna y proyectó la luz hacia el interior, donde distinguió una caja metálica gris, cubierta de óxido y polvo.

Con el corazón acelerado, estiró el brazo en la fosa y tiró de la caja metálica hacia arriba.

Pesaba bastante y el óxido le manchó las manos de naranja.

La colocó en el pasillo y usó el cuchillo para vencer la resistencia de la tapa oxidada.

Al abrirla, encontró una grabadora de periodista envuelta en un paño gris.

El aparato rectangular, de metal gastado y plástico negro, albergaba en su interior un casete de sesenta minutos.

Laura sacó la grabadora con cuidado, sintiendo un eco familiar de sus primeras consultas clínicas, cuando usaba cintas para capturar las sutilezas de voz de sus pacientes.

Al observar de cerca el casete, vio que la pegatina original había sido cubierta por una etiqueta roja descolorida y ligeramente despegada.

En ella, escrita con una caligrafía temblorosa que reconoció como la suya propia, figuraba un único número: «07» .

Sintió una opresión en el pecho. Sus recuerdos parecían un rompecabezas incompleto, pero ver su propia letra en esa etiqueta roja provocó una chispa de reconocimiento doloroso.

Ella había escrito ese número. Ella había escondido esa grabadora bajo el suelo del armario.

¿Pero cuándo? ¿Y por qué? Presionó el botón de expulsión.

El compartimento del casete se abrió lentamente, con un quejido de los engranajes.

Laura sacó la cinta y la inspeccionó. La cinta magnética parecía intacta, sin moho visible en los rodillos.

Volvió a colocarla en su sitio y cerró la compuerta.

Intentó encender la grabadora pulsando el botón de reproducción, pero no ocurrió nada.

Abrió la tapa del compartimento de las pilas.

Dentro, dos pilas AA mostraban signos de sulfatación, cubiertas por un polvo blanco que había corroído los contactos.

Con la punta del cuchillo, Laura extrajo las pilas gastadas y las arrojó al suelo.

Necesitaba energía. Pensó en su linterna.

Desenroscó la tapa trasera de la linterna, extrajo las dos pilas AA que contenía, que eran relativamente nuevas, y las introdujo en el compartimento de la grabadora.

Limpió los contactos del aparato con la manga de su sudadera antes de cerrar la tapa de plástico.

Al presionar el botón de reproducción por segunda vez, un diodo de luz roja se iluminó en el lateral.

Se escuchó un chasquido mecánico y los rodillos comenzaron a girar con un siseo.

Laura contuvo el aliento. Del pequeño altavoz de la grabadora surgió un ruido de fondo espeso, un oleaje de estática analógica que llenó el pasillo.

Durante varios segundos, no hubo más que ese siseo constante, el sonido físico del tiempo grabado.

Laura acercó el aparato a su oído. Entonces, la estática disminuyó y se escuchó el sonido de una puerta al cerrarse, seguido por el roce de unos papeles sobre una mesa. Y luego, una voz.

—No puedes seguir haciendo esto, Laura. Esto no es ciencia. Es una puta obsesión.

A Laura se le congeló la sangre. Aquella voz.

Era una voz masculina, profunda, con un ligero deje de fatiga que conocía mejor que la suya propia.

Era la voz de Daniel. Su esposo. El hombre que había muerto en el puente del Río Negro hacía dos años.

Escuchar su voz de nuevo, tan clara y tan cercana, fue como si una mano invisible le oprimiera la garganta.

Las lágrimas acudieron instantáneamente a sus ojos, pero se obligó a no perderse un segundo de la grabación.

En la cinta, tras un breve silencio, se escuchó otra voz que respondía.

Era una voz más aguda, rápida, cargada de una tensión cortante y una frialdad clínica que le resultó aterradora.

—Es el único camino, Daniel. No lo entiendes porque solo ves los números, los presupuestos. Pero estamos al borde de un avance en la reestructuración cognitiva. Valle Sereno necesita este proyecto. Yo lo necesito.

Era su propia voz. La Laura de la grabación hablaba con una seguridad y una prisa que rozaban la manía.

No era la voz de la mujer rota que vivía recluida en La Cabaña de los Pinos; era la voz de una profesional dispuesta a todo.

La grabación continuó. Se escuchaba el sonido de Daniel caminando por la habitación.

—¿Un avance histórico? —la voz de Daniel en la cinta estaba cargada de un desprecio doloroso—.

¿Así es como llamas a destruir la identidad de una persona?

He visto los informes que trajiste a casa, Laura.

Sé lo que es el Proyecto Espejo. No estás curando a nadie.

Estás borrando selectivamente recuerdos traumáticos usando compuestos que ni siquiera están aprobados por el comité de ética.

¡Estás jugando a ser Dios con la mente de la gente!

—El compuesto es seguro —replicó la Laura de la cinta, con tono defensivo—.

Mateo ha realizado pruebas preliminares.

Los resultados de disociación inducida son temporales y controlados.

Permite aislar el núcleo del trauma para que el paciente pueda procesarlo sin la interferencia de la carga emocional.

—¡Mateo Silva es un maldito sociópata corporativo y tú estás bajo su hechizo!

—gritó Daniel. El sonido saturó el micrófono de la grabadora—.

Te estás perdiendo, Laura. Ya no eres la mujer con la que me casé.

Mírate a los ojos. No duermes, apenas comes.

Solo piensas en esa clínica y en tu sujeto estrella.

Hubo un silencio tenso en la cinta. Solo el siseo del casete y el latido desbocado en el pecho de Laura en el presente. La revelación flotaba en el aire húmedo del pasillo como un gas invisible.

—Él se ofreció voluntario, Daniel —dijo la Laura del pasado, su voz bajando a un susurro gélido—. Sus niveles de fragmentación mental eran perfectos para el protocolo.

—¡No me vengas con esa mierda de la fragmentación!

—la voz de Daniel temblaba ahora de rabia—.

Adrián Soler no es un sujeto de laboratorio, Laura.

Es un ser humano. Un paciente que llegó a Valle Sereno buscando ayuda psicológica, no para que experimentaras con él y le reescribieras la vida.

Lo que le estáis haciendo... lo que tú le estás haciendo bajo la dirección de Mateo es un crimen.

Si la junta médica o la policía se enteran de lo que ocurre en el sótano de esa clínica, acabaréis en prisión. Y yo no voy a ser cómplice de esto.

En la cabaña, Laura se dejó caer lentamente hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada contra la pared opuesta al armario. La grabadora oxidada descansaba sobre sus rodillas temblorosas. Sus manos estaban frías, entumecidas.

Adrián Soler.