El Reflejo de la Duda Capítulo 4 Las Horas Perdidas #2
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Capítulo 4 Las Horas Perdidas #2

Al llegar al recibidor, vio que la puerta principal de madera no estaba cerrada.

El pestillo doble de seguridad, que ella siempre pasaba sin falta por rutina policial en cuanto la luz del día comenzaba a flaquear, estaba desenganchado.

La puerta estaba entornada apenas unos milímetros, lo suficiente para dejar pasar el aire gélido de la noche del bosque.

Laura extendió una mano temblorosa hacia el pomo de metal.

El frío del acero le subió por el brazo, arrancándole un escalofrío.

Abrió la puerta despacio, el gozne de hierro emitió un gemido apagado que pareció resonar en todo el bosque.

La niebla cubría el porche exterior de madera como una sábana flotante, moviéndose despacio en la oscuridad.

El aire estaba cargado del olor penetrante de la tierra húmeda, las hojas en descomposición y el agua estancada.

Laura dio un paso hacia el porche, y sus pies descalzos sintieron la humedad fría de las tablas.

Entonces, la vio.

Justo en el centro del porche, al lado del umbral, descansaban sus botas de montaña de cuero marrón.

Laura se quedó paralizada. Esas botas siempre, sin excepción, permanecían guardadas en el zapatero del armario del recibidor, limpias de polvo y ordenadas.

Ella no las usaba desde hacía días. Sin embargo, allí estaban, en mitad del porche.

Se arrodilló lentamente, con el pecho oprimido por una angustia insoportable.

Extendió una mano y tocó el cuero de la bota derecha.

Estaba empapado, helado por el aire de la noche.

Pero lo que la hizo retroceder con un ahogo en la garganta fue la gruesa costra de barro fresco que cubría las suelas, los laterales del cuero y los cordones deshechos.

El barro era de un color grisáceo oscuro, casi negro, denso y arcilloso, mezclado con restos de musgo y pequeñas agujas de pino.

Era el barro característico de la orilla del lago que se encontraba en el valle interior del bosque, a casi dos kilómetros de la cabaña, un terreno cenagoso y de difícil acceso que requería un esfuerzo físico considerable para ser transitado.

Un temblor incontrolable se apoderó de sus manos.

Laura levantó sus propios dedos para mirárselos bajo la tenue luz de la lámpara exterior del porche.

Su pulso era tan errático que apenas podía mantener las manos quietas.

En la yema de sus dedos, y especialmente debajo de sus uñas, se acumulaba una costra negra y húmeda de tierra forestal mezclada con pequeños fragmentos de hojas trituradas.

Sus nudillos estaban enrojecidos, con pequeños arañazos y restos de savia pegajosa en la piel, como si hubiera estado apartando ramas espinosas de los arbustos en la más absoluta oscuridad del bosque.

Laura se llevó los dedos a la cara, conteniendo la respiración.

El olor era inconfundible. Olor a fango estancado.

Olor a agua con turba. Olor al lago del bosque.

—No... no puede ser —susurró, con la voz quebrada por el terror—. Yo no he salido. Yo estaba aquí. Estaba en el suelo.

Frotó sus manos con desesperación contra sus pantalones de deporte grises, intentando limpiarse la suciedad de las uñas, pero la tierra húmeda se había metido tan profundamente bajo la carne que solo logró manchar el tejido de la ropa y enrojecer aún más sus nudillos irritados.

La verdad se le presentó con una claridad forense y despiadada que amenuzó con quebrar el último bastión de su estabilidad mental.

Durante esas cuatro horas de silencio cognitivo, su cuerpo no había permanecido inerte en el pasillo de la cabaña.

Su cuerpo se había levantado, se había calzado las botas de montaña, había desenganchado los cerrojos de la puerta y había caminado en la oscuridad del bosque lluvioso hasta la orilla del lago, recorriendo kilómetros de terreno difícil antes de regresar, descalzarse en el porche y volver a tenderse en el suelo del pasillo justo antes de que ella recuperara la consciencia.

La disociación no era un término clínico abstracto que se leía en los manuales de psiquiatría forense de Valle Sereno para evaluar la imputabilidad de un acusado.

Era esto. Era la aterradora constatación de que su mente y su cuerpo se habían escindido, de que había un huésped invisible o una personalidad fragmentada que tomaba los mandos del vehículo físico cuando su consciencia habitual sufría un cortocircuito.

¿Quién había caminado hasta el lago? ¿Qué había hecho allí en la oscuridad?

Laura regresó al interior de la cabaña, cerró los cerrojos con manos torpes y buscó su teléfono móvil.

Lo encontró en el suelo del salón, cerca de la ventana, cubierto de finas gotas de condensación.

Al desbloquearlo, vio una notificación de vídeo grabado esa misma tarde.

La marca de tiempo indicaba las 17:42, en pleno apagón.

El archivo duraba diez segundos. Laura pulsó reproducción.

La imagen temblaba, apuntando a los helechos mojados y a sus propias botas caminando por el fango del bosque.

El viento y la lluvia bramaban en el audio.

A los cuatro segundos, la cámara enfocó el lago, cuyas aguas negras y picadas reflejaban el cielo de tormenta.

El plano se detuvo y una respiración agitada llenó el audio.

En el segundo ocho, el teléfono se acercó a lo que parecía ser su rostro, y de los altavoces brotó un susurro frío, monótono y desprovisto de emoción humana.

Aunque carecía de calidez, el timbre era inconfundible. Era su propia voz.

El susurro articuló con absoluta claridad:

—Ya casi recuerdas.

El vídeo se cortó de inmediato, devolviéndola al silencio de la cabaña.

El terror la paralizó. Si no podía confiar en su propia memoria, ¿cómo sabría qué era real?

La sospecha se desvió hacia Mateo Silva y las gotas de Dormisen.

¿Estaba él manipulando sus dosis para inducirle estados de fuga y borrar sus recuerdos del accidente del puente del Río Negro en el que murió Daniel?

Laura se lavó las manos con un cepillo duro para borrar el fango de sus uñas.

Se miró al espejo, sintiéndose una extraña.

Regresó al salón, abrió su cuaderno y anotó los hechos fríos: el desmayo, las botas, la tierra y el vídeo.

Trazó una línea y escribió una pregunta: ¿Quién conduce mi cuerpo a las 17:42?

Sabía que no dormiría esa noche. El miedo a perder de nuevo el control era superior a cualquier fatiga.