Capítulo 4 Las Horas Perdidas
La tarde en La Cabaña de los Pinos se disolvía en una amalgama de grises apagados y sombras alargadas que trepaban por los troncos húmedos de los árboles.
A través de los cristales de la ventana principal del salón, el bosque parecía cerrarse sobre la propiedad como un cerco silencioso y hostil.
La niebla, densa como vapor helado, flotaba a ras de suelo y envolvía la base de los abetos, desdibujando los primeros metros del estrecho sendero de tierra que conectaba la cabaña con la lejana carretera comarcal.
Quince kilómetros de asfalto agrietado, baches y maleza descuidada la separaban de Sendero Verde, el núcleo urbano más cercano; una distancia que en días como aquel se antojaba insalvable, una barrera no solo física, sino también psicológica.
Aquella fecha no era una coincidencia cualquiera.
Era el día del accidente. El día en que el coche que ella misma conducía se precipitó por el puente del Río Negro en una caída libre hacia las aguas gélidas que se cobraron la vida de Daniel, su esposo.
El día en que todo lo que ella era se quebró bajo el peso de la culpa y el dolor, dando paso a una existencia fragmentada por el trastorno de estrés postraumático y las lagunas de memoria que se negaban a cerrarse.
Laura suspiró y se pasó las manos por el rostro cansado.
La piel de sus mejillas se sentía áspera, y sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la luz azul de la pantalla del ordenador, le ardían bajo los párpados.
¿Cómo podía Adrián Soler haber estado allí, en su salón, la noche anterior?
Podía recordar con nitidez el sonido de sus nudillos golpeando la puerta de madera bajo el aguacero, el olor a lluvia y a impermeable mojado, la tonalidad azul marino de su chaqueta gastada y la cicatriz pequeña que le cruzaba la ceja izquierda.
Recordaba sus palabras pausadas, su terminología psicológica impecable y el temblor de sus manos pálidas cuando le advirtió que alguien quería "completar el trabajo del puente".
Había sido una experiencia tan vívida, tan cargada de detalles físicos y emocionales, que la hipótesis de una alucinación le parecía una afrenta a su propia cordura.
Sin embargo, al amanecer, Adrián no estaba.
Y lo más desconcertante: no había rastro de humedad en la alfombra, ni huellas de barro en el suelo del recibidor, ni un solo indicio material que confirmara que un hombre empapado por la tormenta había pasado horas en el interior de la cabaña.
La cabeza comenzó a dolerle con un latido sordo y rítmico que se instaló justo detrás de sus sienes, una presión que crecía con cada segundo de silencio que envolvía la casa.
Laura estiró el brazo hacia el vaso de té que reposaba a un lado del escritorio, pero la infusión ya estaba fría y tenía un sabor amargo que le secó la boca.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de ahuyentar el recuerdo de la mirada intensa de Adrián y el eco de su voz.
"¿Estoy perdiendo la cabeza?", se preguntó en voz baja, y el sonido de sus propias palabras en la habitación vacía le pareció ajeno y desolador.
El diagnóstico de Mateo Silva, su terapeuta y único vínculo constante con el mundo exterior, resonaba en su mente como una advertencia constante: el trauma del accidente había creado defensas disociativas extremas.
Mateo le repetía que su cerebro, incapaz de procesar la pérdida de Daniel, creaba escenarios y personajes para llenar los vacíos lógicos de su memoria.
Laura se levantó de la silla con dificultad.
Sus articulaciones protestaron con un crujido sordo.
Sintió un ligero mareo al ponerse de pie, una oscilación del suelo que la obligó a apoyarse con ambas manos en el borde de la mesa de madera.
El aire de la cabaña, habitualmente fresco y con olor a madera de pino, de repente se sintió denso, pesado, cargado de una fragancia extraña, vagamente química y dulzona, que le recordó al antiséptico de las salas de urgencias.
Aspiró profundamente, pero la sensación de asfixia no disminuyó; al contrario, sus pulmones parecieron contraerse, incapaces de absorber el oxígeno necesario.
Decidió dirigirse al baño para mojarse la cara con agua fría.
Dio un paso fuera del círculo de luz de la lámpara, adentrándose en el pasillo que comunicaba el salón con las habitaciones.
La penumbra del pasillo le pareció más profunda que de costumbre.
Las paredes de madera crujieron bajo sus pies, un crujido que se prolongó en sus oídos con una resonancia metálica y distorsionada.
El dolor de cabeza se intensificó bruscamente, transformándose en una punzada aguda que le nubló la vista.
Las luces y las sombras de la casa comenzaron a mezclarse en una mancha borrosa de contornos difusos.
Laura extendió la mano derecha para buscar el interruptor del pasillo o, al menos, el marco de la puerta del baño para sostenerse.
Sus dedos rozaron la madera fría de la pared, pero no encontró apoyo firme.
Su cuerpo se sentía ajeno, una masa inerte que ya no obedecía las órdenes de su cerebro.
Las piernas se le doblaron, perdiendo toda consistencia, como si sus huesos se hubieran transformado en agua.
—No es real —murmuró, en un último intento desesperado por aferrarse a la consciencia mediante el control cognitivo—. Concéntrate. Respira. Cuenta...
Pero no hubo nada que contar. La mancha oscura que había comenzado en la periferia de su visión se expandió con la rapidez de la tinta china sobre el papel secante, tragándose la luz del pasillo, el sonido de la lluvia exterior y la sensación térmica de la madera bajo sus manos.
Su mente se desconectó por completo de la realidad, cayendo en un abismo de silencio absoluto y vacío cronológico, una nada sin sueños ni percepciones que la sepultó al instante.
*
El regreso de la consciencia no fue una transición suave, sino una sacudida dolorosa que le devolvió la sensibilidad del cuerpo de golpe.
Laura abrió los ojos y parpadeó con dificultad, sintiendo que los párpados le pesaban como si estuvieran hechos de piedra.
Lo primero que percibió fue la dureza del suelo de madera contra su mejilla izquierda y un frío glacial que le entumecía los brazos y las piernas.
Intentó moverse, pero una rigidez muscular extrema se lo impidió en un primer momento, obligándola a permanecer inmóvil, escuchando el latido acelerado de su corazón en sus propios oídos.
La luz de la cabaña había cambiado por completo.
La claridad plomiza de la tarde había sido sustituida por una penumbra azulada y densa, rota únicamente por la débil luz de la luna que se filtraba a través de los ventanales altos del salón.
El zumbido monótono de la nevera en la cocina y el goteo constante del grifo del fregadero eran los únicos sonidos que rompían el silencio absoluto de la noche.
La lluvia que antes golpeaba los cristales había cesado, dejando tras de sí una quietud casi sepulcral.
Laura apoyó las manos en el suelo y, con un gemido de dolor que rasgó su garganta seca, logró incorporar el torso.
Un dolor de cabeza atroz, una migraña pulsátil que parecía latir al ritmo de su corazón, la hizo cerrar los ojos y llevarse una mano a las sienes.
El mareo era intenso, obligándola a sentarse sobre sus talones para no perder el equilibrio.
Se frotó los ojos y miró a su alrededor, tratando de orientarse.
Estaba tirada en el pasillo, a escasos metros de la puerta del baño, justo en el lugar donde recordaba haber perdido el conocimiento.
Con un esfuerzo que requirió toda su concentración, levantó la muñeca izquierda y acercó la esfera de su reloj de pulsera a la cara.
En la penumbra, las manecillas fosforescentes marcaban con claridad las 19:50.
Laura se quedó sin respiración, con los ojos fijos en la esfera del reloj.
Su mente, aún aturdida por los residuos del desmayo, tardó unos segundos en procesar la información.
Cuando se había levantado del escritorio, la última vez que había mirado la hora antes de que el dolor de sienes la derribara, eran exactamente las 15:50.
Han transcurrido cuatro horas completas de las que no tiene el menor recuerdo.
No ha sido un desvanecimiento de unos minutos, ni una simple bajada de tensión debida al agotamiento físico.
Su consciencia ha sido borrada durante doscientos cuarenta minutos.
La laguna mental es perfecta, un foso negro e impenetrable.
El pánico comenzó a trepar por su columna vertebral, acelerando su respiración.
Intentó ponerse de pie apoyándose en la pared.
Sus músculos se sentían fatigados, con una rigidez y un dolor sordo en las pantorrillas y los muslos que no correspondían a la inactividad de un desmayo en el suelo.
Era la sensación física que experimentaba tras largas caminatas por los senderos de montaña, un cansancio muscular profundo acompañado de un leve temblor en las rodillas.
Laura se miró los pies descalzos y luego miró hacia el salón, buscando alguna explicación racional.
Una corriente de aire inusualmente fría le heló los tobillos.
El viento silbaba suavemente en el recibidor, un susurro húmedo que parecía entrar directamente por la puerta principal.
Con el corazón en un puño y la adrenalina corriendo por sus venas, Laura avanzó por el pasillo con pasos vacilantes, manteniéndose cerca de la pared.