El Reflejo de la Duda Capítulo 3 El Expediente Vacío
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Capítulo 3 El Expediente Vacío

El despertar nunca era un proceso limpio; para Laura Vane, siempre se asemejaba a emerger a través de una densa capa de agua helada y estancada, un esfuerzo físico y mental que la dejaba exhausta antes de haber puesto un pie fuera de la cama.

Aquella mañana de finales de otoño no fue la excepción.

Abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso característico en los párpados y esa sequedad de ceniza en la boca que delataba la presencia del Dormisen en su organismo.

El sabor químico del sedante se le adhería a la garganta, un recordatorio de su fragilidad y de la tutela médica bajo la que vivía.

El fármaco, recetado por el doctor Mateo Silva, prometía mantener a raya las pesadillas, pero a cambio le exigía un tributo de letargo que tardaba horas en disiparse.

Intentó mover los dedos de las manos, sintiendo una inercia pesada, como si su cuerpo hubiera sido rellenado con plomo durante la noche.

La luz que se filtraba por las persianas de madera de La Cabaña de los Pinos era de un gris mortecino, desprovisto de toda calidez.

Se quedó inmóvil, mirando las vigas oscuras del techo, sintiendo el silencio del bosque húmedo que la rodeaba.

Era un silencio denso, interrumpido por el goteo constante del agua sobre el alero metálico de la ventana.

La tormenta de la noche anterior había cesado, pero había dejado tras de sí una atmósfera saturada de humedad y frío que parecía filtrarse a través de las paredes de la cabaña, impregnando las sábanas con una pátina helada.

Todo en aquel lugar, ubicado a quince kilómetros de Sendero Verde, invitaba a la inacción, como si el entorno conspirara con el medicamento para mantenerla sumergida en una niebla perpetua.

Su mente, aún aletargada por las gotas de Dormisen, comenzó a reconstruir los fragmentos de la noche anterior.

La tormenta que sacudía las copas de los pinos.

El viento que aullaba como una presencia humana.

Y luego... aquellos golpes. Tres golpes secos, desesperados, que habían quebrado la monotonía de su reclusión.

Había saltado de la cama temiendo lo peor.

Al abrir la puerta, el viento helado había empujado hacia el interior a un hombre joven, empapado y aterrorizado, que decía llamarse Adrián Soler.

Su impermeable azul marino goteaba sobre el suelo, su rostro era de una palidez de tiza y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad febril bajo el flequillo mojado.

Recordó sus palabras atropelladas, su confesión de haber escapado de la clínica Valle Sereno, y aquella advertencia heladora: que alguien pretendía terminar el trabajo iniciado en el puente del Río Negro.

—Adrián —susurró Laura en la penumbra del dormitorio, y el sonido de su propia voz en la cabaña vacía le pareció ajeno, casi el eco de un fantasma.

Se incorporó sobre los codos, sintiendo una punzada de dolor detrás de las sienes.

Laura se retiró las mantas y apoyó los pies descalzos sobre el suelo de madera.

El frío de las tablas la hizo estremecerse, pero agradeció la sensación física; era un ancla que la devolvía al presente.

Caminó hacia la sala de estar con el corazón latiendo a un ritmo irregular.

Sus ojos se dirigieron de inmediato hacia el sofá de cuero desgastado donde había dejado a Adrián la noche anterior, envuelto en una pesada manta de lana verde para que descansara del frío.

El sofá estaba vacío. La manta estaba doblada de manera impecable sobre el reposabrazos, tal como ella solía dejarla cada mañana al ordenar la estancia principal.

Laura se acercó despacio, conteniendo el aliento, como si temiera asustar a una aparición.

Extendió la mano y tocó el cuero del sofá.

Estaba frío, completamente seco. Pasó los dedos por la manta de lana verde; no había ni rastro de la humedad que debería haber absorbido del cuerpo empapado del joven.

Ninguna fibra apelmazada por el agua, ningún olor a lluvia o a intemperie.

La manta parecía recién sacada del armario.

Un nudo de aprensión comenzó a cerrarse en su garganta, dificultándole la respiración.

Retrocedió un paso, bajando la vista hacia el suelo de madera.

Si Adrián había ingresado a la cabaña bajo una lluvia torrencial, con la ropa empapada y las botas llenas de barro, debía haber marcas físicas.

El suelo de pino sin tratar de la cabaña era extremadamente poroso; cualquier gota de agua dejaba una mancha oscura que tardaba días en desaparecer, y el barro seco se adhería a las fibras de la madera.

Laura se arrodilló, adoptando la postura rigurosa de su antigua profesión.

Como psicóloga forense y ex-negociadora de la policía, su mente había sido entrenada para buscar evidencias materiales, detalles imperceptibles que constituían el tejido de la verdad.

Durante su carrera policial, había inspeccionado decenas de escenas, buscando micro-rastros que permitieran reconstruir los movimientos de un sospechoso.

Examinó la madera palmo a palmo bajo la luz grisácea de la mañana.

Pasó la yema de los dedos por las juntas de las tablas, buscando cualquier indicio.

No había cercos de agua. No había motas de tierra húmeda.

No había huellas de pisadas que condujeran desde la puerta principal hasta el sofá, ni del sofá hacia ninguna otra parte de la cabaña.

No encontró una sola fibra del impermeable azul, ni un cabello, ni un rastro de humedad. Nada. Absolutamente nada.

—No puede ser —murmuró Laura, apoyando las manos en las rodillas para ponerse en pie—.

Yo lo vi. Yo hablé con él. Sentí el frío de su mano cuando intenté calmarlo.

Sintió que la habitación giraba ligeramente a su alrededor, obligándola a apoyarse en la mesa de centro.

Las dudas comenzaron a rondar su mente. ¿Había sido todo una alucinación?

¿Una proyección detallada de su mente traumatizada, alimentada por el aislamiento extremo y los efectos del Dormisen?

Desde el accidente de tráfico en el puente del Río Negro, ocurrido el 14 de noviembre de 2024, su memoria se había transformado en un territorio hostil, un rompecabezas al que le faltaban las piezas más importantes.

Aquel día oscuro en el que su esposo, Daniel Vane, perdió la vida atrapado en el coche mientras este se hundía en las aguas negras del río, el cerebro de Laura había levantado muros de contención químicos y psicológicos.

Pero esos muros también bloqueaban la realidad, creando lagunas temporales y distorsiones espantosas.

El doctor Mateo Silva siempre le recordaba, con su voz calmada y paternal, que las alucinaciones auditivas y visuales eran respuestas comunes de la mente ante un trastorno de estrés postraumático severo.

Se dirigió al cuarto de baño con pasos vacilantes.

El espejo sobre el lavabo le devolvió una imagen desgastada de sí misma.

Sus ojos castaños mostraban unas ojeras profundas, testigos de otra noche de descanso ficticio provocado por los fármacos.

Su cabello castaño y corto estaba alborotado, y su piel presentaba una palidez extrema.

Abrió el grifo del agua fría, llenó sus manos y se mojó la cara repetidamente, intentando ahuyentar la bruma mental.

Al mirarse de nuevo en el espejo, con el agua goteando por su barbilla, una pregunta la golpeó con fuerza: si Adrián Soler era solo un fantasma de su imaginación, ¿cómo era posible que recordara detalles tan específicos?

La pequeña cicatriz en su ceja izquierda, el tacto frío e impermeable de su chaqueta, el olor a ozono y a vegetación.

.. Y, sobre todo, su conocimiento de la clínica Valle Sereno.

Laura regresa a la cocina. En la encimera de madera, junto a una taza de café del día anterior, se encontraba el frasco de Dormisen.

Ella miró el frasco con una mezcla de sospecha y dependencia.

¿Y si el medicamento no la estaba curando, sino manteniéndola en ese estado de sumisión mental donde la realidad y el delirio se confundían a conveniencia de otros?

¿Y si Mateo la estaba drogando no para sanarla, sino para evitar que recordara algo crucial sobre la noche del accidente en el puente del Río Negro?

Miró hacia la puerta de entrada. Se acercó y examinó el cerrojo de seguridad.

Estaba echado. Era un cerrojo de latón pesado, de los antiguos, que solo podía accionarse desde el interior mediante una palanca giratoria.

Si Adrián se había marchado durante la madrugada, habría tenido que abrir el cerrojo para salir.

Pero ella recordaba haberlo cerrado antes de irse a la cama, y la llave seguía colgada en el clavo junto a la puerta.

Era físicamente imposible salir y dejar el cerrojo echado desde fuera sin una llave que él no poseía.