Capítulo 2 La Sombra en la Lluvia #2
Laura sintió que la temperatura del recibidor descendía varios grados.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Las lagunas mentales, el letargo que sentía cada mañana tras tomar el Dormisen, la sensación de vivir en una realidad amortiguada.
.. ¿Podían ser el resultado de una manipulación deliberada?
No, se dijo a sí misma, intentando mantener la cordura.
Mateo era su amigo. Daniel confiaba en él.
—Adrián, estás muy alterado —dijo ella, tratando de reconducir el diálogo—. Lo que dices es extremadamente grave. Necesito que me lo expliques con calma. ¿Por qué dices que escapaste de Valle Sereno?
—Esta tarde aproveché la confusión por la tormenta —explicó Adrián, dando un paso vacilante hacia el salón.
Laura retrocedió de manera proporcional, manteniendo la distancia—.
Sabía que si no venía a buscarte hoy, no tendría otra oportunidad.
El doctor Silva y la junta de la clínica están a punto de cerrar el trato para vender los terrenos y borrar las pruebas de los experimentos que se realizaban allí.
Daniel lo descubrió, Laura. Tu esposo descubrió lo que hacían con los fármacos experimentales en Valle Sereno. Por eso murió.
La mención de Daniel fue como un golpe físico en el pecho de Laura. El dolor de la pérdida, mezclado con la confusión de sus recuerdos fragmentados, amenazó con romper su compostura.
—Daniel murió en un accidente de tráfico —dijo Laura, con la voz temblando—. El coche cayó desde el puente del Río Negro. Yo... yo estaba allí. Fue un fallo mecánico.
—No fue un accidente, Laura —dijo Adrián.
Su rostro pálido estaba ahora a la luz de la lámpara, revelando la intensidad febril de su mirada—.
El catorce de noviembre de 2024 no hubo ningún fallo fortuito.
El coche fue saboteado. Daniel iba a presentar los documentos de la investigación criminal ante el inspector Marcos Leal esa misma noche.
Por eso lo silenciaron. Y por eso intentaron acabar contigo también.
Tú conducías esa noche, Laura. No Daniel.
Mateo Silva te ha hecho creer que Daniel conducía para traspasarte la culpa, para destruirte psicológicamente y hacerte dependiente de él.
Pero tú estabas al volante, y viste a alguien en el puente antes de que el coche cayera al agua.
Laura cerró los ojos con fuerza. De repente, una imagen cruzó su mente como un relámpago: el frío parabrisas cubierto de lluvia, el volante de cuero bajo sus propias manos, el grito ahogado de Daniel a su derecha, y el haz de los faros iluminando una figura oscura en medio del puente del Río Negro, una silueta inmóvil que observaba cómo el coche se precipitaba al agua.
El dolor de cabeza se intensificó, una pulsación aguda que la obligó a llevarse la mano a la frente.
—No... no es posible —balbuceó, abriendo los ojos—. Mateo me dijo... los informes dicen...
—Los informes se pueden alterar. Mateo Silva tiene el poder y los contactos para hacerlo —insistió Adrián, su voz bajando a un susurro confidencial—.
Pero no han terminado. Silva sabe que estás empezando a recordar.
La nota que recibiste bajo la puerta... alguien dentro de la clínica está intentando advertirte de que el hilo no se rompió en el puente.
El hombre que provocó el accidente... el que ordenó el sabotaje.
.. no se ha rendido. Quiere completar el trabajo del puente.
Sabe que tu memoria está volviendo y no puede permitirse que recuerdes lo que viste esa noche.
—¿De quién estás hablando, Adrián? ¿Quién es ese hombre? —exigió Laura, dando un paso hacia él, olvidando la distancia por la urgencia de la verdad.
Adrián abrió la boca para responder, pero en ese instante, un trueno de una violencia inusitada estalló sobre la cabaña. El estallido fue tan brutal que la luz eléctrica se apagó por completo, sumiendo el salón en una oscuridad absoluta.
La penumbra fue rota casi de inmediato por el parpadeo de los relámpagos exteriores, que proyectaban sombras alargadas de las ramas de los pinos contra las paredes del salón.
Laura se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, con todos sus sentidos en estado de alerta máxima.
Su mano buscó de nuevo la barra de hierro en la oscuridad, pero su mente estaba en otra parte, procesando las palabras de Adrián.
Completar el trabajo del puente. La frase resonaba en la oscuridad como una sentencia de muerte.
A través de la ventana, el rugido del viento y el azote de la lluvia parecían burlarse de su frágil cordura.
La sombra en la lluvia no solo estaba fuera de la cabaña; ahora compartía su propio espacio personal, y Laura ya no sabía si el peligro real procedía del hombre empapado que acababa de dejar entrar, o de las mentiras en las que había confiado para sobrevivir los últimos dos años de su vida.
—¿Adrián? —susurró Laura en la oscuridad, su voz apenas un hilo que se perdía en el estrépito de la tormenta—. ¿Sigues ahí?
No obtuvo respuesta inmediata. El silencio del hombre dentro de la habitación a oscuras era más aterrador que el rugido del trueno que acababa de apagarse.
Laura extendió la mano, buscando su linterna en la mesa auxiliar del salón, sintiendo que el laberinto de su memoria estaba a punto de colapsar por completo, arrastrándola de vuelta a las aguas heladas del Río Negro.
Laura encendió finalmente la pequeña linterna de mano.
El haz de luz blanca cortó la oscuridad del salón, barriendo los muebles y las paredes de madera rústica hasta detenerse en el rincón donde Adrián Soler se encontraba.
El joven seguía allí, inmóvil, con la toalla gris sobre los hombros y la chaqueta impermeable azul marino chorreando agua sobre el suelo.
Su rostro pálido destacaba bajo la luz artificial, y sus ojos negros, fijos en Laura, brillaban con una intensidad casi febril.
—Están cerca, Laura —susurró Adrián, y por primera vez, su voz no denotaba solo paranoia, sino una certeza absoluta que heló el corazón de la psicóloga—.
Siento su presencia. El viento los trae.
Silva vendrá por mí, y si te encuentra en medio.
.. no dudará en terminar lo que empezó en el puente.
Tienes que creerme. La clínica Valle Sereno no es un hospital.
Es una prisión para las mentes que saben demasiado.
Y tú eres la prisionera más valiosa que tienen.
Laura bajó ligeramente la linterna, permitiendo que la luz iluminara el suelo entre ambos, creando un espacio de penumbra compartida.
Su mente de negociadora seguía analizando cada palabra de Adrián.
Buscaba inconsistencias, signos de un delirio, pero todo encajaba de manera terrorífica con sus propias dudas no resueltas.
El reflejo de la duda se había instalado en su interior de forma definitiva.
La tormenta pareció dar un breve respiro exterior, disminuyendo la intensidad de los relámpagos, pero el viento continuaba aullando entre los pinos.
Laura miró fijamente al joven que tenía enfrente, dándose cuenta de que, fuera una alucinación producto de su mente fracturada o un testigo real de una conspiración, su pacífica reclusión en La Cabaña de los Pinos había terminado esa noche para siempre.