Capítulo 2 La Sombra en la Lluvia
La lluvia azotaba los cristales de La Cabaña de los Pinos con una violencia implacable.
Desde el gran ventanal del salón, Laura Vane observaba cómo las gotas gruesas se deslizaban por el vidrio, distorsionando la silueta de los pinos que rodeaban la propiedad.
Detrás del cristal solo había una negrura insondable, un vacío absoluto que devoraba el bosque y aislaba la cabaña a quince kilómetros del pueblo de Sendero Verde.
En noches como aquella, bajo el azote de una tormenta eléctrica que hacía vibrar las paredes de madera, la distancia parecía insalvable.
Laura apretó los puños en los bolsillos de su sudadera gris holgada.
En el derecho, sus dedos rozaron el papel arrugado de la nota que había encontrado esa misma tarde deslizada bajo la puerta principal de entrada: «El hilo no se rompió en el puente» .
Con un suspiro, Laura se dirigió a la pequeña cocina integrada.
Sobre la encimera de madera gastada reposaba el frasco de Dormisen, el tratamiento que Mateo le suministraba puntualmente cada semana.
Se suponía que aquellas gotas transparentes eran un ansiolítico suave para aplacar sus pesadillas y el trastorno de estrés postraumático, pero Laura sentía que cada dosis la sumergía en un letargo espeso que le impedía pensar con claridad.
Miró el frasco con desconfianza. Esta noche había decidido no tomar su dosis habitual.
Necesitaba estar alerta; la nota anónima había despertado en ella una paranoia que creía haber domesticado.
De pronto, un trueno ensordecedor sacudió la cabaña.
El estruendo fue tan violento que los vasos de la alacena tintinearon y la bombilla del techo parpadeó antes de recuperar su débil tono amarillento.
Laura contuvo la respiración. Esperó el silencio posterior, pero en su lugar, tres golpes secos y desesperados resonaron en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
El corazón de Laura dio un vuelco. Su pulso se aceleró, enviando una descarga de adrenalina que le entumeció los dedos.
En una fracción de segundo, la psicóloga vulnerable desapareció y la ex-negociadora de la policía tomó el control de su cuerpo.
Su mente, entrenada durante años para gestionar situaciones de crisis bajo una presión extrema, comenzó a procesar la información de manera fría y analítica.
No gritó. Se deslizó con sigilo por el pasillo, evitando las tablas que crujían, y tomó la barra de hierro que guardaba tras el paragüero de metal.
A través del cristal esmerilado de la puerta, la luz de un relámpago reveló una silueta humana.
Era una figura encorvada que se sacudía bajo la implacable lluvia.
No parecía la postura de un asaltante seguro; era la viva imagen de alguien desvalido, acorralado en la oscuridad del bosque.
Laura se colocó a un lado del marco de la puerta, evitando quedar expuesta a un empuje violento si la madera cedía.
Inspiró profundamente para estabilizar su voz.
Sabía que el tono era su primera herramienta de control.
Debía sonar firme, calmada y libre de hostilidad.
—¿Quién está ahí? —preguntó Laura, proyectando su voz con una claridad pausada que cortó el murmullo de la lluvia.
Del otro lado llegó una respuesta ahogada, interrumpida por el tiritar de unos dientes.
—¡Por favor! —suplicó una voz masculina y quebrada por el pánico—. Déjeme entrar. Por favor... me persiguen. No tengo adónde ir. Me van a matar si me encuentran aquí fuera.
Laura no se dejó arrastrar por la urgencia del hombre. La prisa era enemiga del control. Evaluó el tono: el miedo en su voz era genuino. Había una hiperventilación clara que delataba un pánico paralizante.
—Tranquilo. Escucha mi voz —dijo Laura, aplicando la técnica del "pacing" para guiarlo hacia la calma—. Estoy detrás de la puerta. Estás a salvo aquí mismo, al lado de la cabaña. Nadie te va a hacer daño. Pero necesito que me digas tu nombre y qué haces en este bosque a estas horas.
—Me llamo... me llamo Adrián. Adrián Soler —la voz del hombre temblaba tanto que apenas resultaba inteligible—. Escapé de Valle Sereno. Por favor, Laura. Sé quién eres. Trabajabas allí. Me conocen... saben que he venido a buscarte. Si no me dejas entrar, me atraparán.
El nombre de la Clínica de Salud Mental Valle Sereno cayó sobre ella como un balde de agua helada.
¿Un paciente de la institución donde ella había ejercido antes del accidente?
¿Cómo sabía su nombre y su paradero? La sospecha de que pudiera tratarse de un brote psicótico peligroso se encendió en su mente, pero también la necesidad de respuestas.
—Adrián, mírame a través del cristal si puedes —indicó Laura, manteniendo el tono pausado para no romper el vínculo—.
Voy a encender la luz del porche. Quiero que des un paso atrás, te alejes dos metros de la puerta y me muestres tus manos.
Ponlas donde pueda verlas. Si haces eso, buscaremos una solución. ¿De acuerdo?
—Sí, sí... de acuerdo. Pero deprisa, por favor —rogó el hombre.
Laura encendió la luz exterior. Una bombilla mortecina iluminó el porche.
A través del vidrio, observó cómo el hombre retrocedía y alzaba las manos.
No portaba armas. Vestía una chaqueta impermeable de color azul marino gastada, con la capucha puesta.
La prenda, empapada, se pegaba a su cuerpo delgado.
La luz le dio de lleno en el rostro. Era joven, de unos treinta años, extremadamente pálido, con ojos negros muy intensos que brillaban con una mezcla de súplica y paranoia.
Laura notó una pequeña cicatriz antigua que cruzaba su ceja izquierda.
A pesar de sus lagunas de memoria, sintió una extraña familiaridad al observar ese rostro, una vibración incómoda en el fondo de su cerebro.
Tomando una decisión calculada, Laura deslizó la barra de hierro bajo el paragüero, colocó su pie derecho contra la base de la puerta para evitar un empuje violento, y abrió apenas una rendija sujeta por la robusta cadena de seguridad.
El viento sopló con fuerza, colándose por la abertura y arrojando gotas de lluvia sobre su rostro.
El olor a tierra húmeda y ozono invadió el recibidor.
—Adrián, voy a quitar la cadena —dijo Laura mirándolo a los ojos—. Vas a entrar despacio. Te colocarás en el recibidor y no harás ningún movimiento brusco. ¿Entendido? Necesito que confíes en mí si quieres que yo confíe en ti.
—Entendido. Gracias... —susurró él, abrazándose a sí mismo para contener el temblor.
Laura cerró la puerta, retiró la cadena y la abrió de par en par.
Adrián entró de forma vacilante, como si sus piernas apenas pudieran sostenerlo.
Ella cerró la puerta de inmediato, girando la llave dos veces y encajando el cerrojo de seguridad con un golpe seco.
El joven se dejó caer de espaldas contra la pared contigua, deslizándose lentamente hasta quedar en cuclillas sobre el suelo de madera.
Su chaqueta azul marino chorreaba agua, creando un charco que se extendía rápidamente por el parqué.
Su respiración era errática, un silbido asmático provocado por el frío del bosque.
Laura se mantuvo a dos metros de distancia, en una postura erguida pero no amenazante, analizando la situación. El hombre estaba físicamente agotado; la hipotermia era una amenaza real. Sus ojos negros se movían de un lado a otro del recibidor, alerta a cualquier sonido.
—Espera aquí —dijo Laura con suavidad—. Voy a traerte algo para que te seques. No te muevas.
Fue al baño del pasillo y regresó con una toalla grande de color gris. Se la tendió manteniendo la distancia. Adrián la tomó con manos torpes y se la colocó sobre la cabeza, frotándose el cabello empapado.
—Gracias —dijo con la voz temblorosa—. Siento haber entrado así... Sé que parezco un loco. Sé cómo funciona esto. El diagnóstico diferencial, la paranoia persecutoria... he leído mi expediente suficientes veces como para saber qué etiqueta me pondrías en otras circunstancias.
Laura arqueó una ceja. El uso de términos técnicos no era común en un paciente estándar, a menos que tuviera una obsesión muy arraigada con su propio historial clínico o formación en la materia.
—Hablas como si conocieras la terminología de Valle Sereno, Adrián —comentó ella, buscando invitar a la conversación—. ¿Eras un paciente allí?
—Fui un interno —corrigió él, mirándola fijamente—.
Pero no por las razones que el doctor Mateo Silva escribió en los informes.
Él me recluyó en el pabellón de seguridad.
Me diagnosticó una psicosis delirante crónica para invalidar mi testimonio, para asegurarse de que si alguna vez hablaba con alguien exterior, pensaran que solo eran los desvaríos de un enfermo mental.
El nombre de Mateo Silva volvió a resonar con una acusación directa que sacó de quicio la frágil estabilidad de Laura.
Mateo era su terapeuta, el hombre que la visitaba semanalmente en aquella cabaña, el que le traía los víveres y el Dormisen, el único que había estado a su lado desde la tragedia del puente.
—El doctor Silva es un profesional respetado —dijo Laura, adoptando una postura neutral para no romper la alianza de comunicación—.
Es mi médico. ¿Por qué querría invalidar tu testimonio?
Adrián soltó una risa seca que se convirtió en una mueca de dolor.
Se puso de pie con dificultad, apoyándose en la pared.
La chaqueta azul marino, empapada, pesaba sobre sus hombros.
—¿Tu médico? —preguntó con amargura—. Te mantiene drogada, Laura.
Te mantiene aislada a quince kilómetros de Sendero Verde porque eres el cabo suelto más peligroso de toda esta farsa.
¿Crees que el Dormisen te ayuda? No. Es un disociativo, un inhibidor de la memoria a largo plazo.
Te está tratando como a un sujeto de estudio, igual que hacían en Valle Sereno antes de que todo saltara por los aires.