El Reflejo de la Duda Capítulo 1 La Niebla de la Cabaña #2
7%

Capítulo 1 La Niebla de la Cabaña #2

Observó cómo las gotas de Dormisen se disolvían en el agua, creando pequeños remolinos aceitosos que desaparecieron rápidamente.

Bebió el contenido del tirón. El fármaco tenía un sabor amargo y ligeramente alcalino que le dejó la parte posterior de la garganta seca.

Sabía que en cuestión de media hora una pesadez agradable empezaría a apoderarse de sus extremidades y que la niebla que rodeaba la cabaña parecería trasladarse al interior de su cabeza, amortiguando los gritos de su memoria y permitiéndole conciliar un sueño sin sueños.

Regresó al salón y se dispuso a recoger los papeles esparcidos por la mesa para dar por terminada la jornada de trabajo.

La luz del día se había desvanecido por completo, y el viento del norte comenzaba a soplar con fuerza, haciendo crujir los tablones de pino de las paredes y silbando entre las rendijas de las ventanas mal selladas.

La cabaña parecía quejarse bajo el peso del aislamiento, un barco de madera encallado en un mar de árboles y niebla.

De repente, un sonido distinto al crujido del viento y de la madera helada llamó su atención.

Fue un sutil rozamiento metálico, seguido por el deslizamiento casi inaudible de algo rozando el fieltro protector de la parte inferior de la puerta de entrada.

Laura se quedó paralizada en mitad del salón.

Su respiración se detuvo y su pulso, ralentizado por el inicio de los efectos del Dormisen, se aceleró súbitamente, enviando una descarga de adrenalina por todo su cuerpo.

Sus instintos de negociadora y policía, adormecidos pero nunca extintos, tomaron el control de sus acciones en un instante.

Adoptó una postura defensiva y bajó el centro de gravedad, desplazándose con sigilo hacia la pared lateral para evitar quedar expuesta en la línea de visión directa de la ventana de la puerta.

El silencio volvió a reinar en la cabaña, roto solo por el golpeteo de las primeras gotas de lluvia contra el tejado de zinc y el lejano aullido del viento entre los pinos.

Laura contuvo el aliento, aguzando el oído para detectar cualquier paso en el porche de madera o el crujido de las hojas secas del exterior.

No escuchó nada. Ningún motor de coche alejándose, ninguna pisada pesada sobre los tablones del porche.

Solo la niebla densa que parecía presionar contra los muros de la cabaña como un intruso silencioso.

Esperó dos minutos enteros, con la espalda apoyada contra el tabique de madera y el corazón desbocado.

Finalmente, decidió avanzar. Se deslizó por el pasillo principal con movimientos lentos y precisos, cuidando de no hacer ruido sobre el suelo de madera.

Al llegar frente a la puerta, miró hacia abajo.

Allí, sobre el gastado felpudo de yute, descansaba un sobre de papel kraft de tamaño mediano.

Estaba doblado en tres partes y no mostraba ningún nombre, dirección ni sello postal que indicara su procedencia.

Era un trozo de papel tosco y anónimo que parecía haber surgido de la nada.

Laura se arrodilló lentamente, con cuidado de no hacer ruido, y extendió la mano hacia el sobre.

Al tocarlo, notó la textura áspera y seca del papel.

Su mente forense comenzó a trabajar a toda velocidad.

Si alguien se había acercado lo suficiente a la cabaña como para deslizar un sobre bajo la puerta, ella tendría que haber escuchado sus pasos en el porche, o al menos haber detectado los faros de un vehículo en el camino de acceso de tierra.

Sin embargo, no había visto ni oído nada.

Quienquiera que hubiese dejado el sobre conocía perfectamente el terreno, los puntos ciegos de la cabaña y cómo moverse sin hacer el menor ruido bajo la protección de la niebla espesa.

Se puso en pie y retrocedió hasta el salón, encendiendo la lámpara de pie de luz tenue para examinar el hallazgo bajo una iluminación adecuada.

Con la ayuda de un abrecartas de latón que guardaba en el escritorio, rasgó el sobre con cuidado para no dañar el contenido ni borrar posibles huellas dactilares, aunque dudaba que alguien tan meticuloso hubiera cometido el error de dejar rastros físicos.

Del interior del sobre extrajo una única cuartilla de papel blanco de gramaje común.

Estaba doblada con pulcritud. Laura la desplegó sobre la mesa de madera.

El mensaje constaba de una sola frase, escrita a máquina en el centro exacto de la página.

El tipo de letra delataba el uso de una máquina de escribir mecánica antigua, probablemente una de esas portátiles de los años setenta.

La letra "e" estaba ligeramente desalineada hacia arriba y el tipo de la "o" se encontraba parcialmente obstruido por acumulación de tinta seca, dejando un círculo negro borroso en lugar de una letra limpia.

Laura leyó la frase una y otra vez en voz baja, sintiendo cómo cada palabra se clavaba en su mente como una aguja helada:

"El hilo no se rompió en el puente." Un escalofrío recorrió su columna vertebral.

Se le cortó la respiración. La frase era corta, pero su significado era devastadoramente preciso.

El puente. Solo había un puente en su vida que importara: el puente del Río Negro, el lugar donde Daniel había muerto y donde su propia existencia se había fracturado para siempre.

¿Qué significaba que el hilo no se había roto allí?

¿Era una alusión al hilo de la vida de Daniel?

¿O se refería al hilo de la investigación, a la cadena de acontecimientos que la habían llevado hasta esa cabaña solitaria en mitad de la nada?

La ambigüedad del mensaje resultaba tan amenante como su mera existencia.

Alguien sabía lo que había ocurrido aquella noche, alguien que no se conformaba con la versión oficial del accidente y que la estaba vigilando activamente.

La paranoia, una vieja conocida que Laura se esforzaba por mantener a raya con las dosis diarias de Dormisen, estalló con una fuerza incontrolable.

Antes de dejarse vencer por el letargo, la disciplina policial se impuso.

Tomó un pesado atizador de hierro de la chimenea y recorrió la casa a oscuras.

Inspeccionó cada rincón: el armario del pasillo, las ventanas de la cocina que daban al acantilado posterior y el pequeño trastero donde se acumulaban trastos viejos.

Todo estaba cerrado por dentro, inmóvil, bajo el abrazo gélido del invierno.

Regresó al salón, arrojando el atizador sobre la alfombra.

Corrió hacia la puerta principal y accionó el cerrojo de seguridad con un chasquido metálico que resonó en toda la cabaña.

Luego, se dirigió a las ventanas del salón y corrió las pesadas cortinas de tela rústica, aislando por completo el interior del exterior boscoso.

Se acercó a una pequeña rendija de la cortina del ventanal y escudriñó la oscuridad del bosque.

La niebla se había vuelto aún más espesa, transformando los pinos en siluetas espectrales que se balanceaban lentamente bajo el azote del viento y la lluvia.

No había luces, ni figuras humanas, ni indicios de vida en kilómetros a la redonda.

Solo el bosque húmedo y hostil que parecía devorarlo todo.

El pánico empezó a apoderarse de ella, pero al mismo tiempo sintió cómo la pesadez inducida por las gotas de Dormisen comenzaba a hacer efecto.

El fármaco, implacable en su química, empezó a ralentizar sus pensamientos, a restarle nitidez a su miedo y a sumergirla en una modorra densa que luchaba contra su instinto de supervivencia.

Sus párpados se volvieron pesados y la fuerza en sus extremidades comenzó a desvanecerse.

Laura miró la cuartilla de papel blanco que reposaba sobre la mesa.

La tipografía defectuosa de la máquina de escribir parecía danzar ante sus ojos cansados, distorsionándose por efecto del sedante.

Quería mantenerse despierta, quería registrar de nuevo el exterior, buscar huellas en el barro del porche, llamar al inspector Marcos Leal para informarle de la intrusión, pero su cuerpo no respondía a sus órdenes.

El Dormisen la arrastraba irremediablemente hacia el abismo del sueño, adormeciendo las alarmas de su cerebro.

Apretando la misteriosa carta contra su pecho con una mano temblorosa, Laura se dirigió a trompicones hacia el dormitorio.

Se tumbó sobre la cama sin desvestirse, arropándose con la manta de lana mientras el frío de la noche y el efecto del fármaco la sumergían en una inconsciencia negra y disociativa, con una única y perturbadora certeza martilleando el último rincón de su lucidez: no estaba sola en la montaña, y sus recuerdos no eran lo único que corría peligro.