28 Donna
DONNA
Odiaba los gritos de papá.
Ahora que ya no los oigo, una pequeña parte de mí los echa de menos. Probablemente porque, en mi mente, de alguna manera me unían a mamá. Yo estaba ayudándola a ella cuidando de él y, como resultado, la sentía a ella un poco más cerca de mí.
Al revisar las montañas de papeles, servilletas de tela podridas y artículos de tocador en mal estado, me pregunto por qué la gente guarda todas esas cosas.
Creo que nos rodeamos de pertenencias con la vana esperanza de que nos garanticen cierta seguridad.
Si tenemos una montaña de imperdibles, cuando se rompa una costura, estaremos bien.
Si nuestro cajón está lleno de bastoncillos de algodón, nunca tendremos los oídos llenos de cerumen.
Si compramos esa crema de noche extra, nuestra cara nunca tendrá arrugas.
Pero si no llevamos ese imperdible al colegio, seguiremos paseándonos todo el día con la ropa interior a la vista. Y si no los usamos, los bastoncillos no sirven de nada. Toda la crema de noche del mundo no puede evitar las arrugas que aparecen con la edad.
A pesar de todos nuestros esfuerzos, lo peor acabará sucediendo.
Todos vamos a morir.
Mientras empaqueto la última caja y cierro la última puerta, me siento bastante triste. Mis pertenencias y las de Aiden se han reducido a tres maletas con ruedas y dos bolsas de viaje.
Las cosas de mi padre y mi madre han sido recicladas, donadas o quemadas dentro de una pila de basura en el patio trasero, y ahora la casa en la que he vivido durante meses va a ser desmantelada, a volver a pintarla y a ponerle nuevas baldosas y muebles, todo para algún inquilino desconocido.
No se me ocurre quién podría querer alquilar una casa al final de un pequeño camino de grava, detrás de la enorme casa de Patrick y Amelia.
Desde luego, yo no.
—Aiden —digo—. Es hora de irse.
Odio sentirme decepcionada. Las palabras de mi padre hicieron que la esperanza volviera a crecer dentro de mí una vez más.
«Cambiamos de opinión».
Revisé sus cartas, sus facturas y sus documentos fiscales, buscando un nuevo testamento.
¿Podría haber dicho la verdad? ¿Podrían él y mamá haber cambiado de opinión y habernos dejado algo a Aiden y a mí después de todo?
No es que necesite el dinero, en realidad no.
Entre la generosa pensión alimenticia para mi hijo que recibo de Charles y la indemnización que me concedió el juez, Aiden y yo podemos permitirnos comprar nuestra propia casa.
Tengo pensado buscar una, en cuanto pase Navidad.
Pero después de la muerte de papá, con Patrick merodeando y todas las cosas recogidas, no podía pasar la Navidad aquí. Era demasiado deprimente.
Me sorprende un golpe en la puerta. Cuando la abro, es Will Earl. Me sonríe y toda la habitación se ilumina.
—Hola, desaparecida.
—Hemos estado muy ocupados —le digo—. Siento no haber tenido mucho tiempo libre.
Me ha llamado casi todos los días y me envía mensajes cuando no contesto. Aparte de algunas respuestas poco entusiastas, prácticamente lo he ignorado.
—¿Mamá me ha dicho que te vas a quedar en el hotel durante las vacaciones de Navidad?
Echo un vistazo a la habitación vacía detrás de mí. —Papá ha fallecido y Patrick quiere alquilar este lugar. El primero de enero, de ser posible.
—Es tan desagradable… —Will traga saliva y sus ojos se desvían hacia algo detrás de mí—. Ese refresco.
Me doy la vuelta y veo a Aiden, mirándonos. —¿Dónde hay refrescos? Yo quiero uno.
—El señor Earl estaba bromeando —digo—. No hay refrescos.
—Me entró el pánico. —Susurra.
—No pasa nada —le digo—. Sabe que su tío es un capullo.
—¿El tío Patrick? —pregunta Aiden—. ¿El malvado que nos echa en Navidad?
Will se ríe. —Muy bien, entonces. No va a hacer falta que invente cosas.
—Probablemente le decepcione más saber que no hay refrescos que descubrir que estás hablando mal de Patrick.
—Sin duda —dice Aiden.
—Gracias por venir a ayudarnos —digo—. Es bueno tener un amigo.
—Me ha enviado mamá —dice Will—. Quería que te invitara a cenar esta noche también.
—Qué detalle de su parte —digo—. Pero….
—Vamos a ir a jugar con Gabe —dice Aiden.
—¿Gabe? —¿Me lo estoy imaginando? ¿O Will parece celoso?
—Tiene los mejores Legos —dice Aiden.
—A mí también me gustan los Legos —dice Will.
—¿De verdad? —pregunto al mismo tiempo que Aiden dice —¿En serio?
—Bueno, me encantaban —dice Will—. Todavía tengo un montón en una caja en el ático.
—Yo no tengo Legos —dice Aiden—. Antes tenía, pero tuve que dejárselos a papá, y ahora…
—Puedes jugar con los míos cuando quieras.
—¿Tienes los de Batman? —pregunta Aiden—. Son los favoritos de Gabe y nunca me deja jugar con ellos primero.
Will se vuelve hacia mí con cara de incredulidad. —¿Qué clase de persona…?
—Gabe tiene ocho años —digo con una sonrisa.
—No, no los tiene —dice Aiden—. Todavía tiene siete.
—Oh. —Will se mete las manos en los bolsillos—. Claro. Quiero decir, por supuesto.
—Es el hijo menor de Abigail —digo—. Abby y Amanda nos han invitado a su casa a pasar la Nochebuena.
—Steve dijo que iba a ir allí —dice Will—. Qué bien.
—Tampoco llevamos muchas maletas. Tu madre no tenía por qué enviarte.
—Puede que no quepan todas en el asiento trasero —dice Will.
—Pero entre el maletero, el asiento trasero y el delantero…
De todos modos, coge dos maletas, sin molestarse siquiera en hacerlas rodar, y las lleva a su furgoneta.
Abro la boca para pedirle que no las tire en la helada caja trasera, pero antes de que pueda hacerlo, abre la puerta y las mete dentro. Gracias a su grueso abrigo, no puedo ver cómo se mueven los músculos de sus brazos y su espalda, pero me lo imagino.
Algo que no debería hacer.
¿Un ranchero como Will? Tiene su propia casa y su madre es dueña de un hotel.
Es guapo, soltero y adinerado. Es demasiado bueno para mí.
Solo está siendo amable conmigo por los viejos tiempos.
Está siendo caritativo conmigo y no puedo olvidarme de eso.
Sé perfectamente lo mucho que duele cuando te haces ilusiones y luego la realidad te da una bofetada.
Por eso, a pesar de la solícita ayuda de Will y su invitación a cenar, me limito a ser cordial e insisto en llevar yo misma el resto de las maletas y deshacerlas.
—Gracias de nuevo —le digo mientras lo acompaño a la puerta de nuestra nueva habitación alquilada—. Seguro que nos veremos por ahí.
—Feliz Navidad —dice él.
—Sí, y lo mismo digo.
Me paso medio día deshaciendo las maletas y luego visto a Aiden y lo preparo para la fiesta. —¿Por qué me pones esta camisa, mamá? —Aiden odia las camisas con botones—. A nadie le va a importar lo que lleve puesto.
—Alégrate de que no te esté poniendo un jersey de renos —le digo—. Te estás salvando porque recuerdo lo mucho que picaban.
Aiden pone los ojos en blanco. —Está bien.
—Vamos.
Prácticamente corre hacia el coche y, una vez llegamos a casa de Amanda Saddler, sube los escalones de la entrada a toda velocidad.
Es un milagro que no se caiga y se rompa la cabeza en un área congelada que hay cerca de la entrada.
Y, una vez más, como si tuviera una especie de bola de cristal mágica que le avisa de que estamos llegando, Gabe abre la puerta de un golpe antes incluso de que llamemos.
—¿Cómo sabías que estábamos aquí?
Gabe señala al cardenal rojo que sobrevuela nuestras cabezas. —Siempre hace ruido y vuela alrededor cuando viene gente.
—Qué cosa más rara —digo.
—Se llama Arizona —dice Gabe—. ¿Y adivina qué más?
—¿Ya ha venido Papá Noel? —dice Aiden.
—No —responde Gabe.
—No creo que realmente quisiera que lo adivinaras —digo.
—No, sí que quiero —dice Gabe—. Inténtalo de nuevo.
—¿Te han regalado Legos nuevos por Navidad? —pregunta Aiden con auténtico entusiasmo. Creo que por la mañana se va a llevar una gran decepción, porque está claro que él no va a recibir Legos.
—No —dice Gabe—. Mamá no nos deja abrir ningún regalo hoy. Solo uno antes de acostarnos, y siempre son pijamas. —Gime como si le estuvieran obligando a comer coles de Bruselas.
—¿Entonces qué? —pregunto.
—Adivina —dice Gabe.
—Venga ya —dice Whitney—. Vas a enloquecerlos a todos, Gabe. —Pone los ojos en blanco—. Le han regalado una caja entera de bastones de caramelo. Nos los ha dado Amanda Saddler, así que mamá ni siquiera puede quitárselos.
—¿En serio? —pregunta Aiden.
—Y también hay una caja con tu nombre. —Gabe aplaude—. ¡Ven a ver!
Aiden sale corriendo antes de que pueda decirle que no se los coma todos de golpe. Suspiro. Es muy difícil regañar a la anciana más simpática y cascarrabias del mundo, sobre todo cuando está mimando a nuestros hijos.
Mis padres no están aquí para hacerlo y, por suerte, los padres de Charles no lo tendrán en Navidad hasta el año que viene.
Lo que significa que probablemente estaré bebiendo hasta caer en coma por estas fechas el año que viene.
—Donna, entra —dice Abigail desde la cocina—. Perdona por mi terrible falta de modales al saludarte, una vez más.
—Por favor —dice Amanda Saddler—. No es necesario saludar a la familia.
Se me hace un nudo en el pecho cuando dice eso.
La familia.
Después de que papá muriera y Patrick me echara de casa, no esperaba oír esa palabra, pero quizá debería haberlo hecho. Abigail y Amanda, y ahora incluso la anciana Sra. Saddler, me han tratado como si fuera de la familia desde el primer día, a pesar de que vine a sabotearlas.
De repente, las lágrimas comienzan a rodar por mi rostro y no puedo detenerlas.
La última persona que esperaba que me consolara es precisamente la que lo hace.
Amanda Saddler me rodea la cintura con un brazo y me lleva a su habitación.
—Solía odiar estar aquí —dice—. He tenido la misma habitación durante más de ochenta años, ¿sabes?
y me resultaba un poco deprimente. Pero últimamente me escondo aquí mucho, cada vez que estoy demasiado feliz como para evitar que se me derramen las lágrimas.