27 Abigail #2
Debería parecerme mal que Steve hiciera lo mismo que solía hacer Nate, y nada menos que delante de mis hijos. Debería parecerme que está intentando sustituirlo, o que no respeta la historia que tuve con mi primer amor.
Pero no es así.
Los brazos de Steve alrededor de mí son fuertes. Sus sentimientos por mí son claros. Sus intenciones nunca son eclipsar, borrar o menospreciar. Respeta lo que tuve con Nate y permite, incluso anima, a mis hijos a expresar lo que sienten y lo que recuerdan.
No le da miedo mi pasado y está ilusionado con nuestro futuro.
Esa es la razón por la que no volví a mi casa en Houston. Porque mi futuro no está en mi pasado. Mi futuro está aquí, con Steve, con mis hijos, y es diferente de lo que jamás hubiera imaginado, y eso está bien.
Al final, Steve se burla de mí hasta que admito que las palomitas eran en realidad para hacer espumillones hilándolas. —Era para darle un toque vintage. —Me defiendo.
—Me encanta —dice Amanda Saddler—. Tu vintage es mi infancia.
—No era mi intención burlarme —dice Stephanie.
Nadie le cree, pero tampoco nadie discute. Somos demasiado educados para eso.
Y después de decorar el árbol y recoger la cocina, cenamos todos juntos. Sopa de almejas, para celebrar que nuestra nueva casa está temporalmente en condiciones y que todos estamos calentitos y cómodos en su interior. Para que todos pudieran sentarse, Steve trajo sillas y mesas plegables.
—¿Alguna vez pensaste que tendrías a tanta gente apiñada en tu casa? —le pregunto.
Amanda Saddler niega con la cabeza enérgicamente. —No, desde luego que no.
—¿Te pone mal? —pregunta Gabe—. ¿O te entristece que estemos ensuciándolo todo?
Ella se seca disimuladamente una lágrima de la mejilla. —No, cariño. No me pone mal.
Gabe no pregunta nada más. Ya es lo suficientemente mayor como para haber visto a gente llorar de felicidad.
Cuando por fin llega la hora de irse a casa y la gente empieza a abrigarse con abrigos y bufandas, Amanda Saddler nos detiene a todos.
—Me gustaría invitaros a todos a venir aquí para celebrar la Nochebuena.
Mi familia solía ser el lugar al que todos venían a comer chili en Nochebuena, y me encantaría que pudiéramos volver a hacerlo.
—Nosotros nos apuntamos —dice Donna.
—Yo también —dice Eddy.
—Puede que nunca me vaya. —Bromea Steve.
—Me temo que no podré venir —dice Stephanie—. Ni Olivia tampoco.
Steve abre mucho los ojos y se vuelve hacia su hija. —¿Por qué no?
—Íbamos a decírtelo más tarde —dice Stephanie—. Pero quizá esta sea una forma mejor de hacerlo. Antonio y yo nos hemos reconciliado, y Olivia y yo vamos a volver a nuestra antigua vida. —Sonríe radiante.
—¿Perdona? —pregunto—. ¿Vas a volver a llevártela así como así?
Stephanie pone los ojos en blanco. —Antonio es el padre que Olivia siempre ha conocido. Ella lo quiere.
—Pero Steve tiene derechos ahora —digo—. No puedes simplemente quitárselos así sin más.
—Por supuesto que no —dice Stephanie—. No soy un monstruo. El régimen de visitas se mantiene.
—Y la pensión alimenticia también, estoy segura —digo.
—Por supuesto —dice Stephanie—. Pero Olivia quiere volver al colegio normal con sus amigos. La educación en casa era agobiante para ella.
—Aquí tenemos colegios —dice Steve—. Podrías matricularla…
—No pasa nada, papá —dice Olivia—. Seguiré viniendo a visitarte durante el verano y esas cosas.
Steve parece molesto, pero no desesperado. Fue pésimo por su parte soltarle esta noticia aquí, pero no espero nada de Stephanie. Ni siquiera me sorprende que se haya «reconciliado» con Antonio. Obvio que iba a pasar. Algunas personas se alimentan del drama.
No podría mentir y decir que no me alegra que su coche ya no vaya a estar aparcado fuera de la casa de Steve.
—Ya lo tenemos todo empacado —dice Stephanie—. Viajamos esta noche.
—¿Esta noche? —pregunta Steve—. ¿Te parece seguro?
Stephanie se ríe. —He dormido todo el día, ya sabes que soy así, una auténtica noctámbula. Este es el mejor momento para irme.
—Te echaré de menos —dice Steve, dirigiéndose claramente a Olivia.
—Yo también te echaré de menos —dice Stephanie—. Pero lo nuestro ha terminado hace tiempo.
Reprimo la risa. Es realmente increíble.
—Llámame si necesitas algo. O incluso si solo quieres hablar —dice él.
Olivia asiente con la cabeza, y entonces su labio inferior tiembla, y se apresura a abrazarlo.
Quizás no sea la niña más angelical, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta quién es su madre, pero se ha vuelto mucho más cariñosa en las últimas semanas. La verdad es que me entristece verla marchar.
—Volveré pronto —dice ella.
Steve le da un beso en la frente.
—Adiós, señorita Brooks. —Olivia incluso me saluda con la mano.
Emery e Izzy corren hacia ella y la abrazan sin esperar a ver si ella quiere.
Whitney solo la saluda con la mano.
Maren ni siquiera hace eso.
Los hombros de Gabe se encogen. —Ni siquiera está triste por dejarme.
—Deberías ir a abrazarla —le digo—. No tiene hermanos, así que no sabe que debería hacerlo.
Eso es todo el ánimo que necesitaba para correr hacia ella y abrazarla también. Ella sonríe cuando él finalmente la suelta. —Volveré, Gabe. De verdad, volveré.
—Vale.
Le da una palmadita en la cabeza y se dirige al coche de su madre.
—Vamos a recoger nuestras cosas —dice Stephanie—. Dejaremos tu llave debajo del felpudo.
Steve, para mi sorpresa, abraza a su hija por última vez y se despide con la mano.
No se va corriendo hacia su casa con ellas.
Ni siquiera derrama una lágrima cuando se marchan.
Después de que Donna y Eddy se van, nos quedamos en el porche.
Me encanta que todos estemos juntos en casa de Amanda Saddler, pero la privacidad es un lujo.
Me siento en el banco del porche y soplo mis manos para calentarlas. Incluso con mi chaqueta, el viento frío que sopla desde las montañas cercanas me atraviesa el cuerpo como un cuchillo. —¿No estás molesto?
—No esperaba que me lo dijeran así, pero la semana pasada oí a Olivia hablando con su madre. Sabía que iba a pasar. —Me coge la mano y la mete en su bolsillo, entrelazando sus dedos con los míos.
—Ah.
—Pensé en esperar a contártelo hasta que lo hicieran. Stephanie no es conocida por ser muy fiable.
No se equivoca.
—¿Estás enfadada? —Su mirada es curiosa—. Pareces más agitada de lo que pensé que ibas a estar. Para ser sincero, esperaba que estuvieras saltando de alegría.
—No odio a Olivia —digo.
—Solo a su madre.
—Tú también la odias —digo—. No estaba sola en esto.
—Hace más de quince años, cuando todavía viajaba para montar potros salvajes, cogí algo en uno de los viajes. —Se estremece—. Chinches.
Saco mi mano de su bolsillo.
Él se ríe y vuelve a meterme la mano. —Me costó un ojo de la cara fumigar y tratar térmicamente toda mi casa. —Se estremece—. Sinceramente, pensé en prenderla fuego.
—¿Por qué razón traes este tema a colación?
—La sensación que tuve cuando volví a entrar en mi casa y los técnicos certificaron que estaba cien por cien libre de plagas, es la misma que siento ahora.
—¿Porque Stephanie se ha ido?
Asiente lentamente. —Te prometo, aquí y ahora, que aunque Olivia siempre será bienvenida, nunca volveré a cometer la estupidez de ofrecerle a su madre quedarse en mi casa.
No puedo contener la sonrisa. —Oh, bien.
—Ya te lo he dicho, cometo errores, pero no los cometo dos veces.
—¿No como Antonio, entonces?
—Ese hombre es un idiota —dice—. ¿Por qué la habrá recibido de vuelta?
—Me alegra que lo hiciera —digo—. O quizá nunca te hubieras librado de ella.
—Oh, estaba preparando un plan para echarla, si eso no hubiera salido como yo quería. Se habría ido antes de Navidad.
—¿En serio? —pregunto—. ¿Cuál era ese plan?
—Chinches —responde—. Supongo que incluso Stephanie huiría si mi casa volviera a infestarse.
—Por supuesto, entonces habrías tenido que prenderla fuego —digo.
—Probablemente sí. —Se ríe entre dientes—. Aun así, habría valido la pena.
—Menos mal que Antonio es tan tonto.
—Amén —dice Steve.
—Gracias por toda tu ayuda hoy —le digo—. Creo que ha ido bastante bien.
—Siento que no tengas tu propia casa —dice—. Y tu propio árbol, y todas tus pertenencias.
Apoyo la cabeza en su hombro. —Sabes, la primera Navidad después de la muerte de Nate, pensé que necesitaba todas esas cosas.
—¿Qué cosas? ¿Un techo sobre tu cabeza? ¿Ropa para vestirte? —pregunta Steve con una sonrisa burlona—. Sí, ¿quién necesita eso?
Utilizo mi mano libre para darle un golpe, pero como tengo mi cuerpo en medio no sirve de mucho.
—Soy un vaquero, cariño. Tendrás que pegarme más fuerte para impresionarme.
—No intentaba hacerte daño, solo hacerte ver que dices tonterías.
—En general, hago eso —dice.
—Es bueno saberlo. —Suspiro y me relajo contra él de nuevo—.
Las decoraciones familiares. El árbol que siempre hemos usado.
Las colchas navideñas, las coronas y todo lo demás.
—Ahora, contemplando el maravilloso paisaje nevado de mi nuevo jardín delantero, abarrotado de gente que no conocía o que apenas conocía hace un año, me doy cuenta de algo—.
La Navidad se trata de comenzar de nuevo.
Se trata de un pequeño bebé que cambió el mundo entero.
—Es cierto —dice Steve.
—Y el mundo no lo quería, pero fue mejor así. —Un bebé que lo cambió todo. Para siempre—. A veces me resisto a los cambios.
—¿A veces? —se ríe Steve.
—De acuerdo, normalmente me resisto a los cambios. Pero esta mañana me ha llamado Adam, mi agente inmobiliario. Me ha dicho que la misma pareja que quería mi casa sigue interesada. Su oferta sigue en pie. No han encontrado nada que les guste más.
—¿En serio?
—Le dije que aceptaba.
Steve se pone tenso a mi lado. —¿Vas a vender tu casa?
Me muevo, saco la mano de su bolsillo y la paso por su espalda para poder abrazarlo. —Ya he firmado los papeles.
—Entonces, ¿qué…?