El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 27 Abigail
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27 Abigail

ABIGAIL

El árbol de Navidad se pone el día después de Acción de Gracias y se quita el día después de Navidad. No hay excepciones ni margen para negociar. Es así.

Excepto que ni siquiera tenemos árbol.

Ni nuestros adornos.

Y el día después de Acción de Gracias, estábamos haciendo las maletas para mudarnos. Nos mudamos con la ayuda de muchos vecinos, lo cual fue una gran sorpresa para mí. Al parecer, las Amandas sabían que todo el mundo vendría a echar una mano.

La gente acudió a ayudar a pesar de la nieve.

Steve vino y quitó la nieve de la entrada y le echó sal temprano en la mañana de la mudanza. Luego, Steve, su tío sheriff y una docena de amigos a los que solo había visto de pasada vinieron a ayudar, incluida Venetia, del True Value, y toda su familia.

Eddy también trajo a su propio grupo de amigos.

Y Amanda Saddler contrató a unas cuantas personas que vinieron desde Green River.

En general, dada la cantidad bastante limitada de pertenencias que trasladamos, fue una tarea bastante sencilla de realizar, incluso con quince centímetros de nieve en el suelo.

Solo una persona se resbaló. Steve la revisó para asegurarse de que estaba bien, pero no le pasó nada.

Una vez que nos instalamos, e incluso después de que Amanda y sus hijas terminaran de desembalar sus cosas, nadie movió un solo dedo para montar el árbol de Navidad. Finalmente, me armé de valor para preguntarle a Amanda Saddler al respecto. —¿Cuándo colocas el árbol de Navidad?

Ella se está preparando un té y se detiene mientras lo está vertiendo. Estuvo a punto de derramarlo todo. Le arrebato la tetera de las manos antes de que la taza se desborde.

—¿No tienes uno?

Ella mira hacia la ventana, como si esa fuera la respuesta.

—Si no tienes uno, puedo ir a Green River y…

—Chica, ¿por qué ibas a ir hasta allí? Hay docenas de árboles a poca distancia de la granja. Puedes elegir el que quieras, pero estas viejas rodillas ya no me permiten cargar con él.

—Ah —digo—. Usas un árbol vivo.

—Bueno, siento ser yo quien te lo diga, pero cuando lo talas, ya no está vivo. —Inclina la cabeza—. Pero podemos hacer una pequeña ceremonia por su muerte después de Navidad si eso hace que tus hijos se sientan mejor.

Me río, es una anciana muy peculiar. —Creo que todos soportaremos muy bien el peso de esa muerte. Es que en Texas no es muy habitual utilizar un árbol recién cortado, y mucho menos talarlo uno mismo. Supongo que ni siquiera lo había considerado.

—Lo peor del árbol es que Jed, y probablemente Roscoe también, beberán del agua de la base y la derramarán por todo el suelo a su alrededor. Pero lo mejor de tener un árbol es cómo huele la casa. —Ella niega con la cabeza—. Esta gente de ciudad.

Ethan y yo tardamos casi dos horas en encontrar y talar un árbol, y otra hora más en cortarlo al tamaño adecuado, pero estamos orgullosos de llevarlo dentro cuando Amanda nos detiene.

—¿Qué estáis haciendo?

Pensé que esta parte era bastante obvia. —Eh, tú dijiste…

—¿Alguna vez habéis cortado un árbol vivo en vuestra vida?

Ambos negamos con la cabeza. —Un árbol de Navidad, no —digo.

—Tenéis que dejarlo en el granero durante la noche en un cubo grande —dice ella.

—Ah —digo—. ¿Para que se vayan los bichos?

Ella se ríe. —¿Bichos? ¿En esta época del año? —Niega con la cabeza—. Te lo juro, eres muy graciosa. No. —Señala la base del árbol—. ¿Ves ese corte ahí?

—¿Te refieres a donde lo cortamos? —pregunto.

Ella asiente. —¿Cuánto tiempo hace que lo hicisteis?

—¿Diez minutos? —pregunta Ethan—. ¿Quizás?

—Entonces tendréis que volver a hacerlo —dice ella—, a unos dos o tres centímetros de la base, y luego sumergirlo inmediatamente en un cubo lleno de agua. Uno de esos cubos naranjas de veinte litros que se usan para transportar agua para los caballos y cosas así.

En Birch Creek teníamos sistemas de riego automático, pero ni se lo menciono. Sé lo que quiere decir. —De acuerdo, pero ¿por qué?

—Esos árboles de hoja perenne están llenos de savia —dice ella—.

Si quieres que se mantenga fresco, tienes que asegurarte de que pueda beber todo lo que quiera después de talarlo.

Pero a los pocos minutos de ser cortado, la savia sella el tronco y ya no puede absorber agua.

Necesita litros de agua la primera noche.

Dejadlo en el granero toda la noche y luego rellenaremos el cubo cada mañana y quizás cada noche mientras esté aquí, y se mantendrá fresco y aromático durante semanas.

Nunca se me habría ocurrido. —Gracias.

—¿No podría haberlo mencionado antes de que cortara la base? —Puede que Ethan esté refunfuñando, pero también está entusiasmado, me doy cuenta.

Eso me da tiempo para organizar una fiesta para decorar el árbol como se debe.

Steve viene, junto con Olivia y su horrible madre Stephanie.

Donna trae a Aiden, ya que dice que este año no van a montar un gran árbol puesto que su mudanza es inminente.

Eddy también está presente, y esperamos a que todos los niños regresen del colegio.

A Amanda Saddler parece que no le importara, pero cuando veo la bufanda que le ha puesto a Jed, con coronas navideñas y campanitas, sé que no es cierto.

—No tenemos muchos adornos navideños —digo—. Amanda está encantada de aportar los pocos que tiene, pero pensé que también podríamos hacer algunos.

—¿Hacerlos? —pregunta Stephanie frunciendo el ceño ante los cuencos de palomitas que hay sobre la mesa—. ¿Cómo? ¿Hilando palomitas?

—No —miento—. Las palomitas son para comer. —Me cae tan mal.

—¿Entonces cómo? —pregunta Olivia—. Me gustaría pintar algo.

Le digo a Alexa que ponga canciones navideñas y luego empiezo a enseñarles los diferentes adornos que he preparado. Las opciones son limitadas, ya que solo pude hacer una rápida visita a la ciudad.

—Tenemos muñecos de nieve hechos con calcetines —digo—. Izzy ha aceptado supervisar esta actividad. Ayudará a todos a doblar los calcetines para darles forma de muñeco de nieve, pintarles la cara y pegarles los ojos, y cuando hayan terminado, ella misma pasará a la siguiente estación.

—Yo me encargo de los Rodolfos de nueces —dice Amanda Saddler—. Y podéis estar seguros de que vamos a pegar esos ojos en el lugar correcto.

No estoy orgullosa de ello, pero compré todas las pistolas termo encoladoras que tenían en la sección de manualidades de Walmart en Rock Springs. Si a alguien más se le han estropeado sus decoraciones navideñas, lo siento mucho.

—Yo os guiaré en la sección de estrellas, corazones y árboles de lana —dice Steve.

—En la cocina, vamos a secar rodajas de naranja —digo—. Lo que debería añadir un gran aroma, además de un aspecto elegante y bonito.

—Pero colguémoslas en lo alto del árbol —dice Amanda Saddler—, o Jed se las comerá.

Es muy extraño que tengamos un perro y un cerdo viviendo con nosotros en casa.

—Abby ya ha hecho adornos para cada niño con fotos que ella misma ha tomado —dice Amanda—. Así que, cuando terminemos, cada uno podrá colgar sus adornos en el árbol donde quiera.

—Esto es incluso más divertido que las fiestas que nosotros solíamos hacer —dice Gabe.

Algo en esas palabras alivia la ansiedad que estaba sintiendo. Al fin y al cabo, la Navidad tiene que ver principalmente con cómo nos sentimos. No se trata del árbol en sí ni de los regalos.

Es bueno que sea así, porque poco después de decir eso, a Gabe se le cae la pintura blanca y Jed pasa corriendo justo por encima.

Después de calmar a todo el mundo y limpiarlo todo, Emery golpea la bandeja de purpurina para los adornos de confeti, que se esparce por doquier, hasta llegar a la mesa de los Rodolfos de nueces.

—No pasa nada —le digo a Emery, que está muy angustiada—. A Rodolfo el reno siempre le queda mejor un poco más de brillo.

—Ahora mi Rodolfo es brillante —dice Ethan—. Uf.

—A Beth le va a encantar —bromea Izzy.

—Cállate —dice Ethan.

—Será mejor que mejores tu carácter —dice Maren—. Ahora que ya no eres ganadero, solo eres un estudiante de la universidad comunitaria. —Resopla—. Dudo que eso impresione mucho a Beth.

—Maren Brooks —dice Amanda Saddler—. ¿Es esa forma de hablarle a tu primo?

Maren abre mucho los ojos. —No, señora. Lo siento.

A Amanda Saddler le encanta que mis hijos, criados en el sur, llamen «señor» o «señora» a todos los adultos, y ahora todos los niños la llaman así. Me hace mucha gracia.

Una vez que todas mis rodajas de cítricos están en el horno, soy libre para dar una vuelta. Hago un muñeco de nieve con calcetines de bebé, luego pinto una nuez para más tarde hacer un Rodolfo, y finalmente termino en la estación de Steve.

Él sonríe cuando me ve. —Bueno, señora presidenta, ¿podría ofrecerle un adorno de lana? Solo tiene que hacer una estructura de alambre y envolverla de este modo. —Me muestra cómo—. Y luego sumergirla en cera.

—¿Has olvidado quién te enseñó todo esto? —le pregunto inclinando la cabeza.

—Cierto —dice—. ¿En qué estaba pensando? —Me coge de la mano para llevarme a su lado de la mesa—. Quizá tú podrías ponerte al mando y yo…

—¡Uf! —dice Olivia a medio metro de distancia—. ¿Vais a poneros asquerosos?

—Si crees que esto es asqueroso —dice Steve—, más vale que te prepares para lo que sigue.

—Vaya —dice Olivia—. Esto ya es pasarse.

—Por favor —dice Whitney—. Mi padre solía… —Se interrumpe de repente y mira hacia sus pies.

—¿Qué hacía? —pregunta Steve—. Me muero por saberlo.

Whitney levanta los ojos lentamente, buscando confirmación de que está bien hablar de su padre.

Los ojos de Steve son brillantes y acogedores. —Venga, no me hagas esperar una eternidad.

—Solían besuquearse delante de nosotros —dice Whitney—. Y a veces papá inclinaba a mamá y la besaba de lado, así.

—¿En serio? —Steve niega con la cabeza—. Sin duda voy a tener que mejorar mi técnica. —Me atrae hacia él con un tirón y luego me inclina con un movimiento suave. Y entonces presiona su boca contra la mía.