El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 26 Amanda #2
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26 Amanda #2

—Por eso ni siquiera recuerdas que no eras tú quien conducía.

—No, yo conducía. —Insiste—. Fui yo, Amanda.

Niego con la cabeza. —Echa un vistazo.

Abro el otro vídeo y él lo ve, acercándose sutilmente cada vez más a la pantalla con cada segundo que pasa.

—No eras tú —le digo—. Y, de hecho, tu «amigo» tenía motivos para quererlo muerto. Al parecer, ese asesino en serie mató al primo de tu amigo e iba a salir libre gracias a algún tipo de error con las pruebas.

—¿Cómo pudo…? ¿Por qué…? —Eddy se pone de pie de un salto, negando con la cabeza—. Pero eso significa que las personas que… mi agente, nuestro mánager, mi amigo… no. —Parpadea y tiembla, y empieza a palidecer.

—Eddy, la policía metió la pata y no querían que se supiera.

Tu amigo solo lo sabía porque su familia recibía información del fiscal.

Los fiscales tampoco querían que se supiera, porque el público se habría enfurecido.

Las familias de las víctimas ya estaban lo suficientemente alteradas.

Y tú no estabas en completo uso de tus facultades, por eso pensaron que quizá podrías salvar a tu amigo.

—Suspiro—. Pero ni siquiera te lo preguntaron.

—Él siguió con su carrera —dice Eddy—. Siguió como si nada hubiera pasado.

—Tú también podrías haberlo hecho —digo—. Fue tu decisión dejarlo todo y marcharte.

—¡Porque me dijeron que había matado a alguien! —Se pasa las manos por el pelo, dejándolo revuelto por detrás—. Durante más de veinte años, he pensado que era un asesino, y lo único de lo que era culpable era de estar en el coche equivocado en el momento equivocado.

—Lo sé —digo—. Es horrible. Según Abby, lo que te hicieron fue «inadmisible».

Maldice entre dientes. —Mi familia, mi reputación, todo fue destrozado.

—Formalmente no es posible hacer justicia ahora, pero la amiga de Abby está dispuesta a entregarle todo esto a un periodista, que está listo para darlo a conocer al mundo.

— Que lo haga —dice Eddy—. Si estás aquí para pedirme permiso, mi respuesta es sí. Que lo haga ahora mismo.

Así que es lo que hacemos.

Como Eddy es un fantasma en las redes sociales, enlazan con mi cuenta, como su novia.

Durante la semana que estamos mudándonos, salen a la luz docenas de noticias y cientos de cuentas importantes en las redes sociales publican diferentes versiones.

Todas ellas vuelven a mí, publicando mis imágenes de Eddy por todas partes.

—Tienes que crear tu propia cuenta —le digo—. Sé que no quieres, pero ¿una historia que está generando tanta atención en plena temporada navideña? Sería mucho más sencillo para mí si tuvieras tu propio espacio para compartirla.

—¿Te ayudaría? —pregunta Eddy con la mirada más clara, menos atormentada. —Si te ayuda, lo haré.

—No sé si me ayudaría —le digo—. Pero me facilitaría las cosas en Internet. —Ahora que Eddy ha sido absuelto, Lololime me ha pedido que vuelva, esos idiotas. Y recibo una docena de nuevas solicitudes al día para patrocinar productos.

—Ayúdame a entender cómo —dice—, y lo haré hoy mismo.

En una hora, tiene dos mil seguidores. A la mañana siguiente, tiene cien mil.

—¿De verdad soy tendencia como #asesinobuenorro? —Coge su guitarra y empieza a tocar unos acordes—. ¿Qué le pasa a la gente en Internet? —Sus acordes se convierten en una melodía.

—Si te sirve de consuelo, es una broma. Se están burlando de los medios de comunicación por equivocarse.

—No, no me sirve. —Vuelve a tocar la melodía, cambiando algunas cosas, perfeccionándola.

—¿Es una canción nueva? —le pregunto—. Me gusta.

—Me has preguntado si me consuela saber que solo están bromeando cuando me llaman así —dice.

—Así es.

—La música me ayuda a no enfadarme —dice—. Antes me enfadaba más. Lo veía como la razón por la que me metí en todo ese lío, lo que me llevó por ese camino. Pero ahora ya no me enfado cuando pienso en ello. —Deja la guitarra—. Pero tú me ayudas más que la música. —Estira sus brazos hacia mí.

Dejo que me acerque a él. Mis hombros encajan perfectamente bajo su brazo. Me acurruco contra él y suspiro. —Tú también me ayudas.

—¿Cómo va la mudanza?

—Hay tres mujeres con fuertes personalidades viviendo en la misma casa —digo.

—¿Tan mal?

—En realidad va todo bien —digo—. Amanda ladra y gruñe con una sonrisa en la cara. Roscoe parece perdido a menos que esté tumbado a mis pies. —Al oír su nombre, se levanta y trota hacia mí. Sólo se calma cuando empieza a lamerme la mano.

—Por eso lo traes cada vez que vienes.

—También estresa a Jed —digo—. Siempre está intentando acorralarlo en una esquina.

Pero la pobre Abby… No puede dormir hasta que todo está recogido.

Aunque tiene muchas menos cosas que nosotras, ya que la mayoría sigue en Houston, estuvo dos días durmiendo menos de dos horas hasta que todo estuvo en su sitio. Pasó unos días un poco agobiada.

—Pero tienes a tu gente contigo, esa es la parte buena —dice Eddy.

Me encojo de hombros. —Sí, lo es. Me encanta y lo odio.

—¿Qué es lo que odias?

—Solía decorar para Navidad —digo—. Este año no tenía mucho con qué decorar, pero ahora he recibido tantas ofertas que podría decorar la Casa Blanca.

—¿Eso no es bueno? —pregunta—. La gente quiere que vuelvas a usar sus productos como decoración.

—Pero no tengo dónde ponerlos.

—Ponlos aquí —dice—. Decora mi casa. Puedes fingir que es tuya. —Me da un beso en la punta de la nariz—. Te dije que te mudaras aquí en lugar de allí, pero no. Tenías que ser terca.

—No estamos preparados para dar ese paso —digo—. Falta bastante.

—¿Bastante? —Hace que me arrepienta de haberlo dicho.

Pero luego me vuelvo un poco loca respondiendo a todas las ofertas de decoración navideña y lo envío todo aquí, a la casa de Eddy.

—Quizás debería tocar mi nueva canción —dice—. Podría subirla a mi nueva y flamante cuenta de Instagram, una vez que hayas decorado la casa.

—No sabes nada de estas cosas —le digo—. No puedes publicar cosas gratis. Tienes que publicar un adelanto y luego decirles que compren la canción completa.

Eddy se ríe. —Eso es lo que haría si trabajara de eso, pero mi trabajo es ayudar a animales enfermos, ¿recuerdas?

—Ah, claro —digo—. Se me había olvidado.

—¿Te gustaría que fuera una estrella del rock? —Me besa en la mejilla—. ¿Me querrías más si tuviera chicas siguiéndome y gritando?

Lo empujo. —Para.

—¿Te gustaría? —Entonces me sonríe y me atrae hacia él—. No puedes escapar tan fácilmente.

—¿De ti? ¿O de la pregunta?

—De ambas cosas —dice Eddy.

Pero cuando lo beso, se olvida de todo.

Y, para ser sincera, yo también.