El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 24 Abigail #2
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24 Abigail #2

—He dicho «nosotros» en otras oportunidades —dice él—. Todo el tiempo, desde que Nate falleció. Siempre he estado de tu lado, y sigo estándolo. Lo que dije lo decía en serio. No hay nada raro por mi parte. Solo quiero apoyarte.

¿Alguien que estará ahí cuando diga que lo hará? ¿Alguien cuya atención se centra y siempre se ha centrado en mí? Me siento bien, no voy a mentir. —Lo voy a pensar, Robert.

—No puedo pedir más.

«Ya te echo de menos»

No sé por qué no dejo de pensar en el mensaje de Steve. Quiero decir, sigue siendo mi novio, pero solo porque mis intentos de dejarlo no han tenido éxito.

Es como un chicle pegado a mi zapato.

¿Verdad?

Lo más seguro es volver a lo que conozco, a donde tengo una red de seguridad. Pero…

«Ya te echo de menos».

Suspiro, porque la verdad es que yo también. Aunque no debería. Está distraído. Vive en el lugar equivocado. Están pasándole demasiadas cosas. Robert siempre ha estado ahí para mí y está dispuesto a aceptar lo que yo pueda darle, nada más. Sé que será paciente y fiel a su palabra.

Pero es a Steve a quien quiero.

¿Por qué?

¿Qué me pasa?

Robert me deja en mi casa, pero se siente diferente. Se ve diferente, y no es solo por las plantas artificiales que Adam dejó en el porche delantero como parte de su puesta en escena.

—¿Estás bien? —Robert siempre ha prestado mucha atención a las personas y las cosas que le rodean.

—Estoy bien —respondo—. Es solo que me resulta extraño estar aquí.

—Ya no lo ves como tu hogar.

No me doy cuenta de que es cierto hasta que él lo dice. Niego con la cabeza lentamente.

—No pasa nada —dice Robert—. Quizá lo necesitabas para superarlo.

—Quizás.

—Pero eso no significa que Houston no sea tu hogar. No significa que no debas volver, especialmente ahora que el rancho ya no está en el horizonte.

—Tengo novio. —Suelto de repente. No hay ninguna razón para decírselo, salvo que me resulta extraño no habérselo mencionado todavía—. Lo conociste en Utah, es Steve Archer.

Robert frunce la nariz. —¿El médico de los caballos?

—El entrenador de caballos que también es médico de urgencias —digo—. Sí. Él es una de las cosas que me hacen dudar.

Él asiente, pero me doy cuenta de que no le gusta.

Cuando entro en mi propia casa, la sensación de que algo no va bien se intensifica. Probablemente sea porque está tan impoluta y vacía y los niños no están aquí, pero, por alguna razón, me recuerda a cuando vi el cuerpo de Nate después de morir.

Me resulta… familiar y, sin embargo, también extraño de alguna manera. Sigo sin atreverme a responder al mensaje de Steve, pero Ethan debe de haber ido a verlo, porque tiene más cosas que decir.

Sé que te has enterado. me escribe alrededor de las ocho de la tarde.

Sigo sin responder.

Me llama tres veces, pero no contesto, porque no sé qué decir.

Tenemos que hablar.

Tiene razón. Tenemos que hacerlo. Pero no estoy preparada.

Abby, llámame.

Al final, no puedo evitarlo. ¿No estás demasiado ocupado para hablar? Ve a pasar tiempo con Olivia y déjame en paz.

Estás siendo injusta, Abby.

Sé que no estoy siendo justa. Lo sé. Pero no puedo evitar sentirme herida.

No puedo evitar sentir que siempre estoy en un segundo lugar para él.

Como si siempre fuera a serlo. Cuando vino esa noche después de que perdiéramos el rancho, fue como si finalmente el antiguo Steve hubiese regresado.

Pero sé que no va a durar, porque Stephanie es una inestable y Olivia siempre está ahí.

No puedo esperar que me anteponga a su propia hija.

Yo no lo antepondría a mis hijos. No puedo. No soy así.

Llaman a la puerta.

Probablemente uno de los vecinos me vio salir del coche de Robert. ¿Y si es Robert? Uf.

Podría esconderme.

Sea quien sea, vuelve a llamar.

Probablemente me ha visto. Si es Robert, ¿qué vergüenza voy a pasar si tardo en abrir? Seguro que pensará que estoy haciendo caca. Eso me hace correr hacia la puerta y abrirla de un tirón.

—Eres una mujer difícil de localizar —dice Steve.

—¿Qué demonios haces aquí?

—Ethan me dijo que te contó que lo pillé bebiendo… con una chica.

Parpadeo. —Estás en Houston. —De pie frente a la casa que compartía con Nate.

—Es extraño, ¿verdad? —pregunta—. No fui invitado y mi novia, que sigue intentando dejarme, no responde a mis mensajes, pero aquí estoy de todos modos. —Su sonrisa es modesta y sigue siendo adorable—. Supongo que esto significa que yo soy Robin y tú Batman, ¿verdad?

No sé qué decir.

—No me gusta. Robin no tiene gracia. —Cuando se ríe, la piel alrededor de sus ojos se arruga y la correa de su bolso se desplaza y tiene que volver a colocársela.

Los músculos de sus antebrazos se tensan—.

¿Siempre hace tanto calor en Houston en noviembre?

—Se seca el sudor de la frente con la mano—.

¿De verdad vas a dejarme aquí fuera con este calor?

Me invade un deseo irrefrenable de abrazarlo. Necesito sus brazos alrededor de mí como los gatitos necesitan jugar con un cordel. Como los pájaros carpinteros necesitan picotear árboles. Como Roscoe necesita rascarse la oreja con toda dedicación.

El deseo no desaparece cuando no actúo en consecuencia. Solo se fortalece.

Finalmente cedo, entrando en su espacio personal y rodeándole la cintura con mis brazos.

—Oh —dice él.

Aprieto mi mejilla contra su pecho esculpido. —Estás aquí.

—Estoy aquí. —Su voz es profunda y grave, y suena como un sonido envolvente, que sale de su boca y también de su pecho.

—Me alegro.

Entonces exhala y me rodea con sus brazos. —Menos mal.

Finalmente me aparto, pero sus brazos no me dejan alejarme mucho. —¿Qué hay de Olivia?

—Está con su madre —dice—. Abby.

Levanto la vista hacia sus ojos azul oscuro.

—Te amo. No te vayas. Por favor, por favor, no vuelvas aquí.

—No puedo quedarme en Utah solo porque mi novio me lo pida.

—Tus hijos también quieren quedarse —dice él.

Yo también lo sé.

—Te sentiste sola, y lo siento mucho. Solo puedo decir que soy alguien que comete errores. Estaba demasiado absorto en mis asuntos y me ponía muy nervioso por estropearlo todo como padre, y no me di cuenta de lo bien que disimulas cuando tienes problemas.

Lamentablemente se acerca bastante a lo que me dijo Amanda.

—Ahora sabré estar más atento. No volveré a decepcionarte así. —Agacha la cabeza con ese gesto juvenil que tiene—. Pero estoy seguro de que volveré a meter la pata, y te prometo que cuando lo haga, volveré a pedirte perdón y no volveré a cometer el mismo error.

—Estás en Houston —repito. Todavía no puedo creer que esté aquí.

—Estoy en Houston —dice Steve—. Y, si te soy sincero, no me impresiona mucho. Incluso en noviembre, es demasiado húmedo.

Me río.

—Y hay mucho tráfico, y la gente dice «¿Qué onda?» demasiado para mi gusto.

—No es verdad —digo.

—No, no es verdad. —Coincide él—. Pero voy a insistir en que lo hacen cuando vuelva a casa.

—Eres un ridículo.

—Dime que volverás conmigo. —Mira alrededor de la casa—. Esta casa es mucho, mucho más bonita que cualquiera de las que tenemos en el condado de Daggett.

—Es verdad —digo.

—Pero dejará de gustarte.

En eso también tiene razón. —Quizá Amanda Saddler me venda una casa por allí, cerca de Birch Creek.

—¿Venderte una casa? —Steve arquea una ceja—. No lo hagas. Suena demasiado definitivo. Quizás solo alquiles algo. —Esboza esa sonrisa arrogante—. No te cierres a otras opciones.

—Odio mudarme —digo—. Prefiero no hacerlo más de lo necesario.

—¿Y si no tuvieras que hacerlo? —pregunta—. ¿Y si hubiera un hombre grande y fuerte dispuesto a contratar a gente para que lo hiciera por ti?

—¿Un hombre grande y fuerte que… contrataría a gente? —No puedo evitar sonreír.

Él se encoge de hombros. —No me da miedo gastar mi dinero.

Pongo los ojos en blanco. —Solo aceptaré buscar un lugar para alquilar si tú aceptas ayudarme a mudarme, sin camisa.

—Trato hecho. —Flexiona los pectorales.

Aplasto una mano contra ellos. —Hazlo otra vez.

—Has cambiado, Abigail Brooks.

—¿Y qué pasa si así es?

—Es algo bueno. La vida consiste en adaptarse a los cambios, y eso significa volver conmigo, encontrar un nuevo lugar donde vivir y besarme. Mucho.

—¿Besarte? —Levanto las cejas.

Y entonces Steve inclina la cabeza y presiona sus labios contra los míos.

Espero que me parezca mal. Estamos en la casa que compartí con Nate, una casa que diseñamos juntos y en la que vivimos con nuestros hijos.

Pero no me parece mal.

¿Puede el amor estar realmente mal? Es entonces cuando me doy cuenta.

Sus cálidos y fuertes labios se presionan contra los míos.

Este hombre que voló a última hora a Houston, solo para decirme que me ama.

Un hombre que está dispuesto a arriesgarlo todo, que está dispuesto a entregarse por completo, que está dispuesto a rogarme que vuelva en la casa que compartí con otra persona.

Admite que se ha equivocado y promete mejorar.

Y eso me hace feliz.

No me parece mal, porque yo también lo amo. Así que le devuelvo el beso con ferocidad. Y no paro.