El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 16 Donna
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DONNA

La ansiedad no es exclusiva de los seres humanos. He visto a perros temblar cuando veían a niños acercarse para tocarlos. He visto a pájaros alejarse nerviosos cuando alguien les ofrecía un trozo de pan o un pepinillo.

Pero estoy bastante segura de que los humanos la han perfeccionado.

Nos preocupamos tanto por lo que va a pasar en el futuro que a veces dejamos que eso arruine por completo nuestro presente. He sido presidenta, capitana y líder del equipo del Club de la Ansiedad durante el último año, así que sé lo mucho que puede afectar a la vida de una persona.

Creo que había olvidado cómo divertirme.

—No, no puedes tirarlo sin más. —Will sonríe.

—Tienes que lanzarlo con un movimiento rápido, mamá. —Aiden me enseña cómo usar los dedos para lograrlo—. Así, ¿ves?

Como si no supiera cómo hacerlo. —Es que no le veo el sentido.

—Para que puedas hacer un tanto —dice Aiden—. Es obvio.

—Últimamente no oigo suficiente «obvio» —dice Will—. Es una palabra infrautilizada. —Sonríe con aire burlón, pero Aiden no capta su sarcasmo.

—¿Qué significa infrautilizada? —pregunta Aiden.

—Significa que algo no se usa lo suficiente —respondo.

—Deja de intentar retrasarlo y juega tu turno. —dice Will.

—Sí, mamá.

Cojo la servilleta de papel que Will ha convertido en un pequeño balón ovalado y la alineo, utilizando el dedo índice de mi mano izquierda para mantenerla en posición vertical.

—Chicos, vais a perder —digo con tono burlón—.

Vamos, sois vosotros los que no estáis preparados. Trazad mi zona de anotación.

—Mamá, quieres decir tu poste de gol —dice Aiden—. Por favor.

—Pero también hay una parte llamada zona de anotación —digo.

Will sonríe con aire burlón. —Es la zona justo antes del poste de gol.

—Da igual —digo.

Will alinea sus dedos, afortunadamente es Will quien lo hace, porque las manos de Aiden son ridículamente pequeñas y sería difícil apuntar a un poste así, y yo lanzo. El «balón» de papel pasa por encima… y va aún más lejos.

Hasta que cae en un vaso de limonada en la mesa detrás de nosotros.

Will se estremece.

—¿Qué demonios? —Helen Wallace se levanta y se gira para mirarme con ira.

Tenía que ser la directora. Mi jefa.

—Lo siento mucho —digo.

La directora Wallace parece estar a punto de arrancarme la cabeza. O tal vez de despedirme.

Will se endereza y se da la vuelta. —Todo es culpa mía, Helen. Le estaba enseñando a Aiden a jugar al fútbol americano.

El rostro de Helen se suaviza por completo. —William Earl. —Le sonríe radiante—. Siempre se te han dado muy bien los niños.

—Pero no tanto el fútbol americano. —Se mete las manos en los bolsillos y me imagino el gesto de modestia que está haciendo.

—No estoy tan segura. Llevaste a nuestro equipo más lejos de lo que nunca había llegado. No era razonable que el entrenador Bristol esperara que lo hicieras todo tú. Un mariscal de campo increíble no basta para formar un equipo competente.

—Guau —dice Aiden—. ¿Fuiste mariscal de campo?

Nuestra camarera se acerca entonces y la directora Wallace le da una palmada en el hombro. —Marge, pon su cuenta en la mía, ¿quieres? Solo pensar en las eliminatorias del último año de Will me hace sonreír.

—No es necesario —dice Will—. De verdad, definitivamente puedo pagar…

—Insisto. —Ella le guiña un ojo—. Disfrutad de la comida, chicos.

—No es un chico —dice Aiden—. Es muy mayor, como mi madre.

La directora Wallace se ríe cuando finalmente se da la vuelta para sentarse junto a su marido.

—¿Te suelen invitar muchas comidas? —le pregunto.

Aiden interviene: —Yo nunca pago.

Will y yo nos reímos.

—Si era a mí a quien le preguntaba tu madre, voy a decir que, desde hace muchos, muchos años, pago todas mis comidas. Es una extraña anomalía que no puedo explicar. —Will vuelve a sentarse, pero sigue luciendo una sonrisa juvenil que me da ganas de inclinarme sobre la mesa y revolverle el pelo.

—Ah, quizá te lo preguntaba a ti —dice Aiden—. Sí, debe haber sido así.

—Tú no deberías pagar por tu comida —le digo—. Solo tienes seis años.

—Cumpliré siete el mes que viene —dice Aiden.

—¿Qué día? —pregunta Will.

—¿Por qué quieres saberlo? —pregunta Aiden entrecerrando los ojos, como si Will lo preguntara con malas intenciones.

Will levanta las manos. —Pura curiosidad, oficial —dice—, lo juro.

—Es el 27 de noviembre —respondo—. Algunos años coincide con el Día de Acción de Gracias.

—Vaya —dice Will—. Eso debe de ser muy molesto.

Aiden se encoge de hombros. —En realidad no. Normalmente no tengo que ir al colegio el día de mi cumpleaños.

—Está bien —dice Will—. Iba a invitarte a unirte a mi club, pero si no quieres…

Los ojos de Aiden se iluminan. —¿Qué club?

En ese momento llega nuestra comida: otra hamburguesa para Aiden, con croquetas de patata en lugar de patatas fritas, y una ensalada con pollo a la parrilla para mí. No se me escapa que hemos pedido casi lo mismo que nos trajo Will hace unos días.

—Gracias —dice Will—. Este filete de pollo frito tiene una pinta increíble.

Marge sonríe y señala nuestras bebidas. —¿Necesitáis más?

Tapo mi vaso de agua. —Para mí no. Siempre bebo demasiado y me paso el resto de la noche levantándome para ir al baño.

A Aiden se le escapa una risita. Cualquier mención a las funciones corporales siempre es motivo de risa cuando tienes seis años.

—Me encantaría otra limonada —dice Will.

—Oh, a mí también. —Aiden esboza su angelical sonrisa, la que siempre pone cuando quiere algo con desesperación. Normalmente la reserva para cuando quiere ver televisión, pero al parecer también la utiliza para las bebidas azucaradas.

—Está bien —digo.

En cuanto Marge se marcha, Aiden arremete. —¿De qué se trata ese club?

—Bueno, yo nací en un día muy extraño —dice Will—. Pensé que quizá te gustaría unirte a mi Club de los Cumpleaños Penosos. Pero si te gusta el tuyo…

—A veces solo recibo un regalo por Navidad y por mi cumpleaños —dice Aiden—. Y creo que la gente dice que así pueden darme un mejor regalo, pero en realidad es porque se olvidaron o no quieren gastar más dinero. Normalmente no parece que sea mejor.

Will se ríe. —Eso dice la canción de mi club.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —pregunta.

—¿Qué día crees que es? —pregunta Will.

Aiden apoya la barbilla en la mano y se toca el labio con el dedo. —Hmm.

No respondo: sé cuándo cumple años, aunque había olvidado que lo sabía. Darle la respuesta correcta no sería justo para su pequeño juego, pero, por alguna razón, quiero que Will sepa que lo sé. —«Campana sobre campana» —Canto.

—¡Donna! —exclama Will con los ojos brillantes y felices, haciendo que su reprimenda no valga nada—. No vale que lo ayudes.

—«Y sobre campana una» —continúo—. «Asómate a la ventana… verás al niño en la cuna».

—¿El día de Navidad? —grita Aiden.

—Estuviste cerca —dice Will—. ¿Quieres volver a intentarlo?

Aiden frunce el ceño.

—Nochebuena —digo.

—No es justo —dice Aiden—. Ella ya lo sabía.

—Creo que tener un cumpleaños que cae en Acción de Gracias te da derecho a formar parte del club —dice Will—. Si quieres.

—¿Qué hacéis ahí? —pregunta mi pequeño hijo.

—Sobre todo nos quejamos de lo horrible que es tener el cumpleaños en una fiesta tan importante —dice Will—. Pero también significa que te daré dos regalos cada año. Uno en tu cumpleaños y otro en Navidad.

Aiden no acepta inmediatamente. Eso me sorprende. —¿Pero y tú? —pregunta finalmente—. Si tú haces eso y los dos estamos en el club, ¿tengo que comprarte dos regalos? ¿Hay otros miembros?

—Sí —respondo—. ¿De cuántas personas estamos hablando?

—Eres un niño muy listo —dice Will—. ¿Te importaría comprarme un regalo?

—No tengo dinero —dice Aiden—, y mi madre tampoco tiene mucho. Pero si tú me compraras algo y yo no te comprara nada, no sería justo.

—¿Qué tal esto? —pregunta Will—. ¿Y si me haces algo tú?

—¿Como un dibujo? —pregunta Aiden.

—Eso me encantaría —dice Will—. No tengo ni un solo adorno en toda mi casa. Mi madre siempre se burla de mí por eso.

Aiden sonríe radiante y yo me estremezco un poco por dentro, imaginando los dibujos que le va a hacer Will. Amo a Aiden y es un niño brillante. Por desgracia, ha heredado mi talento artístico, es decir, ninguno.

Después de cenar, cruzamos la calle para comprar unas galletas. Me sorprende ver el cartel en el escaparate de la tienda de Amanda: «Cerrado temporalmente».

—He oído que está haciendo algún tipo de programa de televisión —dice Will—. Quizás por eso está cerrado —Hace una pausa—. Espera, tú eres amiga suya, ¿verdad? Alguien me lo dijo. Quizás fue mamá.

—Me cae bien —respondo—, y hemos quedado algunas veces. Pero no sabía que iba a cerrar.

—Espero que vuelva a abrir pronto —dice Will—. Aunque tener una tienda de galletas en la ciudad probablemente no sea muy bueno para mi barriga. —Se da una palmada en el abdomen, que a mí me parece que está muy bien.

—Ey, ¿ese no es el tío Patrick? —señala Aiden.

Sin duda es mi hermano, que prácticamente corre hacia mi cabaña. Una de las ventajas de los pueblos pequeños es que es fácil cruzar la calle desde el único restaurante hasta la única tienda de galletas. Una de las desventajas es que es casi imposible esconderse, incluso cuando quieres hacerlo.

Miro de reojo a Will. —Probablemente deberíamos dar por terminada la noche.

—Al menos debería acompañaros hasta la puerta —dice Will—. Podría haber peligrosos criminales escondidos cerca de vuestra habitación.

—El condado de Daggett tiene una de las tasas de criminalidad más bajas de Utah —dice Aiden—. Lo acabamos de aprender en la escuela.

No estoy del todo segura de que sea cierto, pero no discuto. —Créeme. No querrás estar cerca de mí cuando Patrick…

Como si de alguna manera hubiera oído su nombre a doscientos metros de distancia, Patrick se da la vuelta y mira a su alrededor como un galgo que ha olido una ardilla. —¿Donna? —Sus ojos se encuentran con los míos y vuelve a echarse a correr, solo que esta vez cruza la calle a toda velocidad.

Con el escaso tráfico que hay, es casi inconcebible que un coche esté cruzando la calle en ese momento. Casi me arrepiento cuando pasa a toda velocidad junto a él, dejándolo ileso.

Soy una persona horrible.

—Hola, Pat.

—Tenemos que hablar —dice.

Suspiro. —Me echaste y estás enfadado porque ocupé tu puesto en el panel. Ya sé ambas cosas. ¿De qué más tenemos que hablar?

Will frunce el ceño, pero, afortunadamente, no dice nada.

—Es hora de que dejes de hacer berrinches y vuelvas a casa.

—¿Berrinches? —En realidad, desearía que ese coche lo hubiera atropellado. Se merece una buena paliza—. Tú me echaste.

—Y en lugar de llevarte a papá contigo, lo dejaste con Amelia, como si fuera leche caducada.

—Espera, ¿estás diciendo que podría haber estado echándole leche caducada a Amelia todo este tiempo?

Patrick mira hacia arriba como si estuviera pidiendo ayuda. Sé que nunca ha rezado en toda su vida, así que eso también parece una mentira. —No puedes comportarte como un adulto ni por un momento, ¿verdad?

—Me echaste de la antigua granja para poder desalojar tú rápidamente la propiedad, así que dejé a papá con tu esposa. Todavía no entiendo qué parte de esto es un berrinche o en qué sentido está mal.

—Vuelve —dice.

Viniendo de mi hermano eso es lo más parecido a una disculpa. Por desgracia, Will elige ese momento para defenderme. —Tu hermana no es una sirvienta contratada. Cuidaba de tu padre porque es una buena persona, pero no tiene por qué soportar además que la maltraten.

—Nada de esto es asunto tuyo —dice Patrick.

—Cuando un ciudadano de Manila empieza a gritarle a otro ciudadano delante de mí en la calle, se convierte en asunto mío.

—Se acuesta contigo, ¿verdad?

Will le da un puñetazo a Patrick.

Quiero enfadarme por ello, pero no puedo evitar sentirme aturdida. Mi hermano es un tipo enorme, es ganadero. Es duro, y nunca me he metido en ninguna pelea física con él porque sabía que perdería.

Pero Will es aún más grande.

Y, al parecer, no le tiene miedo a mi hermano, que es un abusón.

Patrick arremete, pero Will le agarra la mano izquierda y luego la derecha. —Cálmate. Cuidado con lo que dices. Tu sobrino está a medio metro de distancia. —Will frunce los labios—. Y pídele perdón a tu hermana o te dejaré los dos ojos morados.

Patrick balbucea.

—No tiene que disculparse —digo—. No pasa nada.

—No estoy de acuerdo —dice Will sin siquiera mirarme—. Hay gente que nunca ha aprendido a tratar a una dama, pero cuando esa dama se aloja en el hotel de mi madre, me encargo yo de que reciban la educación que necesitan.

—Suéltame o te demandaré por agresión.

Y lo hará. —Suéltalo —digo, sabiendo que quizá ya sea demasiado tarde.

—Nada de lo que diga o haga este tipo me asusta —dice Will—.

Esa es la diferencia entre tu hermana menor y yo.

—Se acerca poco a poco a Patrick, torciéndole las manos hasta que se retuerce—.

Ningún jurado de este condado me condenará cuando les cuente cómo te he visto tratar a tu hermana hace un momento, o las cosas que has dicho sobre ella delante de su hijo.

Así que continúa. Sigue amenazándome y veremos si te dislocas el hombro antes de aprender a pedir perdón como es debido.

—Lo siento —escupe Patrick.

—Volveré a casa —digo—. Pero quiero las condiciones de mi regreso por escrito.

Quiero un contrato de alquiler que detalle mi derecho a estar allí y que no puedas echarme por capricho.

—Toco el brazo de Will, un poco impresionada por el músculo abultado que siento—.

Suéltalo para que sepa que no ha sido obligado a aceptar.

Will aprieta los labios, pero lo hace. —Está bien.

—Sí, está bien —dice Patrick—. Pero vuelve mañana.

—Haré que Abby redacte un acuerdo y me aseguraré de que lo firmes. Solo entonces volveré.

—Mi abogado puede…

—Ni hablar. Abby.

Patrick parece como si Will le hubiera obligado a tragar babosas, pero asiente bruscamente. —Está bien, si quieres gastar tu dinero en el acuerdo, adelante.

—Dile a Amelia que, entre ahora y entonces, si papá se enfada mucho, las gominolas con jalapeños lo calman.

Patrick pone los ojos en blanco y se aleja iracundo.

—No quiero volver —dice Aiden.

—Yo tampoco —admito—. Pero hacer cosas que no quieres hacer porque son lo correcto es parte de la vida.

Además, la única forma de conseguir suficiente información para comprobar si mamá y papá han cambiado el beneficiario del seguro de vida a mi nombre es sonsacárselo a Patrick de alguna manera.

Y la única ventaja que tengo es lo mucho que Patrick quiere que vuelva a cuidar de papá para no tener que hacerlo él.

Mi plan es hacer que me cuente los detalles de esa póliza como parte de mi regreso.

¿Quién dijo que no se puede hacer lo correcto y que al mismo tiempo te beneficie?