El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 14 Abigail #2
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14 Abigail #2

—Sé que tenéis entrenamiento —digo—, así que iré al grano. Maren es de Nueva York, como ya sabes…

—Estamos encantadas con sus amplios conocimientos. Con su ayuda, estamos aumentando la dificultad de nuestras animaciones y esperamos ser mucho más competitivas…

Niego con la cabeza. —No, no estás entendiendo por qué estoy aquí. No me importa en absoluto su éxito como animadora ni las posibilidades de victoria de su equipo.

La entrenadora Hanna se queda con la boca abierta.

—He venido porque Maren no está disfrutando de las relaciones en el equipo y sabe que es culpa suya que sean así. Quería hablar contigo sobre estrategias para solucionarlo.

—¿Te refieres a Ellie?

—Efectivamente. —Al menos tiene algo de idea de lo que está ocurriendo.

Maren mira fijamente la mesa, sin decir ni una palabra.

—Ellie siempre ha sido un poco malcriada —dice la entrenadora Hanna—. Así que espero que no culpes a Maren por los roces que han tenido.

Me sorprende que ella no culpe a Maren. Al fin y al cabo, es la recién llegada. —En realidad, no estoy aquí para culpar a nadie —digo—. Estoy aquí para ayudar a solucionar el problema. Ese es siempre mi objetivo. Parece que entiendes cuál es el problema, pero no has hecho nada para resolverlo.

Ella parpadea. —¿Qué sugieres que hagamos? Es una pelea entre adolescentes. Se olvidarán del asunto.

Al parecer, no sabe nada del novio y de cómo se ha agravado la situación. —No creo que se vaya a calmar —digo—. Me gustaría proponer una posible solución.

—Soy todo oídos.

—Creo que deberíamos tenderles una trampa de convivencia.

—¿Perdona?

Maren se endereza en su asiento, con los ojos llenos de horror. Está claro que sospecha de qué va la solución.

—Cuando se junta a personas, obligándolas a convivir, o bien se entienden o bien se odian aún más. Tú tomaste una dinámica de poder ya existente y la modificaste drásticamente. Sugiero que restablezcamos el equilibrio.

—¡Tía Abby! —exclama Maren levantándose—. No puede venir a vivir con nosotros. Nos sacaremos los ojos la una a la otra.

Me río entre dientes. —Ojalá pudiera encerraros a las dos en la misma habitación de casa durante una semana o dos. Dudo que eso sea posible. Pero creo que podríais ser cocapitanas del equipo de animadoras.

—Según mi experiencia, las cocapitanas rara vez funcionan —dice la entrenadora Hanna.

—Ahora mismo, están descargando su ira mutua en la escuela —digo—. Prefiero verlas discutir en el equipo.

—Yo no —dice la entrenadora Hanna—. ¿En qué sentido eso va a ayudar a que tengamos buenos resultados?

—Por decirlo sin pelos en la lengua, no me importa. No me quitaría el sueño que nunca llegarais a competir. —Me inclino hacia ella—. ¿Sabes cuántas personas se dedican a la animación durante toda su vida?

Ella parpadea.

—Ninguna. —Suspiro—. Esa es la respuesta.

Esto es un problema estrictamente de instituto.

Pero ¿ser capaz de limar asperezas, de hacerse amiga de alguien a quien has ofendido?

Maren tendrá que aprender a hacerlo durante toda su vida.

La única forma de que aprenda a hacerlo es obligándola a averiguar cómo.

Ponlas como cocapitanas y oblígalas a trabajar juntas.

—Hago una pausa y me vuelvo hacia mi sobrina que está indignada—.

Y tú te disculparás y escucharás sus sugerencias.

—No me disculparé —dice Maren.

Me levanto. —Estupendo. Si no vas a disculparte, entonces yo me retiro. Estoy segura de que te las arreglarás muy bien por tu cuenta.

—Espera. —Maren abre mucho los ojos—. No te vayas.

Me siento, pero la miro con ira. —Si quieres mi ayuda, acéptala.

Tú misma me dijiste que hiciste cosas desagradables.

No tienes que disculparte por ser una mocosa presumida que ha recibido un entrenamiento de animadora muy caro y muy elegante al que nadie aquí ha tenido acceso.

No tienes que disculparte por pensar que eres mejor que los demás, o por convencerlos de que es cierto, cuando la diferencia se reduce a ser capaz de dar un mejor salto o hacer una mejor apertura o algo sin importancia.

Pero sí tienes que disculparte por robarle el novio, por burlarte de ella y por actuar, en general, como una capulla. ¿Queda claro?

Maren traga saliva.

—No llegarás a ninguna parte en la vida si te aferras obstinadamente a tu propia perfección.

Si no estás dispuesta a admitir tus errores y mejorar, si no lo haces cuando se te da la oportunidad, cuando tu entrenadora te apoya, este problema nunca se resolverá.

—Hago una pausa—. Si no lo haces, estoy perdiendo el tiempo, y ahora mismo no tengo tiempo que perder. ¿Soy clara?

Maren asiente con la cabeza.

—¿Entonces aceptarás de buen grado a una nueva cocapitana y le pedirás perdón?

—¿Tengo que hacerlo delante de todo el mundo?

—Una disculpa pública que parezca sincera sería lo mejor —digo—. Pero si no te consideras lo suficientemente madura para hacerlo, puedes hacerlo en privado. Al menos sería un comienzo.

Maren se mira las manos.

—Te quiero, ¿sabes? Creo que tienes la capacidad de hacer grandes cosas. Pero las grandes cosas empiezan por hacer las pequeñas de la manera correcta. Muchas de esas pequeñas cosas no son divertidas, ni tampoco glamurosas.

La entrenadora Hanna parece un poco conmocionada.

—¿Esperabas que mi visita fuera para asegurarme de que estabas apoyando a mi sobrina?

Gira lentamente la cabeza hacia mí y asiente con la cabeza.

—Y, en cambio, yo le estoy echando una bronca —Me río entre dientes—.

Piensa, Maren, en cómo se sentirá Ellie.

Ha sido abandonada, ridiculizada y expulsada por ti, pero ahora la estás readmitiendo, te estás disculpando y le estás haciendo un hueco.

Si puedes soportar la rabieta que seguramente le entre una vez que tenga el espacio y la audiencia, si puedes mantener una disculpa sincera, tal vez puedas salvar este equipo y reparar el daño que le hiciste al negocio de tu madre —Sonrío—. A partir de aquí, depende de ti.

Me levanto y cojo mi bolso. —Llámame si las cosas no salen bien —le digo.

—Parecía que esperabas que todo saliera muy bien —dice la entrenadora Hanna—. ¿Ahora no estás segura?

—Lo único de lo que estoy segura es de que no todo va a salir bien.

De eso se trata la vida: ajustar nuestros planes cuando el mundo los hace añicos.

—Bajo un poco la voz y miro directamente a Maren—.

Por cierto, a mí también me entran rabietas cuando me pasa eso.

Solo que se me da mejor pedir disculpas después.

Y creo que le debo una grande a Steve. Tendré que pensar qué decirle cuando lo recoja para la subasta del sábado.