13 Amanda
AMANDA
Básicamente, soy una delincuente. Tengo que ocultar lo que hago y quién me gusta. Tengo que robar momentos de mi día solo para ver a mi novio. Y miento a todo el mundo solo para encubrir ese tiempo robado.
Pero cuando Eddy sonríe, todo vale la pena.
Solo que ahora mismo no está sonriendo. —Escúchame.
—Ya te he escuchado —le digo—, pero aún no estoy preparada.
—¿Qué podría ser peor que simplemente admitir que estamos saliendo?
—¿Romper?
Suspira y pone los ojos en blanco al mismo tiempo.
—Bueno, sí. Eso sería peor. Pero lo que podría pasar y que sería peor…
—Levanta las manos al aire—. Si alguien nos delatara, desearías haberlo confesado primero.
A eso me refiero. —Frunce el ceño—. Qué tonto soy.
Daba por hecho que romper no era una de las opciones.
Decido no recordarle que eso siempre está entre las opciones, para todas las parejas. —Mira, no estaba diciendo que debamos romper.
—Derek sabe lo nuestro y puede que aún no se lo haya contado a nadie, pero su conocimiento es como una pistola apuntándote a la cabeza —dice Eddy—. Todavía tiene esperanzas, así que no ha apretado el gatillo. Pero una vez que pierda la esperanza… ¡bum!
¿Tiene razón? No se da cuenta de que Derek tiene otra forma de hacerme daño, y es una que va a llevar a cabo si no acepto salir con él otra vez. Y otra vez.
—¿No tienes que ir a ver cómo están las vacas o algo así? —le pregunto—. Porque yo tengo que hacer galletas —que nadie se va a comer.
Quizás me las coma todas y engorde 90 kilos y entonces Eddy me dejará y Lololime me despedirá y nada de esto importará ya y no me importará porque estaré demasiado ocupada comiendo galletas mediocres a dos manos.
—Amanda. —Eddy me coge las manos entre las suyas—.
No es mi carrera la que está en juego, y no es a mi familia a la que le estás mintiendo.
Es la tuya. No estoy tratando de dictarte lo que debes hacer, y entiendo que es culpa mía que estemos así, y que mi pasado haya causado esto.
Solo digo que si decides afrontar la tormenta, o dar la cara, o lo que sea, yo estaré a tu lado.
Te ayudaré a pagar el alquiler de esta tienda.
Trabajaré aquí gratis. —Su sonrisa con hoyuelos brilla con toda su intensidad—.
Y si pierdes el rancho, tú y tus hijas podéis venir a vivir conmigo.
Le empujo en el hombro. —Para.
—No estoy bromeando —dice—. Estaría dispuesto a soportar la desgracia de tener a la mujer que me vuelve loco a mi lado todo el tiempo, si eso es lo que hay que hacer.
Pongo los ojos en blanco.
—Puede que no tenga el mejor pasado, pero ahora gano muy bien, tengo la casa pagada y un horario flexible. —Sus ojos buscan los míos—. Estoy comprometido con esto, ¿vale?
¿De un tipo que no ha tenido más relación que con su peine a uno que ofrece su casa a mi familia? —No sé qué decir.
—No quiero que te sientas sola —dice—. Somos dos en esto.
—Gracias.
—Ahora voy a ver a un tipo por un caballo. —Me guiña un ojo.
Me siento hechizada por un instante, pero me recupero rápidamente. —Adiós.
—Intenta respirar. Todo irá bien. —Sale por la puerta.
Estoy metiendo una bandeja de galletas en el horno cuando suena el timbre de la puerta. —Lo siento mucho —grito—. Estoy aquí atrás, aún no tenemos muchas galletas listas.
La risa me advierte de que no se trata de un cliente corriente justo antes de que Amanda Saddler se aparezca. —¿Y cuántas galletas crees que podría comer antes de ganar suficiente peso como para rellenar estas arrugas? —Señala su cuello—. ¿Una docena? ¿Dos?
—Estás estupenda. No intentes rellenar nada.
—Por esto no te cobro alquiler, exactamente por esto. Me mientes.
Sé que está bromeando, pero siento como si estuviera mintiendo a todo el mundo en este momento. Amanda es la única que sabe la verdad. Probablemente por eso empiezo a llorar.
—Oh, no —dice ella—. Estaba bromeando. Sé que solo era un cumplido.
Me inclino sobre la encimera y sigo sollozando.
Al cabo de un momento, Amanda se da cuenta de que no se trata de ella y da la vuelta para darme una palmadita en la espalda. Unos minutos más tarde, sus palmaditas se vuelven un poco más fuertes. Creo que es una advertencia de que mi tiempo de autocompasión está a punto de terminar.
—¿Qué demonios está pasando?
—¿Qué no está pasando? —Le pongo al corriente, mientras intento recomponerme, de cómo he arruinado nuestro acuerdo con las vacas, de cómo Maren es una paria en el colegio y me miente, de cómo estoy atrapada mintiendo a todo el mundo sobre Eddy y yo, y de cómo Derek podría delatarnos en cualquier momento.
—Ah, sí, y por si todo eso no fuera suficiente, podríamos perder el rancho y mi negocio de galletas está fracasando por completo. —Suspiro—. Apostaste por el caballo equivocado.
—Amanda —dice ella—. Puede que no sea buena eligiendo caballos, pero nunca me equivoco cuando apuesto por una persona.
Cojo una toalla de papel y me sueno la nariz. Luego me lavo las manos, porque huele como si las galletas estuvieran listas. —Espera —digo—. Déjame ver cómo están.
Efectivamente, están perfectamente doradas. Cojo un guante y las saco.
—Mírate —dice Amanda—. No he oído sonar el temporizador. Me dijiste que eso es algo que hace Abigail: oler cuándo están listas. Y ahora tú también lo haces.
—Lo cual estaría muy bien — digo—, si alguien quisiera comprarlas.
—¿A quién le importa? —pregunta ella.
—¿Perdona?
—Si la gente de este pueblo paleto es demasiado estúpida para darse cuenta de lo que tiene, si no apoya a un nuevo negocio local, que les den. —Arquea una ceja—. ¿Crees que ninguno de mis negocios ha fracasado nunca?
—¿Has tenido negocios?
—Compro edificios, querida. ¿Creías que dirigía una organización benéfica? Aparte de ti, nunca le he dado a nadie alquiler gratis.
Pues claro.
—He comprado muchos edificios que no han resultado ser una compra inteligente. Una vez que has hecho reparaciones y pagado impuestos por algo que solo te hace perder dinero durante unos años, aprendes a ser un poco más cautelosa a la hora de elegir un lugar para comprar.
—Lo siento —digo—. Pero solo han pasado unas semanas.
—¿Te gustan las galletas? —pregunta.
—¿Te refieres a comerlas?
—¿Te gusta hacerlas? —pregunta—. ¿Sueñas con hacer nuevos tipos? ¿Siempre estás pensando en quién podría quererlas o en cómo comercializarlas?
Parpadeo.
—Ahí tienes tu respuesta. Si no es tu pasión y no es tu especialidad, estaba condenado al fracaso desde el principio. Solo abriste esta tienda en un intento equivocado de ser como tu cuñada.
—¿Equivocado?
—Ya te lo he dicho: tienes que ser tú misma. Tienes que aprovechar tus puntos fuertes, no los de otra persona. ¿A quién le importa si esto fracasa? ¿Cuánto has gastado? ¿Veinte mil dólares? Yo he gastado más dinero en un quad.
Intento imaginarme a Amanda Saddler destrozando una moto de cuatro ruedas y no puedo. Es demasiado… No sé. ¿Frágil?
—No siempre fui tan mayor, querida. Solía hacer locuras como acelerar el motor mientras bajaba por la ladera de una montaña. A diferencia de ti, nunca he tenido hijos que me esperaran en casa.
¿Acaso puede leerme la mente?
—Eres tan transparente que es como si tuvieras una burbuja de pensamiento flotando sobre tu cabeza, como en los dibujos animados.
—Nadie se ha dado cuenta de que estoy saliendo con Eddy —digo.
—Yo lo habría descubierto. Tu familia es una panda de idiotas.
—Pero no veo…
—Ese es siempre el problema. Los jóvenes nunca veis nada. Siempre estáis demasiado ocupados hablando, trabajando y preocupándoos como para ver lo que tenéis delante de las narices.
—Vale.
—¿Qué parte de tu historia es la más angustiante? ¿Qué es lo más urgente?
—Derek ha arruinado mi contrato ganadero y Abby está enfadada conmigo.
—Y con respecto a él, ¿qué más?
—En cualquier momento podría decírselo a Victoria y hacer que me despidieran.
—O filtrar la información a otro influencer de las redes sociales que te odia, y eso sería aún peor. Perderías a todos tus patrocinadores, incluido Lololime, ¿verdad?
—Eso es lo que le preocupa a Eddy, sí. —Aunque, tal vez como madre, debería estar más preocupada por los problemas de Maren—. Además, mi hija está…
—No. He dicho lo que más te preocupa a ti.
Te sientes culpable por no haber elegido el pequeño problema con tu hija, y aplaudo a la madre que hay en ti.
Pero si no puedes mantener a tu familia, Maren estará mucho más molesta y preocupada de lo que está ahora.
Has elegido lo correcto. Deja de cuestionarte todo y aprende a confiar en tu instinto.
¿Cómo hace que parezca tan fácil?
—Además, no es que haya dicho que solo solucionarías un problema. Tienes que ir paso a paso. Nadie puede matar a seis dragones con una sola espada, querida.
¿Seis dragones? A veces es difícil seguirle el hilo a Amanda.
—Es una analogía. —Sonríe con aire burlón—. Intenta seguirme el ritmo, jovencita.
—Pero ¿cómo puedo solucionar…?
—Abriste esta tienda porque querías una carrera que no te obligara a depender de los caprichos de Instagram. ¿Verdad?
Asiento con la cabeza.
—Pero volvamos a tu problema. En la vida, he descubierto que mi problema suele contener la clave de mi solución.
No tengo ni idea de lo que está hablando. —¿Cómo pudo Derek…?
Me da una palmadita en la mano. —Estoy llegando al punto. Ten paciencia.
Me molesta, pero la necesito. Mi vida parece una madeja de hilo enredado. Si la única persona que sabe lo grande que es realmente la madeja cree que puede encontrar el extremo y desenredar un hilo, ¿quién soy yo para discutir?
—Vale, ¿qué viene Derek a hacer aquí?
—Va a poner en marcha una planta de procesamiento de ganado —respondo—. Trabaja para una empresa de cuero y se ha asociado con una empresa de carne de vacuno de alta gama.
—Genial, ¿y cuántos puestos de trabajo dice que creará?
Rescato esa conversación de los recovecos de mi mente confusa. —¿Unos cientos, creo?
—¿Y cuándo va a ser eso?
Me encojo de hombros. —En un futuro próximo. La planta es bastante fácil de montar, en el gran esquema de las cosas. Ya está en marcha.
Amanda sonríe. —He visto el sitio. Quedan seis meses, pero irán poniendo en marcha las operaciones poco a poco durante el próximo año y medio.
—De acuerdo.
—¿Qué significa eso? ¿Doscientos nuevos puestos de trabajo en una ciudad de cuatrocientos habitantes, más o menos?
Me encojo de hombros. —Claro.
—¿Dónde va a vivir toda esa gente? —Susurra.
Abro mucho los ojos. —No tengo ni idea.
—Doscientos puestos de trabajo, calculando por lo bajo, significan unos quinientos nuevos habitantes. ¿Por qué?
—¿Familias?
—Y personal de apoyo. Piénsalo. Doscientas personas nuevas significan más restaurantes, ¿quizás otra tienda de conveniencia? ¿Ampliaciones de lo que tenemos? ¿Horas extras?
—Vale.
—¿Una peluquería?
—Si traen más turistas y visitantes, ¿quizás otro hotel?
—Podría ser —dice Amanda—. No pueden alojarse todos en los hoteles de aquí, ni pueden vivir todos en las viviendas que ya hay. —Se toca el labio—. Ojalá conocieras a la persona del pueblo que posee la mayor parte de los terrenos y edificios.
Abro mucho los ojos.
—Si fuera, por ejemplo, una señora mayor con energía limitada la propietaria de todo quizá necesitaría a alguien que la ayudara. Alguien con buen ojo para el diseño y la combinación de colores. Alguien que sepa lo que está de moda y tenga contactos con gente que fabrica y vende decoración.
—¿Te refieres a mí?
—Bingo —dice ella—. Confío en ti y tienes muy buen gusto. Hiciste un trabajo estupendo con la remodelación de tu casa, que ya está casi terminada, ¿verdad?
—Pero eso no es un trabajo —digo—. Estaré encantada de ayudarte en mi tiempo libre.
—Cierra este negocio de galletas —dice Amanda—.
O deja que tu hija lo lleve ella misma, si eso encaja en tus planes para lidiar con su angustia adolescente.
Al fin y al cabo, te quedan cinco meses más sin pagar alquiler.
Quizás sea viable durante ese tiempo. Pero deja de perder el tiempo con eso.
Empieza a trabajar para mí y podemos repartirnos los beneficios de los edificios que reformemos y vendamos en los próximos dieciocho meses.
—Lo dices en serio.
—Querida, soy demasiado mayor para hacer bromas. No tengo ni el tiempo ni la energía para eso.
—Pero nunca he vendido una casa.
—Ya te lo he dicho: he vendido muchas propiedades, pero si los compradores son gente sofisticada de las grandes ciudades, necesitaré tu ojo y tu energía juvenil. ¿Te apuntas?
—¿Repartimos las ganancias al 50 %, pero tú adelantas los gastos y eres la propietaria de los edificios?
—¿Cualquier beneficio que supere nuestros gastos y mi inversión en el edificio? Sí. Lo repartimos.
—No me parece justo —digo—. Todo lo que yo haría…
—Amanda, sin ti, ni siquiera habría sabido nada de la nueva planta. —Me guiña un ojo—. Creo en compensar a las personas que me traen camiones llenos de dinero.
¿Camiones llenos de dinero? Me gusta cómo suena eso. —De acuerdo. —Apenas puedo creer que, en una breve conversación, ella haya acabado con mi tienda de galletas y me haya contratado para un nuevo trabajo, un trabajo que ya me entusiasma más—. Acepto.