El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 10 Amanda
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10 Amanda

AMANDA

—No puedes esconderte entre los arbustos. —Cruzo los brazos.

—¿Por qué no? —pregunta Eddy haciendo pucheros—. La última vez funcionó. Derek es un tipo de ciudad. Ni siquiera se dará cuenta de que estoy ahí.

—Que no te viera la última vez no significa que no te vaya a ver esta vez.

—Ese tipo no tiene ni idea—murmura.

—Estoy de acuerdo —digo.

—Entonces, ¿por qué lo haces? —Los músculos de la mandíbula de Eddy se tensan y se ve aún más atractivo que de costumbre.

Camina de un lado a otro detrás de mi tienda de galletas y, aunque lleva su ropa habitual de trabajo (pantalones cargo, un polo verde algo gastado con las palabras «Dutton DVM» bordadas en el pecho y una chaqueta de lona con forro de franela), está tan guapo que casi resulta insoportable.

—Estás siendo injusto —le digo.

Deja de caminar y me mira fijamente. —¿Que no estoy siendo justo? —Sus ojos verdes brillan—. Nada de esto es justo, y sí, es todo es culpa mía.

Pienso en lo que debe sentir él. Decir que es injusto es quedarse corto. Me acerco a él y le cojo las manos. —Eddy.

Nunca lo había visto tan alterado.

Le acaricio con una mano la mejilla, afeitada y perfectamente definida. —No importa con quién tenga una cita. —Sin darme cuenta se dibuja una sonrisa en mis labios—. Porque ya me gusta otra persona.

—Odio haber tomado decisiones tan estúpidas cuando era joven. —Con los labios apretados de esa manera, sin querer mirarme a los ojos, parece un adolescente. Debió de ser absolutamente impresionante en aquella época. Solo he visto fotos antiguas, que probablemente no le hacen justicia.

—Es gracias a esas decisiones que no te casaste con otra mujer hace mucho tiempo y que estás soltero, por lo que puedes salir conmigo —le digo—. Nuestro pasado nos ha traído hasta aquí y yo no lo cambiaría.

—Somos dos —dice él.

Me pongo de puntillas y presiono mis labios contra los suyos.

Eddy no desaprovecha ninguna oportunidad, jamás. Nunca he conocido a nadie a quien le guste besar más que a Eddy. Sus brazos me rodean inmediatamente, acercándome aún más a él. A veces parece que quiere que me meta dentro de él, es una sensación desconcertante y vertiginosa, y me encanta.

Su boca sobre la mía hace que todo lo demás se esfume de mi cerebro, como siempre. Es cálido, firme y embriagador, y nunca quiero separarme de él. Pero la alarma de mi teléfono empieza a sonar, y es molesta y persistente, y me dan ganas de romper mi carísimo móvil.

—¿Qué es eso? —pregunta contra mi boca.

—Una alarma —respondo.

—¿Para qué has puesto la alarma? —Sus palabras, más que la alarma, me devuelven a la realidad.

—Derek llegará en media hora y no puedo arriesgarme a que nos pille juntos. No después de la última vez. Se daría cuenta.

—Media hora es mucho tiempo. —Los ojos de Eddy son diabólicos.

—¿Y si llega antes? —Niego con la cabeza—. No podemos arriesgarnos.

—Oh, ha llegado antes —dice Derek.

Doy un salto para alejarme de Eddy, y casi me caigo sobre mi trasero. Agito los brazos frenéticamente hasta que Eddy me pilla, me estabiliza y me rodea con un brazo posesivo. —Así que nos has pillado. —Ni siquiera luce enfadado. Más bien parece que presume.

—Supongo que sí —dice Derek—. ¿Cuánto tiempo lleva esto? —Mira de Eddy a mí, deteniéndose para examinar mi rostro—. ¿Acaso eres una actriz consumada?

Niego con la cabeza y me libero del brazo de Eddy. —Después de que el puma me atacara, las cosas cambiaron un poco.

Espero que se enfurezca, grite y me amenace.

O tal vez simplemente que se dé la vuelta y se marche.

Con una sola llamada a Victoria Davis, podría arruinarme.

En realidad, independientemente de lo que pase ahora, estoy harta del asunto de los solteros y de Lololime.

He hecho lo único que Victoria dejó muy claro que no permitiría.

Pero él no hace nada de lo que yo temo.

—Te salvó la vida y la de tu perro. —Asiente lentamente—. Además, hay que contar con que es algo prohibido. Lo entiendo. Todo suena muy emocionante.

Eddy es el que frunce el ceño.

Derek, en cambio, parece complacido. Lleva un traje negro de dos botones con una camisa azul oscuro que hace que sus ojos grises parezcan tormentosos. Cruza los brazos. —Pero Amanda, eso no es la vida real.

Trago saliva. —Mira, sé que ahora que lo sabes, no querrás salir…

Derek extiende las manos. —¿Ahora que sé qué?

—Se encoge de hombros—. Vi a alguien ayudándote a sacar la basura.

—Mira de reojo a Eddy—. Alguien con quien nunca saldrías en público.

—Su sonrisa es pura maldad—. Alguien cuya existencia probablemente ni tus hijas, ni tus amigos, ni tus compañeros de trabajo conocen.

Eddy gruñe. Y de hecho, suena salvaje.

—Yo no soy un ligue clandestino que hay que ocultar a tus amigas. Soy un chico al que puedes llevar a casa para presentarle a tu madre, un chico estupendo. Lo que significa que no hay razón para no seguir adelante con mis planes para cenar.

Es como si se hubiera transformado en un tipo totalmente diferente al hombre enfadado, celoso y que daba patadas de antes. —¿Estás diciendo que todavía quieres que salgamos hoy?

—Supongo que nadie sabe lo tuyo con este tipo —señala con el pulgar a Eddy— porque no quieres perder tu trabajo. Si ese es el caso, imagino que querrás seguir adelante con la cita que tenemos planeada.

Trago saliva.

—Genial. He hecho una reserva en Eve's y, aunque no es el mejor restaurante de Estados Unidos, es el mejor que he encontrado a poca distancia en coche de aquí.

—¿Eve's en Rock Springs? —pregunta Eddy.

—Oh. —Derek abre mucho los ojos—. ¿Has ido?

Eddy asiente.

—Pero supongo que no has llevado a Amanda, ¿verdad?

Eddy niega con la cabeza, con los labios apretados.

—Excelente. Estoy seguro de que ella te dirá lo que piensa. —Derek me ofrece su brazo.

No estoy muy segura de qué hacer. Está claro que Eddy no está bien, pero Derek tiene razón. Si no va a delatarnos, tengo que ir a la cita y fingir que todo va bien.

Al final, decido que Eddy puede estar temblando de rabia reprimida y que yo puedo estar nerviosa por si se dirige al bar más cercano, pero debo confiar más en él.

Sin duda, no le gustaría que le preguntara cómo está delante de Derek.

No cojo el brazo de Derek, pero paso junto a él y entro en la tienda para coger mi bolso.

Eddy me sigue de cerca. —Yo cierro por ti.

—Gracias —le digo.

—Si me necesitas —dice Eddy—, envíame un mensaje. Llámame. Haz señales de humo. No estaré lejos.

—Qué bonito. ¿Vas a seguirnos hasta allí? —Derek se ríe—. ¿Te preocupa que no pueda mantenerla a salvo?

—Tú eres el peligro que más me preocupa.

—¿Seguro que no vas allí para estar más cerca de un bar? —pregunta Derek mientras observa a Eddy, como un gato jugando con un ratón.

Me quedo boquiabierta.

—Que no te sorprenda tanto que haya indagado en el pasado del tipo al que claramente le gustaba la mujer con la que yo salía —dice Derek—. Solo que entonces no sabía lo peligroso que era.

—Disfruta de la noche —dice Eddy, que por fin parece recuperarse.

Derek sigue sonriendo cuando me subo a su brillante Lexus.

—No entiendo por qué no estás enfadado.

Él se ríe, y es un sonido agradable. Lo recuerdo de cuando salíamos juntos.

Se ve igual que entonces: no suena enfadado, ni molesto, nada.

—El mundo de los negocios está lleno de gente que ha tenido suerte.

—Derek pone el coche en marcha atrás y sale—.

Casi no se puede leer un artículo en la revista Forbes que no destaque a algún idiota que ha tenido suerte y ahora está completamente forrado.

¿De qué está hablando?

Hace una pausa, con el coche parado en medio de la calle principal vacía de Manila.

—Yo no soy uno de esos tipos. —Esta vez su sonrisa es de alguien seguro de sí mismo, o más bien, arrogante.

—Siempre hago mis deberes. Analizo las cosas hasta que sé lo que está pasando.

Nunca hago conjeturas. Cada uno de mis movimientos está calculado, y sopeso y evalúo todos los riesgos.

No conseguía entender lo que había pasado entre nosotros… hasta ahora.

—No debes de quererme mucho —le digo—. O estarías mucho más enfadado. —Con suerte cuando se dé cuenta de eso, lo deje estar.

—Oh, al contrario. Me gustas mucho más que nadie, probablemente más que nadie en toda mi vida.

Eres sofisticada sin ser aburrida. Eres una madre competente sin dejar que eso te consuma y sin ser una madre sobreprotectora y agobiante.

Eres inteligente, pero nada presumida. —Por fin pone el coche en marcha—. Y eres absolutamente impresionante.

Ni siquiera sé qué decir ante esa declaración.

—Lo pasamos muy bien y te caí bastante bien, pero definitivamente no te emocionaba verme.

Sentía como si estuviera jugando a un juego, pero nadie me había enseñado las reglas.

Finalmente, hoy me di cuenta de que hay un oponente que no veía.

Me siento un poco estúpido por no haberlo descubierto antes, pero no estoy molesto. Al contrario, el juego ha comenzado.

Ahora estoy molesta. —No soy un juego. —Lo miro con ira—. Y lo que es peor, no soy un premio que se le da al ganador.

—Ahí es donde te equivocas. El mundo entero es un tablero de juego. Sin embargo, admito que ciertamente no eres un premio. Eso sería cosificación, y siempre me he opuesto a eso. —Me mira de reojo—. ¿Alguna vez has jugado al ajedrez?

—¿Al ajedrez?

—Lo tomaré como un no. En el ajedrez, hay que proteger al rey a toda costa, pero la pieza más poderosa es la reina.

—Hace una pausa—. Tú eres la reina aquí.

Eres una jugadora muy importante. Digamos que por fin entiendo lo que está en juego y que tengo la intención de buscar con entusiasmo una alianza muy amistosa.

Dios mío, no lo está entendiendo. —Estoy saliendo con Eddy —le digo—. Me gusta.

—¿Lo saben tus chicas?

—¿Perdona?

—Tus hijas, Maren y Emery, ¿verdad? ¿Saben que sales con Eddy?