El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 7 Abigail
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7 Abigail

ABIGAIL

Mi cerebro es un lugar extraño. Durante años, me he despertado antes de que suene el despertador.

Tampoco es que siempre me despierte a la misma hora.

Pero si pongo el despertador a las seis de la mañana, algo dentro de mi cerebro sabe aproximadamente qué hora es.

Me despertaré a las cinco y cincuenta y uno. O a las cinco y cuarenta y seis.

No puedo explicarlo.

Es extraño.

Cuando anoche puse el despertador a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana, fue para poder avanzar en un informe que Robert me pidió la semana pasada.

Lo he estado posponiendo, pero tengo que terminarlo.

Cuando me despierto tres minutos antes de que suene el despertador, ni se me ocurre que pueda deberse a un sonido extraño.

Pensé que era solo otro funcionamiento extraño de mi cabeza.

Pero huelo algo raro: galletas horneándose. Esa es la primera señal. Y luego oigo ruido de uñas sobre las baldosas.

Es Roscoe.

Recuerdo que Maren insistió en quedarse despierta para terminar de empaquetar las galletas.

Es tan poco frecuente que ella se ofrezca a hacer cosas por los demás que no le dije nada.

Pensé que su madre se emocionaría. Y, en general, intento no reprimir nunca los impulsos bondadosos, ya sean míos o de los demás.

Pero si todavía está trabajando a estas horas…

cometí un error. Hoy no hay colegio, pero ella necesita mantener una rutina.

Ningún asunto de trabajo, por nuevo que sea, justifica poner en peligro su salud.

Mientras me pongo las zapatillas, pienso en lo que le diré a Amanda.

Me dejó a cargo de todo durante su viaje y la he defraudado.

Le debo una disculpa. Debería haber mandado a Maren a la cama y haber terminado las galletas yo misma.

Cuando abro la puerta, no es Maren quien está en la cocina.

Es Amanda.

Y está llorando desconsolada.

No pienso, solo me muevo, corro la distancia que nos separa. La abrazo y le digo: —Oye, está todo bien.

—No —solloza—. Está todo mal.

Le doy unas palmaditas en la espalda. —¿Qué pasa?

—¿Crees que soy una ridícula? —pregunta—. ¿Todo el mundo piensa que soy patética?

Literalmente, no tengo ni idea de lo que está pasando. —¿Patética?

—¡Sí! —Prácticamente grita—. Patética. —Se tambalea hacia atrás hasta chocar contra la encimera. —¿Soy el hazmerreír del pueblo?

No puedo seguirle el ritmo. —¿Por qué alguien se reiría de ti, Amanda?

—Trago saliva—. ¿La cita fue muy mal? ¿Ese idiota publicó algo en su cuenta de Instagram?

—Debería haber mirado las redes sociales anoche, claramente.

Todos estábamos un poco ocupados haciendo las galletas para ese pedido enorme.

De hecho, pensé que nos daría las gracias, no que tendría una crisis nerviosa.

—No, no es por la cita. —Aprieta las manos y exhala. Parece absolutamente agotada. Normalmente tiene un aspecto impecable, pero las ojeras y las manchas de rímel la hacen parecer un poco como un mapache frustrado.

Esa idea me hace sonreír.

Un gran error evidentemente. —Así que te parece gracioso que me pavonee por ahí, coqueteando como una veinteañera a mis cuarenta. —Se lleva las manos a la cabeza—. Intentando ser como tú con esto de las galletas, sólo para fracasar estrepitosamente.

¿Qué demonios? ¿Intentando ser como yo?

—Sé lo que pensabais todos mientras os quedabais despiertos hasta tarde, cubriendo mi trabajo. Otra vez.

Es «haciendo mi trabajo», pero no se lo señalo. Cruzo el espacio que nos separa y la cojo por los hombros. —Estás agotada y creo que has perdido un poco la perspectiva. Necesitas dormir y luego podemos hablar.

—¿Acaso te importa lo que la gente piense de ti? —Tiene los ojos muy abiertos, casi desencajados. Está realmente muy alterada.

—¿Si me importa lo que la gente piense? —Parece muy seria, así que pienso en la pregunta—.

Por supuesto que me importa. Creo que a todo el mundo le importa.

Pero, sobre todo, sé quién soy y lo que quiero, así que si a la gente no le gustan mis decisiones, es su problema. ¿Es eso lo que me estás preguntando?

—Es lo más parecido a un no que podría imaginar —dice ella—. Por supuesto.

—¿Qué está pasando? —Odio estar tan confundida, pero verla tan alterada es aún peor. No tengo ni idea de cómo ayudarla, porque no sé qué le ha causado tanta angustia.

—Maren estaba despierta cuando llegué a casa.

—Lo siento mucho —digo rápidamente—. No me di cuenta de que se quedaría despierta hasta tan tarde cuando se ofreció…

—¡No te disculpes! —Ahora está gritando.

Ethan sale disparado por la puerta de la habitación que comparte con Gabe, poniéndose un calcetín en el pie. —¿Va todo bien? Perdón por quedarme dormido.

—No pasa nada —digo—. No hay ningún problema. —Miro fijamente a Amanda. Lo último que quiero es meter a mis hijos en su histeria—. Amanda y yo íbamos a ver algunas opciones de colores que tenemos que elegir, pero podemos hacerlo en mi habitación.

Ethan aprieta los labios, claramente sin creérselo, pero, por suerte, tampoco está dispuesto a contradecirme. —De acuerdo.

—Come algo antes de ir a dar de comer a los animales. —Me dirijo hacia mi puerta y miro a Amanda por encima del hombro. Ella le ordena a Roscoe que la siga, supongo que para que no se coma más galletas, que tanto nos ha costado hacer.

—Despierta a Izzy —le digo antes de cerrar la puerta—. Dile que termine de envolver el resto de las galletas cuando se enfríen.

Ethan hace un saludo chistoso. Es muy gracioso, pero no puedo reírme. Parte de nuestro juego consiste en que yo me haga la seria, la madre molesta, así que le pongo los ojos en blanco y cierro la puerta.

—¿Qué te ha molestado tanto? —le pregunto—. Este melodrama va a volverme loca.

Amanda se sienta en el borde de mi cama y se mira las manos. —Maren estaba despierta cuando llegué a casa y me dijo que todo el mundo piensa que soy patética y que debería abandonar lo de las galletas definitivamente.

Me siento a su lado. —No puedes hacer caso a lo que dice una adolescente, sobre todo a las tres de la madrugada o a la intempestiva hora a la que sea que hayas vuelto.

—¿Qué? —Amanda gira su rostro bañado en lágrimas hacia mí.

—Los adolescentes son esclavos de sus emociones.

Cuando están enfadados, gritan o dan puñetazos a algo.

Cuando están tristes, realmente piensan que se están muriendo.

Cuando están felices, bailan. Aún no han desarrollado sus filtros, y no hemos tenido tiempo suficiente para enseñarles a reaccionar de forma responsable.

—Hago una pausa para que asimile lo que le estoy diciendo—.

Pero piénsalo, Amanda. Se ofreció a quedarse despierta y ayudarte porque está orgullosa de ti.

Entonces, ¿qué crees que podría estar ocultando al gritarte?

—¿Ocultando? —Amanda encoge los hombros—. ¿Crees que no tenía nada que ver conmigo?

Me encojo de hombros. —Puede que sea por ti.

Puede que esté molesta por otra cosa. —Pienso en las pilas de galletas quemadas y deformadas que vi en la esquina de la encimera—.

Podría haber estado avergonzada por haber intentado hacer algo bonito por ti y haberlo estropeado.

O quizá sea otra cosa. Quizá algo va mal en el colegio y ella se siente patética, pero realmente creo que tiene menos que ver contigo y más con ella.

—¿Eres en secreto el Dr. Phil? —Amanda me mira con ira.

—¿Eres una adolescente? —Bromeo—. Ahora estás descargando tu irritación en mí.

Pero no has dormido, así que te lo perdono.

—Le doy una palmadita en la rodilla—. Mira, la crianza de los hijos es difícil para todos nosotros.

Ser adolescente es difícil para todos ellos.

Perder a los padres y mudarse, todo eso añade estrés.

Tenemos que ser un poco más indulgentes de lo que somos. Todos.

—A veces eres tan molesta. —Pero ella apoya la cabeza en mi hombro y cierra los ojos.

—Yo también te quiero.

Entonces empieza a llorar. —La diferencia es que yo soy realmente patética, mientras que tú siempre estás bien.

—Desde luego que no lo estoy —confieso—. Lloro sola, la mayor parte del tiempo, pero lloro. Ahora mismo no estoy muy bien.

Amanda se incorpora y se vuelve hacia mí. —¿En serio?

Suspiro. —Esta soy yo, desmoronándome.

—Te odio.

Me río. —Puede que por fuera me vea igual, pero por dentro estoy destrozada, créeme.

Steve tiene a su mujer viviendo con él. En unas horas, estarán disponibles los resultados de la prueba de paternidad que Steve y Olivia se hicieron ayer.

—Niego con la cabeza—. Esta tarde tenemos la mediación con la fundación de los alienígenas.

Si no llegamos a un acuerdo, tendremos que esperar a ver qué dice el juez al respecto, y me temo que los términos del testamento no nos favorecen.

—Y todo depende de ti, el testamento y lo del rancho, al menos. —Amanda suspira—. Yo ya habría perdido la cabeza.

Me río. —Me alegro de que estés aquí. No creo que seas patética. Creo que eres un poco menos blindada que yo, y eso me gusta.

—¿Blindada?

—Nunca dejo que la gente vea cuando la estoy pasando mal, y eso lleva a que nadie me ofrezca ayuda. Sinceramente, no es una forma muy saludable de vivir.

Amanda parpadea. —Vaya. Nunca lo había pensado así. —Se endereza—. Pero mira, aunque ahora no lo parezca, soy capaz, te lo juro. Si necesitas ayuda, dímelo. —Entonces abre un poco la boca, al darse cuenta—. En realidad, quizá esa era tu forma de decir que necesitabas ayuda. ¿Era eso?

No puedo evitar reírme de nuevo. —Amanda. —Niego con la cabeza—. No. No hay nada que puedas hacer con respecto a la ex de Steve, y dudo que puedas encargarte de la mediación. Pero si se me ocurre algo, te lo haré saber.

Ella asiente lentamente.

—Por ahora, creo que deberías dormir un poco. Cuando te despiertes, intenta averiguar qué es lo que realmente molesta a Maren. Mi conjetura es que muy poco tiene que ver con tu tienda de galletas.