El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 6 Amanda #2
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6 Amanda #2

En realidad, gracias a Paul, ya sé que es un trabajo de verdad y sé exactamente en qué consiste. Pero ¿qué sentido tiene intentar impresionarlo? —Quizás.

—Debo parecer un auténtico idiota —dice—.

Primero no paro de decir lo feliz que estoy porque eres guapa.

Luego hablo de mi madre, sin prestar atención a las normas básicas de etiqueta que me enseñó.

—Niega con la cabeza—. Después meto tu bolso en el maletero estúpidamente pequeño de mi poco práctico y demasiado llamativo coche deportivo.

—He conocido a muchos chicos que eran mucho, mucho peores —digo.

—Ay. —Se golpea el pecho—. Muchos, ¿eh? —Hay un brillo juvenil en sus ojos que probablemente encantaría a la mayoría de las chicas. Para mí, solo resalta lo niño que es, aunque tenga un trabajo de verdad.

Saco mi teléfono y le hago una foto. Cuando se da cuenta de lo que estoy haciendo, inclina la cabeza y sonríe, acentuando perfectamente su mandíbula y el color de sus ojos.

Vaya. ¿Me veo igual?

Odio todo esto.

—Ahí tienes —le digo—. Insta sigue prefiriendo los reels, así que también grabaré unos cuantos vídeos cortos.

—Buena idea.

Un banquero de inversiones que también sabe de algoritmos de Instagram. ¿A dónde va a parar este mundo?

—Estamos a punto de pasar el puente Golden Gate. Me avergüenza no haberlo pensado antes.

Bajo la ventanilla y saco el teléfono lo suficiente como para que los dos seamos visibles.

Luego pulso grabar. —¡Hola, chicos! Soy yo, Amanda, y no os vais a creer dónde estoy ahora mismo.

—Muevo un poco la pantalla para que se vea el Golden Gate detrás de nosotros—.

Tengo unas vistas increíbles. —Luego hago un giro con la cámara—.

Seguro que pensabais que me refería al puente, pero mirad esto. —Me centro en Perry y chillo.

Ahora me odio aún más.

Rezo en silencio para que Eddy no entre a Instagram, pero sé que probablemente lo esté mirando sin parar. Este trabajo es horrible. Guardo el teléfono en el bolso y miro el puente.

—Vaya, lo has hecho de una sola vez.

—Llevo un tiempo haciendo este trabajo. No hace falta ser un genio.

—No he respondido a tu pregunta. —Perry se gira y mira al frente.

La fachada juvenil y juguetona desaparece.

El tono de su voz se vuelve monótono—. Es raro que trabaje menos de diez horas al día.

En pocas palabras, los banqueros de inversión básicamente buscan empresas con potencial y les ayudan a encontrar los fondos que necesitan para empezar a cotizar en la bolsa.

—¿Qué acaba de pasar? —pregunto.

Me mira de reojo. —Acabo de ver a una Amanda Brooks completamente diferente cuando se activó ese vídeo, y decidí que quizá tú lo entenderías.

Me gusta mi trabajo, pero una parte de mí odia al tipo horrible, concentrado y casi agresivo en el que me convierto en el trabajo.

Así que creé mi página de Instagram para ser alguien… diferente.

El resto de la cita es mejor. Mucho mejor. Si no tuviera al hombre más guapo que he conocido nunca esperándome en casa, el hombre que salvó a mi perro y a mí y, francamente, el hombre que es justo lo que quiero… me sentiría tentada.

Pero después de un romántico paseo en barco, con una cena increíble y un ambiente estupendo, le pido a Perry que me lleve de vuelta al aeropuerto. —¿En serio? —Parece tan sorprendido como suena—. ¿Vas a coger un vuelo nocturno de vuelta a casa?

—Tengo dos hijas —le digo—. Puede que hayas visto a dos Amandas diferentes, pero la verdadera ni siquiera ha mostrado su rostro.

—Dos hijas. —Silba—. Victoria definitivamente no mencionó esa parte.

—¿Demasiado para ti, papá?

Sus ojos se agrandan.

—Estoy bromeando, Perry. Sabía que esto no iría a ninguna parte, pero ha sido un día divertido y creo que hemos grabado algunos reels decentes. —Le lanzo mi chaqueta—. Y puedes darle esto a tu madre.

Se acerca a mí lentamente. —Yo también tengo un hijo, ¿sabes? Se llama Jonathan y tiene tres años. No eres la única persona que puede desdoblarse.

Touché.

Me vuelve a colocar la chaqueta sobre los hombros. —Y mi madre es la última persona en el mundo que necesita más ropa. Quédatela. Te queda bien.

—Ha sido un placer conocerte, Perry.

—Pero te gusta otra persona. —Susurra.

Miro a mi alrededor, un poco asustada.

—No te preocupes. No se lo diré a nadie.

—No, no es eso. No hay…

Me pone una mano en el brazo. —Conozco esa mirada, créeme.

Si no la hubiera reconocido desde el principio, habría sido un poco más insistente.

No me debes ninguna explicación, y no espero ninguna.

Pero tal y como están las cosas, solo te diré que si las cosas se tuercen con él, escríbeme.

—Antes de que pueda detenerlo, me da un beso en la frente—. Cuídate, Amanda.

Me entrega mi bolso.

Estoy un poco aturdida mientras camino hacia el mostrador de venta de billetes, pero aun así reconozco cuando alguien dice mi nombre. —Amanda.

Me doy la vuelta.

Perry me dedica su sonrisa relajada de surfista californiano. —No ha sido una pérdida de tiempo total, ¿sabes?

—¿Qué cosa?

—Esta cita. —Sonríe—. Intento aprender algo nuevo cada día y… bueno. La amabilidad y la honestidad pueden coexistir. Esa es mi lección de hoy.

La verdad es que era bastante mono. Quizás, después de todo, pueda atravesar estas citas sin problemas.

Tengo que correr, pero consigo coger el último vuelo del día. Llamo a Eddy mientras subo al avión. —No ha ido tan mal —le digo—. Quiero decir, no ha sido amor a primera vista, pero tampoco era un tipo repugnante.

—No estoy seguro de que me guste eso —dice Eddy—. Parece que estás asegurándote un plan B.

Me río. —Quizá debería.

—No lo necesitarás —dice—. Yo he cometido mis errores. Esa es la ventaja de la edad: ya sé lo que no debo hacer. Ese chico llega demasiado tarde.

—No me esperes despierto. —No llegaré hasta la madrugada, después de aterrizar tengo que conducir hasta Manila. —Estaré perfectamente bien, y tú tienes pacientes mañana.

—Tengo muchos dientes que limar —dice.

—¿Limar?

—Te lo explicaré más tarde. Pasito a pasito —dice.

Sonrío cuando cuelgo. Consigo echar una siesta en el vuelo, así que hasta estoy de bastante buen humor cuando por fin llego a casa.

Roscoe está durmiendo delante de la puerta del porche cuando llego, y yo sacudo la cabeza.

—¿Quién te ha dejado pasar aquí toda la noche?

Hace demasiado frío para ti, así que alguien va a estar en problemas.

No pensé en lo difícil que podría ser mi partida para mi pobre y dulce chico. Quizás debería insistir en que los siguientes solteros vengan a verme a mí. Puede que no haya mucho que hacer, pero no puedo permitir que mi pequeño se estrese.

Se pega a mi lado como una lapa cuando entro por la puerta. Son las cuatro y media de la mañana, así que la última persona que espero ver despierta es Maren.

—¿Qué demonios estás haciendo?

Ella pulsa un botón del horno y la luz se apaga. —Tu trabajo. —Cruza los brazos—. Ni siquiera me gusta hornear.

—¿Perdona?

—Anoche recibimos un pedido grande por Internet —dice.

—La tienda estaba cerrada —digo—. Deberías haberlo rechazado sin más.

—No se pueden rechazar pedidos —dice Maren—. La página web no está configurada para eso. Hicieron el pedido al precio total de venta al público, por ciento ochenta galletas, para recoger mañana.

—¿Mañana?

Maren mira el reloj. —Bueno, ya es hoy.

—Oh, no. Lo siento mucho —digo—. Bueno, les llamaré.

—Ya las hemos hecho —dice Maren bostezando—. Emery, Whitney, Izzy, Abby y yo.

Pero Maren es la única que sigue despierta.

—¿Por qué estás…?

—Se suponía que tenía que empaquetarlas —murmura—. Prometí que lo haría, pero luego me quedé dormida y Roscoe se comió algunas.

Oh, no. —¿Está él…?

—Por eso estaba fuera. Le ha sentado mal y ha estado yendo al baño cada cinco minutos.

—Maren.

—Y tuve que volver a hacerlas. —Una lágrima le resbala por la mejilla—. Por suerte, nadie me oyó, pero no están muy buenas.

Miro detrás de ella las bandejas de galletas deformes. —No pasa nada. Escucha…

—No, escucha tú. —Frunce los labios y endurece la mirada—. Tú no eres repostera. Esa es la tía Abigail. Tampoco eres una madre dedicada. Eso también es ella. Se te da bien hacer fotos, eso es todo. Así que deja de hacer esta estupidez de las galletas.

—Maren, sé que el hecho de que me fuera…

—No, no lo sabes. Todos los demás lo ven, pero tú no.

—¿Qué es lo que ven? —Intento no enfadarme demasiado. Las dos estamos cansadas y ella es una adolescente. No tiene perspectiva de la vida. Por eso está siendo tan grosera.

—Eres patética —dice Maren—. Y nosotras vamos camino a eso también. Ojalá lo dejaras ya. —Niega con la cabeza, da media vuelta y se mete en su habitación.

Estoy demasiado enfadada para dormir, así que horneo dos tandas más de galletas para sustituir las que ella intentó hacer. Las mías están mejor, pero no mucho. O tal vez el problema fue todo lo que lloré mientras las hacía.

Porque, adolescente o no, me temo que ella tiene razón.

Soy patética.

Y yo era la única que no lo sabía.