6 Amanda
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AMANDA
En mi trabajo, he conocido a personas que son auténticos genios con los filtros, con recortar fotos y con encontrar el ángulo perfecto para que las cosas se vean perfectas.
He visto a gente usar un asiento de inodoro para que pareciera que estaban sentados en un avión, por ejemplo.
Etiquetaron la publicación con #Bali y la gente se lo creyó, se lo tragó enterito.
He aprendido que el mundo real rara vez se representa en Instagram. Por eso estoy preparada para cualquier cosa cuando finalmente conozca al primer soltero de la lista. Por lo que sé, podría tener una barriga flácida y unas manos delicadas de mujer.
Eddy me llama en cuanto aterriza el avión. —¿Estás bien?
—Perfectamente bien —respondo—. Hecha un manojo de nervios, pero por lo demás intacta.
Mi teléfono vibra en mi mano y me doy cuenta de que son mensajes de texto.
—Espera. Tengo algunos mensajes.
—Lo sé —dice Eddy.
—¿Eh?
—Son míos.
Los reviso y veo que son una serie de fotos. La primera es de Eddy y yo. Ha dibujado un gran corazón rojo alrededor de nosotros. La segunda es de Eddy tapándose la boca. Al pie ha escrito «Sin besos».
Me río.
La última foto también es de Eddy, pero está sin camiseta y reluciente.
—Déjame entender algo —digo—. ¿Tu plan es excitarme y luego enviarme a una cita con otra persona?
Mi teléfono vuelve a sonar. «El remitente desea cancelar el envío de este mensaje».
¡Ja! —Ni lo sueñe, señor. Voy a guardarla en la carpeta de favoritos.
Él gruñe. —Pórtese bien, señorita. No se olvide de lo que le espera en casa.
—Dios —digo—. Será mejor que me vaya.
—¿Por qué? —pregunta—. ¿Va todo bien?
—Eh, sí. Es solo que… ¿la foto que me enviaste? Estoy mirando a alguien aún más sexy, y lleva aún menos ropa.
—¿Perdona?
—Perry ha venido a recogerme y, aparte de un bañador muy pequeño y un cartelito blanco, no lleva nada más puesto. Y, madre mía, ¿esos abdominales?
—¿Qué?
—Tranquilo, guapo —le digo—. Estoy bromeando. Sigo sentada en el avión. Prometo portarme bien.
La mujer que está a mi lado me mira como si fuera una estrella del porno.
Bajo la voz. —Será mejor que cuelgue antes de que alguien me denuncie a una azafata y me echen del avión.
—¿No estás ya desembarcando?
La fila de delante empieza a coger sus maletas. —De hecho, sí.
—Eres una mujer muy extraña.
—La señora que está a mi lado está de acuerdo contigo. —Susurro.
Él resopla. —Te echo de menos.
—Yo también. —Cuelgo.
—No todo es una broma. —La mujer que está a mi lado se sujeta su collar de perlas.
Vale, está bien, no sujeta sus perlas, pero sí que se ajusta el jersey. —Quizás lo disfrutaría un poco más si usted también bromeara de vez en cuando.
Los siguientes minutos son un poco tensos, y suspiro profundamente aliviada cuando consigo alejarme de la mujer lo más rápido posible. Menos mal que estoy aquí por tan poco tiempo que no he tenido que facturar nada.
Estoy esperando a que alguien de Lolo venga a recogerme, así que echo un vistazo distraídamente a las personas que esperan justo después de la recogida de equipajes, prestando atención a los nombres escritos en los carteles.
—¿Amanda? —La voz de un hombre se eleva por encima del murmullo general.
Levanto la vista y me encuentro con la sonrisa de surfista de un hombre de unos treinta y tantos años. Gracias a mi familiaridad con la habilidad de los influencers para hacer fotos, no esperaba mucho, pero, para mi sorpresa, Perry Giles es aún más atractivo en persona que en sus fotos.
Su sonrisa es relajada y rebosa confianza.
Vaya, Abigail me está contagiando. ¿Rebosa confianza? Concéntrate, Amanda. La gente normal no habla así. Mientras, él me está saludando con la mano.
Le devuelvo el saludo, aunque estoy un poco molesta porque haya venido él mismo a recogerme. Pensaba que sería un servicio de coche y que tendría más tiempo libre. Acordé pasar cinco horas con estos chicos, no… Miro mi reloj. Seis. Vale, quizá estoy exagerando.
—¡Amanda Brooks! —exclama radiante.
—No esperaba que vinieras a recogerme —le digo.
Él me hace un gesto con la mano para que no le haga caso. —Era lo menos que podía hacer.
Frunzo el ceño. ¿Qué significa eso?
—Después de insistir en que vinieras a verme.
—Se encoge de hombros—. Sé que el acuerdo decía que iríamos a verte, y tu jefa me dijo que no querías tener que volar y conducir y todo eso, pero, sinceramente, ¿qué habríamos hecho en nuestra cita en medio de la nada?
Lo busqué en Google y ni siquiera tiene una tienda de comestibles. Solo hay dos restaurantes.
Suelo pensar que Manila está en medio de la nada. Abigail y yo bromeamos mucho sobre ello. La escuela es diminuta. La ferretería funciona también como tienda de comestibles. Apenas hay 400 personas que viven dentro de los límites de la ciudad…
Y, sin embargo, su comentario por alguna razón me molesta.
¿Acaso es porque considero Manila mi hogar?
—Estoy segura de que aquí hay más cosas que hacer. —Admito—. Y siempre he querido venir a San Francisco.
—Te encantará —dice—. No es tan repugnantemente perfecta y aburrida como San Diego, ni tan congestionada y calurosa como Los Ángeles.
—¿San Diego es aburrida? —Levanto las cejas—. Me parece una opinión controvertida.
Él se ríe, y su risa no es tan desagradable como esperaba. —Durante el primer mes o los dos primeros meses, claro, a la gente le encanta. —Se encoge de hombros. —Pero después, es como esas personas que son perfectas. Empiezan a agotarte, y lo mismo ocurre con San Diego.
—Parece que viviste allí.
—Efectivamente, pero estoy seguro de que sabes a qué me refiero. Piensa en la persona más perfecta que conoces y dime que no te molesta.
Pienso en Abigail. La quiero con locura, pero Perry no se equivoca. —Vale, tienes razón. La perfección puede resultar agotadora.
—Exacto. —Coge mi bolsa y empieza a caminar. Tengo que trotar para seguirle el ritmo—. Necesitas días nublados y lluviosos para apreciar los días gloriosos como este. —Como si lo hubiera calculado a propósito, salimos al exterior y nos encontramos con un hermoso sol.
En realidad, no hace mucho frío para mí en Manila en este momento.
Después de vivir en Nueva York durante años, puedo decir con seguridad que las temperaturas máximas de alrededor de 15 °C no son tan frías.
Pero los días con temperaturas de 21 °C quedan bastante lejos en el retrovisor.
No soy tan fiel a Manila como para no apreciar el calor del sol en mi cara y la brisa que me agita el pelo.
Me quito la chaqueta Lololime y la guardo en mi mochila Lololime. Cuando levanto la vista, Perry está haciendo una foto. Se encoge de hombros. —Está en los términos del contrato. Pensé que sería un buen momento para hacer algunas fotos… justo guardabas la chaqueta en su mochila.
—Estoy bastante segura de que mi jefa empezaría a planear nuestra boda en este mismo instante si estuviera aquí.
Perry saluda a alguien con la mano y, cuando un chico se acerca corriendo, le entrega una entrada.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto.
Se encoge de hombros. —Nada. Servicio de aparcacoches.
¿En el aeropuerto? Supongo que no debería sorprenderme. Estamos en California. La tierra de Silicon Valley, del sol, el smog, el exceso de dinero y los coches.
—En verdad estoy muy contento con cómo han salido las cosas. —Perry sonríe—. Al principio, cuando Victoria me llamó para decirme que había un cambio de planes, me sentí decepcionado.
¿Qué le pasa a este tipo? ¿De verdad me está diciendo que está molesto por tener una cita conmigo? No me esfuerzo en ocultar mi irritación. Dejo que mis cejas se levanten de forma evidente.
—Vaya, qué equivocado estaba. —Silba—. Puede que seas unos años mayor que yo, pero ¿a quién le importa? En persona estás aún más guapa. Además, dicen que los cuarenta son los nuevos treinta.
—Díselo a mis rodillas —le digo.
Su risa es sorprendentemente fuerte. Y larga. Sigue riéndose cuando un Lamborghini amarillo se nos aproxima. —Y también eres graciosa. Yo veía esto como, no sé, una tarea. Unas cuantas fotos decentes y ya. Sinceramente, no me interesaba demasiado hasta que mi madre me presionó. Le encanta Lololime.
—¿De verdad sigues diciéndome lo mucho que no querías salir conmigo? —le pregunto finalmente.
Cierra la boca con un chasquido. —Es de mala educación, ¿verdad? —Niega con la cabeza—. Lo siento, siempre soy demasiado sincero.
Eso es lo último que esperaba de alguien que publica un montón de fotos retocadas en Instagram.
—No es que me moleste la sinceridad —digo—. Pero los jóvenes de hoy en día no parecen entender que se puede ser sincero y también considerado. No son cosas mutuamente excluyentes.
Perry se queda como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Señor? —pregunta el aparcacoches señalando la puerta abierta del coche.
Echo un vistazo a mi bolsa de viaje Lololime. Si me hubiera dicho lo que íbamos a hacer en la cita, no habría tenido que traer tantas cosas. O si me hubiera dicho que tenía que llevar lo mínimo porque conducía un carrito de golf sin maletero, lo mismo.
—No te preocupes. —Vuelve a coger mi bolsa y la lleva hasta la parte delantera del coche.
¿Qué está haciendo?
Aprieta algo y el capó del coche se levanta. Sorprendentemente, no hay motor. Consigue meter mi bolso dentro, aunque quién sabe en qué estado quedará mi vestido, y vuelve para ayudarme a subir al coche.
Una vez en la carretera, por fin vuelve a hablar. —Honestidad, pero también consideración. Juro que nadie me había dicho eso antes.
Me bombardea con preguntas y, en cinco minutos, me siento tan profesora como nunca. Cuando llego al punto en el que ya no puedo seguir enseñándole etiqueta para las citas y cómo ser una buena persona, utilizo mi recurso habitual para cambiar de tema. Le pregunto por su trabajo.
—¿Qué hace exactamente un banquero de inversiones?
—¿Es eso un eufemismo para preguntarme si tengo un trabajo de verdad?