5 Donna
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DONNA
Para la mayoría de las mujeres, el peor día de su vida habría sido cuando arrestaron a su marido. Para mí no. Ese incidente, de hecho, está entre los diez mejores días que he tenido. Ojalá Aiden no hubiera estado allí para verlo, pero me alegré cuando sucedió.
En realidad, estaba encantada.
Durante meses, tuve pesadillas en las que él salía libre.
Al principio, me despertaba sintiéndome culpable, porque su libertad era culpa mía por no testificar en su contra.
Me consolaba pensando que estaba haciendo lo mejor para Aiden.
Estaba evitando que su padre se convirtiera en un convicto y estaba haciendo algo para nuestro futuro.
Cuando decidí testificar, empecé a dormir mucho mejor. La mayoría de las noches soñaba con años y años sin Charles en mi vida. Aiden y yo estábamos a salvo y no teníamos que lidiar con él. Sin mentiras, sin promesas incumplidas, sin manipulaciones. Ninguna de esas cosas.
Seríamos pobres, sí, pero nos sentiríamos seguros emocional y físicamente.
Ahora todo eso se ha esfumado.
Sigo viendo a Charles saludándome. «Nos vemos el domingo». Sus palabras resuenan en mis oídos una y otra vez. Cada vez, las siento como una bofetada en la cara. No solo no he conseguido nada a cambio de testificar en su contra, sino que Charles ahora está libre, sin cargos y furioso conmigo.
Sigo sin entender cómo ha podido salir libre. ¿Cómo ha podido haber tal injusticia?
Lo único que me ayuda es no pensar. Solo conduzco.
Y luego, cuando por fin llego al bar de Green River, bebo. Un trago, y luego, mientras una ola de alivio líquido me recorre el cuerpo, pido el siguiente. Cada vez que pido uno me digo que será el último. Pagaré la cuenta, me subiré al coche y me iré a casa. Pero entonces, pido uno más.
En algún momento, el mantra en mi cabeza cambia. En lugar de subirme al coche para irme a casa, llamo a un taxi. Y entonces las cosas empiezan a volverse borrosas. Es entonces cuando una parte de mí empieza a preocuparse. Beber, en general, no ha sido algo bueno en mi vida.
Bebí mucho el día de mi boda.
También bebí mucho después de sacar el dinero de mi matrícula del último año en Stanford y dárselo a Charles para que pudiera poner en marcha su negocio.
La última vez que me emborraché fue la noche en que concebimos a Aiden.
No me arrepiento de tener a Aiden, pero desde luego no tenía pensado tener un hijo, y menos con Charles.
Para entonces, ya sabía cómo era él y estaba empezando a querer salir de esa relación.
Una noche de borrachera arruinó el comienzo de esos planes.
Todo el mundo sabe que un niño necesita un padre, y su negocio iba bien, o eso creía yo.
Normalmente evito el alcohol porque odio la falta de control. Odio sentir que podría y debería hacer cualquier cosa. Odio la idea de sentirme estúpida. Odio la idea de que alguien pueda oírme decir o verme hacer algo digno de burla.
Supongo que eso evidencia mi personalidad tipo A.
Pero nada de eso importa esta noche. Por primera vez en años, no estoy a cargo de Aiden. No lo veré mañana, ni el sábado, ni siquiera la mayor parte del domingo. Claro, tendré que levantarme y cuidar de papá, pero si tengo un poco de resaca, bueno, él sobrevivirá y yo también.
Así que sigo bebiendo. En busca del olvido. De un lugar donde no piense en el hecho de que Aiden estará con él mañana. De un tiempo en el que no haya arruinado mi propia vida. De una historia en la que no esté a punto de luchar contra la peor persona del mundo por la custodia de mi propio hijo.
Al final, el camarero me deja de servir.
No me lo tomo especialmente bien. Pero no recuerdo mi dirección y él dice que ya es suficiente. Me llama un taxi. ¡Un taxi! Como si un taxi fuera a llevarme a Manila. Ni siquiera hay taxis allí. Me río.
—Señora, su Uber está aquí.
Me doy cuenta vagamente de que un taxi de Green River a Manila me va a costar casi lo mismo que mi antiguo alquiler. —No —balbuceo—. Ni hablar.
—No puede conducir —dice el hombre.
Entrecierro los ojos. ¿Quién es ese hombre?
—Tiene que subirse al coche —dice—. Es casi la hora de cerrar.
—No voy a ir a ningún sitio. —Me cruzo de brazos. Pero entonces el mundo se inclina y tropiezo con un horrible coche azul.
—Yo la llevaré —dice una voz grave detrás de mí.
—¿Quién es usted? —pregunta el hombre insistente—. Ya le he llamado un Uber y la llevará a la dirección que figura en su carné de conducir. Desde luego, no puedo dejar que se vaya a casa con usted.
—La conozco desde que teníamos cuatro años —dice la voz grave.
Intento girarme para mirarlo, pero mis pies se enredan y caigo.
Unos brazos fuertes me sostienen.
Y vomito.
Los fuertes brazos se sorprenden, creo, porque se tensan.
—Lo siento —murmuro.
El hombre se quita la sudadera cubierta de vómito y, al hacerlo, su camiseta también se levanta. Deja al descubierto su abdomen.
Un hermoso vientre plano y bronceado.
Alargo la mano hacia él.
—Eh, espera —dice el chico del bar—. ¿Lo conoces?
Levanto la vista y entrecierro los ojos. ¿Que si lo conozco? Parpadeo, pero no me sirve de mucho. Entonces él sonríe y me doy cuenta de quién es. —¡Will Earl! —exclamo, orgullosa de haber acertado.
—¿Quieres que te lleve a casa?
¿Que me lleve a casa? —Sí, por favor. —Vuelvo a tocarle el vientre, pero el camarero me aparta las manos de un manotazo.
Intento golpear al camarero, estoy harta de que me esté zarandeando. Por desgracia, sabe esquivar golpes como un boxeador. Tiene brazos fuertes… No, espera, tiene un nombre, ¡y lo sé! ¡Will Earl! Tiene que volver a atraparme.
Y entonces me arrastra hacia su coche. ¿Tiene coche? Lo miro y me doy cuenta de que no es un coche. —Es una camioneta —digo.
Él se ríe y tira algo a la caja de la camioneta.
—¿Qué era eso? —pregunto—. ¿Era basura? Porque no deberías tirarla ahí atrás. Podría volarse y te multarían por eso. Tiras basura. Qué asco.
Vuelve a reírse. —Era mi sudadera cubierta de vómito. ¿Prefieres que tu chófer huela a vómito?
¿Mi chófer… me pidió un taxi? Miro a mi alrededor. —Aquí no hay ningún taxi. —Me inclino hacia él—. Vivimos en Manila. Me costaría una fortuna coger un taxi.
Él pone los ojos en blanco. —Me refería a mí, Dee. Yo voy a llevarte a casa. Estás muy mona cuando estás borracha, pero tu vómito apesta igualmente.
¿Apesta? Me limpio la boca.
Entonces me doy cuenta del resto de lo que ha dicho. Ha dicho que soy mona. Muy mona, de hecho. No puedo evitar sonreír. Mi sonrisa idiota, enorme y desquiciada. —¿Mona?
Suspira. —No es que vayas a recordar nada de esto mañana —murmura—. Claro, Dee. Siempre he pensado que eres preciosa, pero nunca te había visto borracha. Eres muy mona.
Nadie me ha llamado mona en veinte años. Quizás más.
—¿Como un gatito?
—¿Eh? —Abre la puerta del copiloto y me hace un gesto.
Como si pudiera subirme ahí. En lugar de eso, me siento en el suelo.
—¿Soy mona, como un gatito? —pregunto—. ¿O como la vecina guapa? —Me sonrojo. No puedo creer que le esté preguntando esto.
—He oído que sigues casada —dice Will.
—Con el mayor perdedor de todo el mundo —respondo—. No es por presumir, pero de verdad que lo es. No hay tipo más fracasado que él en la faz de la Tierra.
Los músculos de la mandíbula de Will se tensan y los de su brazo se acentúan. —Ven, te llevaré en la camioneta a casa.
—No quiero irme a casa. —No sé muy bien por qué, pero sé que es cierto. Por eso estoy aquí bebiendo. Mi casa es horrible.
—Es tarde, Dee. Tienes que irte a casa.
Me gusta cuando me llama Dee. Me hace sentir bien, como si me hubieran dado otro trago. —¿Repites mi nombre una y otra vez porque crees que así te haré caso? —Pensar eso me enfada y lo miro con ira—. No soy tu sirvienta.
Él resopla. —Dudo que alguien pueda confundirte con una sirvienta.
—Si me hubieras visto durante los últimos diez años, pensarías que lo soy. —Y esta idea me deprime—. Es el mayor perdedor del mundo. ¿Ya lo mencioné?
—Sí, lo has mencionado. —La sonrisa de Will es suave—. Ven. Déjame ayudarte. —Me coge por debajo de las axilas y me levanta y siento que me elevo, como si no pesara nada, como si fuera un saco de harina.
Mis pies no paran de moverse, buscando una superficie contra la que empujar.
Finalmente encuentran un escalón: existe un escalón real entre el suelo y la cabina del camión.
¡Qué chófer más aplicado! Tal y como dijo.
Conseguí un chófer en Manila. Bueno, más bien en Green River.
Sus manos, sus enormes y cálidas manos, se desplazan y rodean mis brazos y me empujan hasta el interior.
Pero eso coloca mi cara justo al lado de la suya, y aprovecho para examinarla detenidamente.
Él podría pensar que estoy mirándolo fijamente.
Me pregunto si me pedirá que deje de hacerlo, pero no lo hace.
Solo me devuelve la mirada. Estudio sus ojos.
De un gris claro y brillante. Estudio su nariz.
Larga, lisa, pero torcida justo en el puente.
Will solía meterse en muchas peleas. Recuerdo una de ellas.
El tipo que le pegó primero era más grande, mucho más grande. Y Will lo noqueó con tres puñetazos.
Lo suspendieron casi una semana por eso.
—Eres muy guapo —le digo.
Él traga saliva y mis ojos se posan en su garganta. Sigue sin moverse. Sus brazos me mantienen en mi sitio, con los pies apoyados en el escalón que lleva a su camioneta. Es tan alto que estamos cara a cara.
—Y tienes unos músculos muy bonitos. También me gustó tu abdomen. —Me río.
—Donna —dice en un susurro entrecortado.
No pienso en ello. Pensar me da dolor de cabeza. Todo me resulta demasiado confuso como para hacerlo. Simplemente me acerco a él y presiono mis labios contra los suyos. Son tan cálidos, igual que sus manos, que me dejo caer sobre él.
Y él me devuelve el beso.
Por un breve instante, los brazos de Will pasan de sostenerme a atraerme hacia él. Me besa con intensidad, con ansia, con insistencia.
Y entonces se detiene en seco y lo interrumpe, empujándome dentro de la camioneta y cerrando la puerta de un portazo.
Definitivamente tengo que saber por qué dejó de besarme.
Definitivamente. Pero la puerta lateral de la camioneta está muy fría contra mi cara, y yo estoy demasiado acalorada, por todas partes.
Me apoyo contra la ventana por un momento, luego cierro los ojos y siento algo…
¿un clic? No, un clic no se siente. Un clic se oye.
Y todo a mi alrededor se oscurece.