El Rancho (El Rancho de Birch Creek 3) 3 Donna #2
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3 Donna #2

—¡Donna! —Julia Windsor no suena rara. Suena francamente exultante. Y la punzada en mi estómago se convierte en un nudo en toda regla.

—¿Llamas para hablar de los detalles del fin de semana? —Odio hacerlo, pero por muy mal que se porten conmigo mis futuros ex suegros, son unos abuelos bastante decentes. Hace meses les prometí que podían quedarse con Aiden este fin de semana.

—Sí y no —dice ella—. Estamos deseando ver a Aiden, pero parece que aún no te han dado la buena noticia.

—¿La buena noticia? —Si es algo bueno para ellos probablemente sea pésimo para mí. Ahora tengo el estómago revuelto. ¿Le han conmutado la pena? ¿Solo va a estar en prisión un año? Por favor, por favor, que no le cuenten el tiempo que ya ha cumplido.

—Sé que has estado muy ocupada ahí en medio de la nada, y estoy segura de que con Aiden y tu pequeño trabajo a tiempo parcial has estado distraída, pero a principios de esta semana, el abogado de Charlie hizo su trabajo, y lo hizo bien —Se ríe.

Parece como si hubiera pasado no menos de cien horas perfeccionando la risa perfecta de una debutante.

Probablemente sonaba muy bien cuando era adolescente.

Ahora me pone los pelos de punta—. Charlie ha sido declarado inocente y puesto en libertad.

Quería decirte que te llamará pronto para concretar los detalles de la recogida de su hijo esta tarde. Asegúrate de contestar enseguida.

Oh, no. No, no, no. No puede ser cierto. —Pero los registros que yo…

—Deberías llamar a ese fiscal inepto —dice ella—.

Seguro él puede darte todos los detalles de este tedioso asunto.

—Vuelve a reírse—. No sabes lo bien que nos ha salido todo.

No te debemos ni un centavo y nuestro hijo saldrá libre y sin antecedentes, incluso después de que su horrible esposa intentara enviarlo a la cárcel para poder obtener la custodia.

Estamos deseando que Aiden vuelva a estudiar en colegios decentes cerca de nosotros.

Apenas puedo respirar, y mucho menos hablar con coherencia. Esto no puede estar pasando. Debe de estar delirando. Ni le respondo. Simplemente cambio a la llamada con Andrew. —Ya estoy de vuelta. —Mi voz no tiembla. Ni siquiera se quiebra. Sueno como otra persona—. Era mi suegra.

Él suspira.

Nada más. Solo un suspiro.

—Andrew, dime algo bueno.

—Lo siento mucho —dice—. No tienes ni idea de lo enfadados que estamos.

—¿De lo enfadados que estáis vosotros? —pregunto—. ¿Me estás tomando el pelo? Mi suegra acaba de decirme que él va a venir a por mí, ¡cree que puede quitarme a mi hijo!

—Te recomiendo que contrates al mejor abogado que puedas para tu divorcio —dice Andrew—. Porque su bufete es muy, muy bueno.

Cuando cuelgo, me tiemblan las manos. Respiro profundamente para no desmayarme y luego veo, aturdida, cómo vuelve a sonar mi teléfono.

Es un número que esperaba no volver a ver nunca más.

Sus padres deben de haber estado pagando para mantener su línea. ¿Realmente esperaban que quedara en libertad? ¿Sabían que era posible desde el principio?

¿Por qué estoy pensando en tonterías como planes telefónicos o sus esperanzas y sueños?

Porque la pantalla de mi teléfono dice que el Diablo está llamando.

No contesto. No me atrevo a hacerlo. Llama tres veces más. Al cuarto intento, finalmente deslizo el dedo para contestar. —Charles.

—Donna. —Suena igual que su madre. Alegre, jubiloso.

—Debes sentirte feliz ahora mismo.

—¿Feliz? —Todo tono alegre o entusiasta desaparece de su voz.

Había olvidado cómo lo hacía. Cómo puede cambiar y atacar sin previo aviso, como una tormenta de verano o como una puerta que se cierra de golpe sobre tu mano—.

No hay forma de que esté feliz, Donna. Mi esposa testificó en mi contra.

Quería meterme en la cárcel. ¿Te imaginas lo vergonzoso que es eso? ¿Una traición como esa?

Trago saliva.

—Me alegro de que no lo consiguiera. Me alegro de haber salido por fin, de ser un hombre libre, como debería haber sido desde el principio.

Lo triste para mí es que él realmente cree eso. Siempre se ha creído sus propias mentiras. —Mereces pudrirte en la cárcel.

—El tribunal no piensa lo mismo —dice—. Pero no llamo para hablarte de mi liberación. Solo te llamo para decirte que estoy a unas dos horas de distancia. Espero que Aiden tenga las maletas hechas y esté listo para irse en cuanto yo llegue.

Me entra el pánico. —No puedes llevártelo. —Sus padres no tenían realmente derecho, pero, para mi horror, me doy cuenta de que Charles sí lo tiene. Una de las razones por las que elegí este fin de semana es porque se suponía que era el de Charles, si no estuviera en la cárcel.

Pero ya no está allí.

—Pensé que intentarías algo así. Ya he llamado a la oficina del sheriff del pueblo —dice—.

No es la primera vez que me apuñalas por la espalda.

Pero, como bien sabes, la orden temporal de nuestro divorcio pendiente es muy clara.

Tengo derecho a un fin de semana sí y otro no, y a un miércoles cada quince días si quiero, y es exactamente lo que quiero.

—Pero hoy es jueves.

—Tú ya habías acordado que mis padres lo recogieran un día antes.

Podría ser rencorosa e insistir en que espere hasta mañana. —Tiene colegio.

—Buen intento. Puede que haya estado en la cárcel, pero incluso yo sé que los viernes no hay colegio en ese pueblucho.

Maldigo entre dientes.

—Esa es otra razón por la que tiene que volver a California.

—No puedes matricularlo en el colegio allí. Ya está matriculado aquí.

Él se burla. —Por supuesto que lo sé. ¿Qué te hace pensar que siquiera consideraría violar una orden judicial?

Mi pánico disminuye un poco ante su respuesta. No es una persona tan estúpida. Tal vez si se hubiera fugado de la cárcel, habría huido hacia la frontera, pero no fue eso lo que pasó. Utilizó el sistema para liberarse y ahora va a utilizarlo para intentar robarme a nuestro hijo.

—Tu madre dijo…

—Mi madre a veces se deja llevar por sus emociones —dice—. Haremos lo correcto, pero, por supuesto, lo haremos a través de los canales adecuados.

¿Los canales adecuados?

Puede que haya sido un poco oportunista en mi vida, pero mi versión de «hacer lo correcto» sigue estando a años luz de la suya. —¿Por qué querrías la custodia? —pregunto—. Nunca has pasado tiempo con él.

—Guarda tu historia para la audiencia —dice—. La necesitarás.

—Estuvimos casados más de diez años —digo—. Creo que me debes una explicación al respecto, como mínimo. ¿Por qué quieres la custodia? ¿Por qué no dejas a Aiden conmigo? Es mejor para él y, por muy retorcido que seas, creo que lo quieres.

—¿Retorcido? —Suspira—. Justamente por eso. No puedo dejarlo con alguien que le va a alimentar con un flujo incesante de propaganda negativa.

Su respuesta no fue «porque quiero a mi hijo» o «porque estar separado de él me haría daño».

Ni siquiera «porque no quiero pagar la manutención».

No, la razón por la que Charles no quiere que me quede con Aiden es porque tiene que controlar la narrativa, siempre.

Al menos por una vez en nuestro matrimonio, no mintió.

—Puede que sea lo más sincero que me has dicho en la vida.

—Venga, Donna —dice—. Guarda eso para el juicio. Te va a servir. —Cuelga.

Después de hiperventilar durante unos momentos en una pequeña bolsa de papel de una de las recetas de papá que encuentro en el fondo de mi bolso, me recompongo y recojo a Aiden.

En realidad, él está encantado con la perspectiva de ver a su padre, lo que me entristece mucho.

Algún día se dará cuenta de lo mala persona que es su padre, y ese día me sentiré aún peor.

Cuando llegamos a casa, hacemos su maleta y esperamos.

Esperamos mucho más de dos horas. Casi cuatro horas.

Son casi las siete de la tarde cuando Charles por fin aparece en el camino de entrada.

Si mi hermano estuviese de mi lado, le habría pedido ayuda.

Intenté llamar a Abby, pero no contestó y aún no me ha devuelto la llamada.

Así que estoy sola cuando mi exmarido, la pesadilla de mi vida, entra por el camino de grava y se detiene frente a la vieja granja en la que vivimos.

Siento como si el tiempo se ralentizara cuando abre la puerta, sale del coche y observa la propiedad con una media sonrisa burlona.

Finalmente, se vuelve hacia mí y sonríe con aire de suficiencia.

Porque antes de hacer o decir cualquier otra cosa, tiene que regodearse. Así es él.

Una vez que se desahoga, por fin mira a su hijo y asiente con la cabeza. —Aiden.

—¡Papá! —Aiden deja caer su bolsa y corre con los brazos extendidos.

Charles lo levanta y lo hace girar una y otra vez. Al menos mi hijo está emocionado. Espero que tenga un fin de semana maravilloso.

Por muy poco que quiera relacionarme con Charles, me alegra que al menos en esto estemos de acuerdo.

No prolonga el sufrimiento de ninguno de los dos y se limita a abrochar el cinturón de seguridad de Aiden en el coche.

Me acerco y le entrego la mochila. Mira detrás de mí y dice: —Me siento mucho menos enfadado ahora que he visto este lugar.

Decido no responderle.

—Es obvio que no puedo dejar a Aiden pudriéndose aquí, pero esto parece casi peor que una prisión. —Resopla. —¿También estás cuidando a tu padre?

—Tráelo de vuelta el domingo por la noche, temprano. Necesita descansar bien esa noche antes de ir al colegio el lunes.

—Sí, seguro que los cursos de preescolar aquí son bastante rigurosos.

—Es primer grado —digo.

—Volveremos a las seis.

—¿Entonces a las ocho? —No puedo evitarlo.

Se le curva el labio. Puede que sea muy desagradable, pero sigue siendo bastante guapo.

Qué odioso. Estoy segura de que se escapará de nuestro matrimonio y convencerá a alguna pobre chica inocente de que le hice mucho daño.

Entonces, su vida simplemente se reiniciará.

Ojalá, una vez que nos divorciemos, el tribunal pudiera etiquetarlo.

Un sello tatuado en la frente que diga: Peligro.

O tal vez: Producto dañado. O quizás: Huye.

Tal vez con una advertencia así, las chicas se lo pensarían dos veces.

Él es el Diablo, así que cubriría ese sello con corrector o algo así.

Pero con un poco de agua en la cara, podrían descubrir la verdad.

La próxima vez que salga con alguien, si es que vuelvo a hacerlo, lo pondré a prueba antes de comprometerme de forma siquiera semipermanente.

—Nos vemos el domingo. —Charles saluda, como si fuera un teniente coronel o algo así.

Y se va tan rápido como llegó.

No esperaba el agujero negro sin fondo que se abre dentro de mí después de que veo partir a Aiden, pero solo se me ocurre una forma de lidiar con ello. Le ofrezco a la enfermera el pago de horas extras y me subo al coche.

Necesito un trago, ya. O quizá cinco.