Capítulo Dos #2
Lo observó alejarse con el corazón latiéndole con fuerza. Solo cuando desapareció a la vuelta de la esquina se dio cuenta de que se estaba tocando la mejilla, justo donde él la había besado.
Summerine regresó una hora después y dejó caer la mochila detrás del escritorio con un suspiro.
—Ese examen fue brutal. ¿Qué tal tu tarde? ¿Pasó algo interesante?
—Podría decirse que sí —admitió Atasha—. Él apareció.
Summerine abrió los ojos como platos.
—¿El chico de la cafetería? ¿Aquí?
—Sí. Y almorcé con él.
—Esto tengo que oírlo —Summerine acercó una silla—. Cuéntamelo todo.
ATASHA APENAS HABÍA ENTRADO en su edificio esa noche cuando lo vio. Rayne estaba en el vestíbulo, charlando con el guardia de seguridad como si fueran viejos amigos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, acercándose con cautela.
Él se volvió y disimuló la sorpresa con una sonrisa.
—Atasha. Le estaba preguntando a Dornan por los protocolos de seguridad del edificio.
—¿Por qué?
—Curiosidad profesional.
Asintió al guardia y se acercó a ella.
—¿Te importa si te acompaño arriba?
Ella vaciló.
—¿Cómo supiste dónde vivo?
—Me mandaste tu dirección, ¿recuerdas?
—Para mañana por la mañana.
Su sonrisa se ensanchó.
—Me gusta ir preparado.
Debería decirle que se fuera. Aquello era demasiado, demasiado rápido. Pero en lugar de eso, se oyó decir:
—Claro. Sube.
Entraron solos en el ascensor, y Atasha era intensamente consciente de él a su lado: el sutil aroma de su colonia, cómo el hombro de Rayne rozaba el suyo de vez en cuando mientras subían.
—Entonces... —dijo, desesperada por romper la tensión—. ¿Esto es lo que hacen los agentes del FBI? ¿Presentarse sin avisar en casa de las mujeres?
—Solo con las especiales.
El ascensor dio una sacudida, las luces parpadearon y Atasha tropezó contra él. Los brazos de Rayne la rodearon instintivamente para sujetarla.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja.
Ella alzó la vista, de pronto muy consciente de lo cerca que estaban, de que él aún la tenía rodeada por la cintura.
—Bien. Solo me asusté.
Ninguno de los dos se movió. El ascensor estaba inmóvil, pero el aire entre ellos parecía cargado de electricidad.
—Atasha —la manera en que pronunció su nombre le provocó un escalofrío.
—¿Sí?
—Voy a besarte —su mirada descendió hasta sus labios—. Si te parece bien.
Debería decir que no. Apenas lo conocía. Pero en lugar de eso, susurró:
—Sí.
Bajó la cabeza despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse. Cuando sus labios tocaron los de ella, el beso fue suave al principio, tentativo. Entonces ella dejó escapar un leve gemido, y algo en él pareció quebrarse.
Los brazos de él se tensaron a su alrededor, atrayéndola contra su cuerpo mientras su boca buscaba la de ella con más urgencia.
Ella se aferró a sus hombros, mareada por la sensación de aquellos labios moviéndose contra los suyos.
El beso se intensificó cuando una mano de él bajó hasta la parte baja de su espalda, apretándola más contra sí, mientras la otra se enredaba en su pelo.
A Atasha la habían besado antes, pero nunca así. Nunca con aquella intensidad abrumadora que le hacía olvidar dónde estaban, quiénes eran, todo excepto la sensación de su boca sobre la suya.
El ascensor volvió a la vida con una sacudida y se separaron, ambos sin aliento. Los ojos de él se habían oscurecido hasta un azul medianoche, y había algo en su mirada que la hizo estremecerse.
—Llevo queriendo hacer eso desde la cafetería —dijo él con voz ronca.
—Eso ha sido... inesperado —se tocó los labios, que aún le hormigueaban por el beso.
—¿Inesperado bueno?
No pudo evitar que una sonrisa le iluminara el rostro.
—Muy bueno.
Las puertas del ascensor se abrieron en su piso, y Rayne la soltó a regañadientes.
—Debería irme.
—Sí, deberías.
Salió del ascensor, intentando ordenar sus pensamientos.
—Te veo mañana. A las nueve.
—Paso a recogerte a las ocho y media.
Asintió, todavía demasiado aturdida por aquel beso como para discutir.
—Buenas noches, Atasha —sostuvo su mirada mientras las puertas se cerraban entre ellos.
—Buenas noches —susurró al pasillo vacío.
RAYNE ESPERÓ HASTA estar en su coche para mirar el móvil. Tres llamadas perdidas de Wilson. Le devolvió la llamada.
—¿Dónde demonios te habías metido? —exigió Wilson.
—Trabajando.
—¿En qué, exactamente? Porque está claro que no es en el caso Mendoza.
Rayne apretó la mandíbula.
—Lo tengo controlado.
—¿Siguiendo a la hija de Anthony Que? Sí, me enteré de vuestra comidita.
—Se llama ganarse su confianza.
—Se llama jugar con fuego. —Wilson bajó la voz—. Mira, sé lo que esto significa para ti, pero ándate con cuidado. Alguien ha estado haciendo preguntas sobre ti.
Rayne se tensó.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Del tipo peligroso. Y trabajan para Anthony Que.
El móvil le vibró con un mensaje. Número desconocido, pero supo quién era incluso antes de leerlo.
Ten cuidado. A. Que haciendo averiguaciones sobre ti. Expediente del caso de tu padre solicitado. -R
Ryu Harcourt, el marido de Summerine y una de las pocas personas que conocían la verdad sobre Lars Scott.
Rayne apretó los dedos en el volante. Así que Anthony Que ya le seguía la pista. El juego había comenzado antes de lo que esperaba.
Pensó en Atasha, en cómo se había derretido contra él en el ascensor, en la suavidad de sus labios bajo los suyos. Había sido tan receptiva, tan auténtica. Nada que ver con el hombre calculador y sediento de poder que la había criado.
Peligroso. Tenía que mantenerse centrado. Esto iba de justicia, no de atracción. De hacer que Anthony Que pagara por lo que le había hecho a Lars Scott.
Aunque eso significara usar a su inocente hija.