Capítulo 61
Con las analíticas, las pruebas serológicas y la ecocardiografía hechas, el corazón de Toni latía con fuerza mecánica, mantenido por fármacos y máquinas.
La función ventricular era buena; el grupo sanguíneo, AB +, era receptor universal; y sus setenta y cinco kilos y una larga lista de métricas convertían ese corazón en compatible.
Lo que Jesús intuía pasaba a ser oficial.
Carla sería la cirujana encargada de hacer la intervención.
Que precisamente ese día estuviera de guardia no era cosa de la divina providencia, por supuesto.
De cara a la galería, conocía perfectamente el caso y era el mejor bisturí del Sant Jordi.
Así que dos y dos serían cuatro y tendría en sus manos la posibilidad de salvar a Jesús de una muerte segura.
Carla entró en la habitación de la UCI acompañada de la coordinadora de trasplantes. Jesús se incorporó al verlas entrar. Las noticias con las que llegaran serían decisivas para que ese jarrón de porcelana fina que era el plan no se rompiera en mil pedazos.
—Jesús, traemos buenas noticias. Tenemos a un posible donante.
—Posible —repitió él.
—Posible, sí. Ya sabes cómo van estas cosas. Aún no es seguro.
—Lo sé, Núria. ¿Han salido bien las analíticas y la radiografía?
—Ninguna enfermedad y ninguna infección activa. La analítica es aceptable. Ya sabes que con una infección, un cáncer, una drogadicción o cualquier cosa similar todo se habría ido al garete, pero has tenido suerte.
Carla pensó que la suerte se busca, pero verbalizarlo seguramente habría estado fuera de lugar.
—¿Qué dice el anestesiólogo?
—Que adelante.
—Entonces ¿vamos a quirófano?
—Sí, vamos a quirófano.
Carla y él se miraron y, esta vez sí, se permitieron esbozar una sonrisa. A Jesús no era necesario que le contaran los riesgos que comportaba una operación como esa. Tampoco es que tuviera otra elección. Ese era su último tren para agarrarse a la vida.
La doctora Sánchez Coll le tendió todos los documentos, que firmó sin pensárselo.
—Carla, avisa a Nelson.
—Ahora mismo lo aviso, no te preocupes.
Como si Nelson no supiera nada… Pero delante de la doctora Sánchez Coll tenían que representar su papel hasta el final.
8.10 h. Cuatro horas después del ingreso de Toni
La camilla que trasladaba a Jesús avanzaba por el pasillo.
En plano nadir, desde abajo hacia arriba, veía el desfile de fluorescentes empotrados en el techo, que pasaban uno tras otro ante sus ojos.
Había vivido esa situación muchísimas veces, pero intercambiar los papeles ofrecía una visión radicalmente distinta.
Miedo, esperanza, incertidumbre y vulnerabilidad campaban en su interior sin ningún control.
Justo antes de entrar se encontró con Nelson, al que habían dejado pasar. En las últimas cuatro horas había limpiado la furgoneta hasta el último rincón, le había puesto de nuevo las matrículas con las que la había alquilado, la había devuelto y allí estaba, quizá para decirle adiós para siempre.
—Todo irá bien, ya lo verás. —Jesús le cogió la mano y le dio un beso.
—Soy yo el que debería animarte. El que entra en el quirófano eres tú.
—Siempre has hecho más de lo que yo habría podido pedirte. Te quiero mucho, Nelson.
La barbilla de Nelson empezó a temblar y a continuación una lágrima tras otra. Llevaba toda la vida sabiendo que en momentos así se derrumbaba, y Jesús llevaba los mejores años de su vida sabiendo que en momentos así a Nelson había que echarle una mano.
Cuando por fin se separaron, los dos sintieron un gran vacío interior, como si les hubieran arrancado algo a cada uno de ellos.
9.10 h. Cinco horas después del ingreso de Toni
El equipo del Hospital Sant Jordi preparó dos quirófanos a la vez: uno para Jesús y otro para Toni. En estas situaciones no se extrae el corazón del donante hasta que el receptor está preparado.
Una vez anestesiado Jesús, le practicaron una esternotomía: una incisión quirúrgica vertical para dividir el esternón por la mitad, abrirlo y dejar al descubierto el corazón del paciente.
Después lo conectaron a la máquina de circulación extracorpórea, que asumiría temporalmente las funciones de oxigenación y bombeo sanguíneo.
Con Jesús abierto, conectado a la máquina y listo para la recepción, era el momento de extraer el corazón de Toni. Su cuerpo estaba caliente. El corazón latía, pero ya no le pertenecía.
—Empezamos —anunció Carla.
Alea jacta est . El futuro ya estaba en marcha. Cada uno se lo forja, ¿verdad?