El quinto corazón Capítulo 60
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Capítulo 60

—¿Qué dice el TAC craneal?

La radióloga dejó que el lenguaje corporal hablara por ella y negó con la cabeza.

—¿Por?

—Es una hemorragia del tronco del encéfalo.

Inmóvil, mudo, con la sonrisa borrada y las horas contadas. Una sinfonía para los sentidos de Carla. Definitivamente, el fin justificaba los medios. Pero en determinadas situaciones las apariencias lo son todo, así que debía seguir el protocolo de forma estricta.

—¿Estamos a tiempo de tratar la hipertensión intracraneal?

—No, Carla. —La radióloga volvió a negar con la cabeza—. Está clínicamente muerto. No hay nada que hacer, créeme. Deberíamos avisar a la coordinadora de trasplantes para que lo valore.

—¿Qué ha dicho el neurólogo?

—Lo mismo que yo: que es irreversible.

I-rre-ver-si-ble. Sonaba de maravilla. Carla saboreó cada sílaba con una lentitud casi reverencial.

Si te pegan un garrotazo como el que había recibido Toni, la presión en el cerebro empieza a aumentar.

Si aumenta demasiado, el cerebro no tiene espacio para aumentar de volumen, porque el cráneo no se expande, lo que provoca un fenómeno llamado «enclavamiento».

El cerebro se hernia por el agujero occipital.

Si no se trata de forma muy activa a tiempo, la hipertensión intracraneal que provoca el enclavamiento cerebral acelera todo el proceso.

La demora de la llamada de Nelson a urgencias estaba perfectamente calculada.

Clínicamente muerto. Hasta nunca, Toni. Que te zurzan.

Carla observó la pantalla y después el reloj. Sabía lo que sucedería a continuación. El proceso se había puesto en marcha y sería un recorrido lleno de escollos que deberían ir esquivando.

—Activad la coordinación de trasplantes.

Carla verbalizó la orden con el regusto de quien anuncia la capitulación del enemigo, aunque nadie se dio cuenta.

Disimulaba de fábula. Su mente proyectó a Nelson entrando en el móvil de David Blanc para convertirlo en donante de órganos.

Un tanto por ciento elevadísimo de médicos lo son.

Toni siempre lo había sido, era de los convencidos, pero había que asegurarse de que su alter ego también.

A partir de ahí, las horas se convertirían en un sprint que ya había empezado.

4.40 h. Treinta minutos después del ingreso de Toni

Las apariencias, decíamos. Son importantísimas.

Vitales. Había que cumplir estrictamente con la normativa, ser más papista que el papa.

Todo lo que sucediera esa noche debía poder justificarse ante un juez si alguna vez, por lo que fuera, vinieran mal dadas.

No se podía dejar el menor resquicio de duda.

La carrera de obstáculos seguía adelante. Siguiente paso: a David Blanc lo examinaron dos médicos independientes. Este adjetivo era clave. Las apariencias.

Luz en los ojos sin respuesta y después revisión de las pruebas en silencio.

Carla los miraba expectante desde una distancia prudencial.

Este paso era imprescindible para seguir con el plan.

Si no, tararí que te vi, y Jesús perdería su oportunidad, seguramente la última, de burlar la condena a muerte que pesaba sobre él.

Los dos médicos susurraron, gesticularon, señalaron la pantalla, negaron con la cabeza, hicieron muecas y resoplaron. Vaya, lo que se hace cuando ves que la vida de una persona se desvanece y no puedes hacer nada. Al final, uno de ellos anunció el veredicto.

—Muerte encefálica confirmada. —El tono fue casi solemne.

Pulgar abajo. Muerte. Aunque por dentro bailara una conga, Carla asintió con cara de mármol.

Ahora sí era oficial. Se acababa de dar el pistoletazo de salida a una carrera contrarreloj.

5.10 h. Una hora después del ingreso de Toni

La coordinadora de trasplantes, Núria Sánchez Coll, tenía fama de antipática. Su humor negro era conocido en todo el hospital y demostraba que veía los cuerpos como su herramienta de trabajo. Con la espalda recta como una tabla de planchar y una carpeta bajo el brazo, entró y habló con voz firme.

—¿Edad?

—Cincuenta y siete.

—¿Cincuenta y siete, este tío? Joder, qué mal llevados. Además, tiene la cara hecha un mapa.

Pues claro que la tenía. Era una verdad como un templo; y que la gente se olvida rápidamente de las muertes que no le son cercanas también lo era.

Si a eso se le sumaba la barba, el pelo largo, los moratones, la hinchazón, la nariz destrozada, los ojos morados y el lunar rojo borrado con papel de lija, era imposible pensar que tenían ante sí a un ilustre doctor muerto hacía seis años.

—Parece que lo han atracado. Debe de haberse resistido, vete a saber —dijo Carla.

—He visto que es donante de órganos.

—Magnífica noticia, Núria.

—Llamaremos a la familia.

—No han encontrado ningún contacto en su teléfono.

La doctora Sánchez Coll miró el cuerpo con la indiferencia que te dan los años. Para ella, que no podía ser más fría, ese era un día más en el trabajo.

—El problema es que no tenemos documento de voluntades anticipadas en el que este tío manifieste que es donante.

Carla decidió colocar sus galones en el centro del escenario.

—Si me lo permites, Núria, el estado de este hombre es irreversible, al parecer no tiene familiares, es donante, según dice su perfil del portal digital del sistema sanitario público, y en la UCI tenemos a Jesús esperando un corazón. Podría ser compatible. Deben de ser de la misma edad.

—Los órganos no están asignados, Carla.

—Lo sé, coño. Pero si tenemos aquí, a diez metros, a una persona en código 1 con un pie en el otro barrio esperando un corazón…

Blanco y en botella. La doctora Sánchez Coll miró largamente el cuerpo de ese infeliz; aguantaría vivo lo que ellos decidieran. Ni más ni menos. Cuando lo desconectaran, adiós órganos, y de rebote adiós Jesús.

—Sin el documento de voluntades anticipadas y si solo lo tiene marcado en el portal digital, el caso no está claro jurídicamente.

—Puede ser, pero debemos respetar la voluntad de esta persona. Y el tiempo corre muy deprisa para Jesús. A este hombre el tiempo ya se le ha terminado.

Era una decisión jodida de narices. La doctora Sánchez Coll sopesaba mentalmente los pros y los contras imaginando consecuencias y escenarios.

Cada opción parecía tener algo que chirriaba.

Una opción, eso sí, pesaba más que la otra: la que salvaba a un compañero y cumplía la voluntad de ese hombre desahuciado.

—Está bien. Adelante.