Capítulo 59
La tensión silenciosa que se respiraba en la UCI tenía los minutos contados.
No todos los días se reencuentra a un antiguo enemigo que ha vuelto a la vida.
Jesús estaba nervioso a más no poder, no sin razón.
Era muy consciente de lo que lo esperaba.
Durante la conversación saldrían cosas feas, cosas que exigirían una explicación detallada si Carla se enteraba de ellas.
Pero en ese punto de su vida, con los instrumentos bien afinados para tocar su réquiem, no quería sacar la mierda a pasear por tener que dar un montón de explicaciones.
Y qué caray, no se arrepentía de nada, que cada uno se forja su futuro.
Aun así, quería tener esa conversación. Se lo debía. Al Jesús actual y al Jesús de hacía diez, veinte, treinta años. A aquel Jesús que tanto había sufrido. Si todo iba mal, se marcharía de la vida habiéndose quitado ese peso de encima.
La videollamada de Nelson iluminó por fin su pantalla. Había llegado el momento. Tras dos tonos, Jesús descolgó y vio en el centro a la persona con la que había compartido toda una vida.
—Hola, Toni.
En la pantalla, un Jesús muy deteriorado, rodeado de cables y monitores, centró toda su atención en la parte trasera de la furgoneta aparcada en el parque de la estación del Nord.
—Joder, Jesús. Estás hecho un cromo. No puedo decir que lo sienta, la verdad.
—Tú tampoco estás para tirar cohetes.
—Dime, ¿qué quieres?
—Decirte todo lo que no pude en su momento.
Carla, silenciosa, entró en ese momento en la habitación. Desde el pequeño recibidor que hacía de antesala oyó la voz débil de Jesús y la de Toni al teléfono.
—Si quieres empiezo yo: eres un puto ladrón, Jesús. Eres un ladrón y lo sabes.
Carla sintió como si le tiraran un cubo de agua helada por la espalda. Ladrón. La palabra, por mucho que la hubiera dicho Toni, la puso en alerta. De manera instintiva, se quedó plantada en la antesala de la habitación, fuera del ángulo visual de Jesús, que creía que estaba solo.
—No sé de qué me hablas, Toni.
—Para empezar, del medio kilo que te has metido en el bolsillo con la mujer de Baltasar Padilla.
Una descarga castigó la espina dorsal de Carla. Que Toni era un narcisista y un manipulador estaba más claro que el agua. Que en cuestiones de dinero sabía de lo que hablaba, también. Esas acusaciones merecían al menos ser escuchadas. Y Carla, en la clandestinidad, lo haría.
—Lo dice el que se embolsó un millón de euros con CardioAdvance…
A Teresa Alsina le hemos detectado una histiocitosis cardiaca.
Le hemos salvado la vida. Sabes perfectamente que es una enfermedad muy rara y muy difícil de diagnosticar.
En cambio, tú falsificabas informes clínicos para justificar operaciones inútiles: pagos a través de una consultoría fantasma, viajes, honorarios por ponencias inexistentes…
y transferencias a una sociedad instrumental en el extranjero.
Me lo sé de memoria. Según Hacienda, un milloncito. En las Islas Caimán, ¿verdad?
—Y tú en Dubái. No me vengas de íntegro ahora. Supongo que querías dejar a tu maridito apañado antes de palmarla.
—Yo no lo he hecho por avaricia.
—¿Y Carla lo sabe?
—A ella no la metas en esto.
—Tendría que haber empezado por vosotros dos, no por esas tres desgraciadas y el títere de Santi Nadal. Pero imaginar cómo te cagarías en los calzoncillos era demasiado divertido. —Toni sonrió. Esa sonrisa afilada y cínica a partes iguales, siempre un escalón por encima del resto del mundo.
En la antesala, Carla puso los ojos en blanco; el infierno tendría que guardarle un lugar de honor a Toni. Estaba como un cencerro.
—Me humillaste. Me humillasteis, Jesús. ¡Los dos! ¡Tanto tú como Carla! Y yo no tenía más cojones que callarme y aguantar en la clandestinidad mientras tú te llevabas el reconocimiento de toda la comunidad científica por mi trabajo. No tienes ni puta idea del rencor que llevo dentro.
—Para arrancar el corazón a cuatro personas y enviarlos en cajas de regalo hay que estar muy zumbado.
—Quince años, Jesús. Quince años acumulando datos, pacientes, secuencias genéticas… hasta encontrar el algoritmo. Quince años. Y tú creías que no lo conseguiría. Te parecía una obsesión mía. —Toni escupía las palabras a la pantalla del móvil con odio en los ojos.
—Pero cuando hubo que presentarlo… Ups, te moriste. Puto covid… —Chasqueó la lengua con ironía por debajo de la mascarilla de oxígeno.
—Y te atribuiste el descubrimiento, puto farsante.
Una sarta de imágenes de Jesús como doctor honoris causa por Stanford, recibiendo el Premio Lasker y concediendo entrevistas como candidato al Nobel de Medicina desfiló por la mente de Carla. La vida siempre acaba mostrándote cosas que preferirías no saber.
—Como tú te habías atribuido el ICIB , Toni. En aquellos tiempos lo presentabas como «mi proyecto» y alguna vez me habías presentado como «tu ayudante». ¡Ayudante! Manda huevos… Dime, ¿quién es el ideólogo médico del ICIB ?
—¿Y quién consiguió el dinero para financiarlo? ¿Y quién convenció a las administraciones? ¿Y quién tenía pillada a Sara Mauri para que no cerraran el grifo de las subvenciones?
—Lo que tú quieras, pero la historia recordará que yo descubrí el algoritmo para prevenir la muerte por infarto. —La sonrisa que esbozó Jesús destilaba toneladas de desprecio—. Resulta que, al final, en esta guerra no declarada que siempre hemos tenido he ganado yo, Toni. Entiendo que te dé rabia.
—Eres un hijo de puta.
—Un hijo de puta igualito a ti, cariño. Nacidos el mismo día, con el mismo grupo sanguíneo, la misma estatura, la misma escuela, la misma pasión por la cardiología, familias amigas de toda la vida…
Vendimos muy bien lo de los dos genios «gemelos».
¿Lo recuerdas, Toni? Como hermanos, decíamos.
¿Y hay algo más bonito que ver cómo tu hermano pasa a la historia?
—No entiendo cómo has podido caer tan bajo, Jesús.
—No lo entiendo, dice… Es increíble. ¿Tan poca memoria tienes?
Si quieres te lo explico. De hecho, es el objetivo de esta llamada.
Hablar del pasado y de cómo hemos llegado hasta aquí.
Te propongo que retrocedamos unos años. Nada menos que treinta y tres, cuando teníamos diecisiete.
¿Quién le dijo a mi madre que yo era gay?
—Quieres decir marica.
Carla se tapó la cara con la mano mientras negaba con la cabeza. ¿Como había podido enamorarse de ese primate?
—No puedes evitarlo, la homofobia y tú siempre vais de la mano.
¿Recuerdas quién se lo dijo a mi madre? Pues sí, fuiste tú.
Por joder, claro. «¿Sabes que a Jesús le gustan los chicos?
Que tenga cuidado con el sida». Tomando café el día de Navidad.
Aún tengo aquí clavada la cara de mi madre y tu sonrisa cínica.
—Se señaló la sien con el dedo entre cables colgando.
—Eres la segunda persona de la noche que me habla de mi sonrisa.
—Es de las que no se olvidan, rey. Evidentemente, no tienes ni puta idea de lo que significa salir del armario ni de lo jodido que era hacerlo hace treinta y tres años. Menos mal que mi madre era una santa.
—Treinta y tres años, chaval. Hace ya treinta y tres años. Sí que tenemos la piel fina…
—No he hecho más que empezar. Volvamos atrás, Toni.
Ahora treinta años, cuando teníamos veinte.
Ya habíamos dejado el Liceo Francés y estábamos estudiando medicina en la facultad.
Nuestro sueño desde pequeños, ¿eh? ¿Recuerdas por qué empecé a estudiar medicina?
Para ser cardiólogo. ¿Y por qué quería ser cardiólogo?
Porque mi padre había muerto de un ataque al corazón cuando yo tenía meses y aquello había marcado toda mi infancia.
—Te repites más que el ajo, Jesús. Siempre cuentas lo mismo.
—Una mentira piadosa. Incluso bonita. Pero tú sabes la verdad.
Una verdad que te encargaste de contar delante de nuestros compañeros de facultad.
Una verdad que yo no sabía y de la que me enteré allí mismo por tu boca: que mi padre era un alcohólico y un drogadicto que abandonó a mi madre cuando estaba preñada.
Toda una vida ocultándomelo para que yo fuera más feliz, para que no tuviera que cargar con esa mierda.
Pero tú lo sabías y lo soltaste delante de todos.
—Ya eras mayorcito para saber la verdad. Que la vida no es de color de rosa.
—¿Desde cuándo te importa la verdad? Lo que querías era tenerme por debajo de ti a cualquier precio. Joderme. Siempre me has querido sumiso como un corderito. Mi madre nunca se recuperó, le daba vergüenza mirarme a la cara. Nunca te lo perdonaré, Toni. Jamás.
—…
El silencio de Toni confirmó la suposición.
—Ahora retrocedamos solo diez años. Congreso mundial de medicina en Buenos Aires, en la cena con el equipo de cardiólogos del Mount Sinai de Nueva York. ¿Lo recuerdas?
—Lo siento, Jesús, pero no ocupas un lugar preferente en mis recuerdos.
—Te refrescaré la memoria, no te preocupes. «Jesús se ha ligado a un negro que es un armario, una bestia, alto como un pino. No quiero ni imaginar cómo le deja el culo». —Nelson, en la furgoneta, tensó la mandíbula—. ¿Lo recuerdas ahora? Valentí Fuster no sabía dónde meterse.
—Ya sabes cómo son mis bromas.
En la clandestinidad de la antesala, Carla miró el reloj nerviosa. Se les acababa el tiempo.
—Una psicóloga me explicó que humillar a alguien en público es una manera de debilitarlo. De asegurarte de que siempre se sienta por debajo de ti.
—Lo que diga cualquier loquero de pacotilla me la trae floja, pero, vaya, que el resumen es mucho más sencillo. Soy así. Si tanto daño te he hecho, ¿por qué estuviste siempre a mi lado?
—¿Y tú por qué estabas al mío, si tanto asco te daba?
—Un matrimonio de conveniencia, supongo.
—Y yo supongo que, si convives con un tirano, lo mínimo que puedes esperar es una dictadura, que es lo que viví a tu lado.
Al principio lo aguantaba por nuestras familias.
Por la infancia. Pero tus padres y mi madre murieron.
Y nuestra relación era tóxica. —A Jesús, agotado, empezaba a costarle Dios y ayuda seguir hablando.
Carla miraba constantemente los marcadores de los monitores, que subían peligrosamente—.
Cuando me enteré de que estabas vivo, la pesadilla que creía enterrada volvió.
Pero esta vez se acabó. Por aquí no paso.
Ya he tenido bastante con toda una vida. Adiós, Toni. ¡Ah! Y muchas gracias.
—¿Muchas gracias? ¿Muchas gracias por qué?
Jesús desapareció de la pantalla. En la penumbra de la furgoneta, Nelson, bate de béisbol en mano, le asestó a Toni un golpe fortísimo en la parte posterior del cráneo.
Fue preciso: entre el parietal y el occipital, exactamente donde le habían dicho Jesús y Carla.
El sonido fue seco, y el crujido, intenso.
El cuerpo de Toni se desplomó en el suelo de la furgoneta.
Hasta el último momento, su rostro conservó esa expresión de superioridad.
Como si aún estuviera convencido de que tenía el control, pero ya no era así. Por fin se haría justicia.