Capítulo 58
No recordaba el asco que le daba verlo. Su imagen, aunque fuera pequeña en la pantalla del móvil, despertó la repulsión que hibernaba en el rincón de la memoria reservado a las pesadillas.
La barba, las greñas y las gafas le daban un aspecto diferente, sí, pero la mirada de serpiente era exactamente la misma.
No sintió la más mínima compasión al verlo ensangrentado y con la cara hecha un mapa. Ni siquiera una pizca. Nada.
Sola, sentada en su despacho del ICIB en plena madrugada, la frialdad era absoluta. Le había pedido a Nelson y a Jesús esa videollamada para ajustar las cuentas de un pasado lleno de agravios. La lista era larga.
—Debería haber supuesto que estabas detrás de todo esto.
—Después de toda una vida maltratándome, podrías habértelo imaginado, sí.
—Toda una vida, dice… Mira que eres dramática.
—¿Dramática? Sí, cariño, sí. Un maltratador, eso es lo que eres. ¿Sabes?, al malestar que me generaste, a la angustia…, durante años no supe ponerle nombre. Creía que era cosa mía. Que exageraba. Que era demasiado sensible.
—Veo que las cosas no han cambiado. Sigues igual de…
—¡Cállate! —lo cortó Carla—. Hoy no vas a interrumpirme. Hoy vas a escucharme. Sabes perfectamente lo que me hiciste durante todos esos años.
—Venga, no te hagas la víctima ahora. Discutíamos, como cualquier pareja.
—¡Y una mierda, Toni! ¡Y una mierda! No eran discusiones, eran humillaciones constantes.
—Ya estás exagerando, como siempre.
—Veo que estos años en la clandestinidad no te han cambiado, que no han servido de nada.
¿Quieres que te recuerde algunas cosas? El congreso de Lisboa, por ejemplo.
Cuando presenté la reconstrucción microvascular del miocardio después de isquemia prolongada y delante de todo el mundo dijiste que era una interpretación interesante, pero que le faltaba perspectiva clínica.
Lo dijiste con esa sonrisa condescendiente… ¡Ah, qué asco!
—Es que le faltaba perspectiva clínica.
—Lo dijiste como si fuera una corrección amable. Toda la sala se rio. Y después, en la cena, evidentemente, me dijiste aquello de «no te lo tomes así, forma parte del aprendizaje». —El tono burlón le salió de las entrañas.
—Era una discusión científica.
—Era ponerme por debajo de ti. Que es donde siempre has querido tenerme. Sometida, venerándote.
—Estás reinterpretando cosas de hace años.
—No, Toni. Simplemente las estoy recordando. Recuerdo cuando en casa intentaba hablarte de un paciente que me preocupaba y tú me decías que pensaba como una residente. Como una residente —repitió indignada—. Después de diez años de ejercicio.
—Era una forma de decir que estabas complicándote la vida.
—Era una forma de decir que yo no estaba a tu nivel.
Al nivel del gran doctor Toni García. El eminente cardiólogo.
—Unos segundos de silencio hicieron que sonara como un escupitajo—.
¿Recuerdas cuántas veces dijiste delante de otros médicos lo de «todavía está desarrollando su criterio»?
Lo decías con esa voz tranquila, pedagógica.
Como si fueras mi mentor. No mi pareja. Mi mentor.
—No veo el problema de ser exigente.
—¿Exigente? Tú no eres exigente, eres condescendiente.
Cuando yo discrepaba, decías que no había entendido el caso.
Cuando me emocionaba, decías que estaba reaccionando emocionalmente.
Cuando insistía, decías que estaba complicando algo sencillo.
Cuando me callaba, decías que me faltaba criterio.
Dime una sola vez en la que mi criterio fuera simplemente… válido. ¡ UNA ! ¡ SOLO UNA !
—Veo que estos años tampoco te han cambiado a ti… Siempre te lo llevas todo al terreno personal.
—¡Porque lo es, hostia! Porque tú convertiste la cardiología en un arma. Cuando discutíamos en casa, siempre acababa igual. Yo decía: «Esto me duele». Y tú decías que reaccionaba de forma visceral. No me escuchabas. En tu vida me escuchaste.
—Te faltaba distancia. Te lo digo yo, que sé un poquito más que tú de todo esto.
—¿Lo ves? Lo has vuelto a hacer. Siempre igual. Como si yo fuera un caso clínico defectuoso.
—Es muy cansado discutir contigo. En serio. No creo que esto sea justo.
—Lo que no era justo era vivir con una persona que cada día me hacía sentir más pequeña.
Cada corrección tuya, cada «no exactamente», cada «no es tan complejo», cada vez que delante de los demás decías: «Ella lo ve desde un punto de vista más académico»…
¿Sabes lo que sentía yo cuando decías estas cosas? Que me estabas borrando.
—¿De verdad no te das cuenta de que estás exagerando muchísimo?
—El problema es que tú no te das cuenta de nada.
Para ti era normal. Tú siempre eras el referente, el que lo sabía todo, el que corregía, el que ponía orden, y yo…
, yo siempre era la que aún tenía que aprender.
Cuando por fin me alejé de ti, llegué a ser lo que soy ahora: una gran cirujana, mal que te pese.
De las mejores del mundo. Sin ti he publicado estudios en el European Heart Journal y en la Nature Reviews Cardiology , soy miembro de la European Society of Cardiology, he participado en ensayos clínicos pioneros…
—De nada, Carla. De nada. Te aplaudiría, pero estoy atado. ¿De verdad crees que sin los años a mi lado habrías llegado tan alto? Ya te lo digo yo: no. ¿Crees que yo tenía el más mínimo interés en que te sintieras así? Nunca lo quise. No te des tanta importancia, chata.
—Creo que en el fondo sí lo querías. Lo hiciste durante años.
Y lo más triste es que acabé creyéndote.
Dudé de todo. De mi criterio. De mis decisiones.
Incluso de lo que sentía con un bisturí en la mano ante un paciente abierto en canal en la mesa de operaciones.
En mi cabeza sonaba tu voz diciendo: «No es tan difícil».
¿Sabes cuándo empecé a darme cuenta de todo?
El día que un residente me contó un caso y yo lo escuché.
Sin corregirlo. Sin ponerme por encima. Solo escuchando.
En la furgoneta solo entraba un pequeño haz de luz procedente de una farola del parque de la estación del Nord. En la penumbra, Nelson observaba la conversación con ademán hierático.
—Todo esto que estás vomitando es muy injusto.
—Lo que es injusto es que durante años yo compartí mi vida con una persona que nunca me miró como a un igual. Ni en casa ni en el trabajo. El problema nunca ha sido la cardiología. El problema ha sido vivir a tu sombra. Me anulaste.
—Ni Jesús ni tú soportasteis nunca que yo fuera mejor que vosotros en todo y por eso me pusisteis aquella trampa.
—En el tema de CardioAdvance te metiste tú solito, rey. A mí no me digas nada. Menos mal que te «moriste», porque la inspección fiscal habría acabado con el ICIB .
—Y ahora me habéis secuestrado porque queréis el dinero.
—Esto no va de dinero, Toni; va de justicia —replicó Carla—. Esta vez no vas a escaparte. Cuando Rosa Vila y Montserrat Casanovas nos lo contaron, tuve clarísimo que había llegado el momento de ir a por ti.
—Queríais deshaceros de mí. Las engatusasteis.
—Las apoyamos, Toni. Es muy diferente. Y sí, yo fui muy clara con Jesús. Teníamos que apoyar a esas mujeres.
—Para joderme.
—Para ayudarlas… y para perderte de vista. Las acusaciones eran ciertas, y lo sabes.
—Venga, hombre. Dos muertas de hambre, eso es lo que eran. Y encima se quejan si les tocas una teta o quieres echar un polvo. Putas estrechas.
—¿Y por eso les arrancaste el corazón?
—Si creían que podían acusarme y salirse de rositas, lo llevaban claro. Si hubiera sabido lo que acabas de decirme, la que se habría quedado sin corazón habrías sido tú.
—Ya me lo arrancaste hace unos años. ¿O es que no lo recuerdas?
—Ya estamos otra vez…
—No quería que esas mujeres hicieran como yo.
—Estás como una cabra.
—No soy yo la que va por el mundo arrancando corazones a la gente. Y sí, Toni. Quería que pagaras por haberme violado. Violado. Eso es lo que me hiciste. ¿Por qué crees que las creí desde el principio? ¿Por qué crees que decidí ayudarlas? Porque me violaste.
—Éramos pareja, ¿no? Íbamos a casarnos, vivíamos juntos.
—Ser pareja no te daba ningún derecho sobre mí. Ninguno. Ni antes, ni esa noche, ni nunca.
—No lo veo así… Yo creía que… Bueno, en todo caso, no pretendía hacerte daño.
—Pero me lo hiciste y lo arrastro cada día desde entonces… Eres un hijo de puta, Toni. Lo peor que me ha pasado nunca.
Carla colgó. Por primera vez en su vida lo dejó con la palabra en la boca y sin derecho a réplica. Llevaba años esperando ese momento.
La conversación le sirvió para darse cuenta de que odiaba a Toni con todas sus fuerzas.
Era una palabra muy dura, pero «odio» describía a la perfección el sentimiento que le corría por dentro.
Y no, no quería dejar de sentirlo. Al menos no del todo.
Le recordaba lo frágil que era su dignidad y mantenía a raya la tentación de volver a perderla.
Se juró que no volvería a suceder. Con nadie, en ninguna circunstancia. Nunca.
Listo. Se había desahogado. Había dicho todo lo que en otra vida no había podido expresar, pero tenía trabajo por delante.
Salió de su despacho del ICIB a toda prisa y se dirigió a la UCI del Sant Jordi.
Cinco minutos mal contados. Si el corazón de Jesús se aceleraba, lo primero que se alteraría sería la señal acústica del monitor que controlaba las constantes; sería más rápido e irregular.
La línea del electrocardiograma se pondría nerviosa, dejaría de ser uniforme y los picos se irían acumulando.
Si todo esto sucedía, una enfermera iría disparada a la habitación, pero Carla echaría mano de sus galones para decirle que ella controlaba la situación y ninguna enfermera sería testigo de la resurrección del doctor García.
Atravesó los pasillos del hospital con una expresión que reflejaba satisfacción y empoderamiento a partes iguales.
Para ella, la sensación era difícil de describir e imposible de olvidar.
Después de tantos años tragando bilis, le apetecía saborear el momento y recrearse un buen rato en él, pero ya habría tiempo para eso; la noche debía continuar.