El quinto corazón Capítulo 57
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Capítulo 57

La furgoneta avanzaba con un zumbido constante.

Dentro, en el suelo metálico de la parte de atrás, estaba Toni, amordazado y atado de pies y manos.

Le habían pegado tal paliza que cada traqueteo le provocaba un nuevo pinchazo en todo el cuerpo: las costillas, la espalda y la mandíbula.

Habría jurado que incluso en las pestañas.

Sentía el goteo caliente de la sangre bajándole por la nariz hasta los labios y el sabor metálico le llenaba la boca.

Intentó moverse, pero las bridas le cortaban la piel de las muñecas.

Llevaban mucho rato en la carretera; no sabría decir cuánto exactamente, pero habría apostado que como mínimo un par horas.

Aunque, con la somanta de palos que llevaba encima, era fácil que el tiempo dejara de percibirse con claridad y se volviera confuso.

Gritó con todas sus fuerzas, pero la mordaza solo dejó escapar un bramido sordo como testigo de su desesperación.

—No te molestes en gritar, Toni. Nadie va a oírte.

Desde el volante, la voz de Nelson le llegaba clara y fría. Cambió de marcha y el motor rugió.

—Paciencia, todavía tenemos para un rato. Cuando lleguemos, la justicia te espera con los brazos abiertos.

Toni cerró los ojos con fuerza. Justicia. La palabra retumbó en su interior como una burla.

Un silencio que se prolongó otras dos horas acompañó a Nelson y a Toni hasta que las luces de la ciudad empezaron a desfilar ante ellos.

Toni estaba apoyado contra la pared lateral, medio incorporado.

Aunque el cuerpo se le caía hacia un lado en cada curva, se obligó a mirar, aprovechando que se le había desplazado la cinta de los ojos, por la pequeña ventana trasera y reconoció perfectamente lo que vio: el castillo de Torre Baró.

Estaban entrando en Barcelona por la C -58.

El corazón empezó a galoparle con martillazos que resonaban en cada rincón de su cuerpo.

Desde su huida como David Blanc a un exilio forzado por las circunstancias, acorralado por Jesús, Carla y CardioAdvance, había regresado a Barcelona varias veces a escondidas para ajusticiar a las tres arpías que lo habían señalado y a Santi Nadal.

Pero esa vez, cazado como un conejo, era diferente.

La furgoneta se adentró en la ciudad y poco después en la ronda litoral. Baró de Viver. Bon Pastor. Había hecho ese trayecto millones de veces en su vida. Reconocía las señales, los puentes y los muros grises que se sucedían al otro lado de la ventana.

Se acercaban a la salida veintisiete. Justo al lado estaba la comisaría de los Mossos de Sant Adrià de Besòs, la más cercana a esa entrada a Barcelona.

El fin de la fuga, supuso. Seguramente, fruto de la desesperación, volvió a gritar a través de la mordaza e intentó forzar las bridas, pero aquello no había Dios que lo rompiera.

Ninguna respuesta. Solo el motor y el asfalto.

Estaban ya muy cerca de la salida veintisiete.

La señal verde apareció a la derecha, pero la furgoneta pasó de largo.

Toni se quedó helado. Giró la cabeza intentando ver mejor mientras el vehículo seguía avanzando por la ronda litoral, paralelo a las playas de Llevant, la Mar Bella, el Bogatell y la Nova Icària.

Nelson seguía mudo, y entonces lo entendió: su clandestinidad no estaba terminando, solo estaba cambiando de forma.

La furgoneta siguió por la B -10 unos minutos más y después cogió la salida veintidós, la Barceloneta.

Rodearon la estación de França, calle Doctor Aiguader, Pla de Palau, avenida Marquès de l’Argentera, paseo Picasso, paseo Pujades, complejo sanitario Antoni Gaudí, calle Wellington arriba y parque de la estación del Nord, una zona verde equivalente a dos manzanas del ensanche.

Casi veintiséis mil metros cuadrados. Grande de narices.

En el parque no había nadie. Ni una voz.

Nada. Raro en una ciudad enferma crónica de sinhogarismo.

Nelson frenó con suavidad y apagó el motor.

El silencio era absoluto. Durante unos segundos no pasó nada.

Luego se oyó el ruido de la puerta del conductor abriéndose y a continuación unos pasos acercándose.

Al momento, la puerta trasera se abrió con un chirrido.

La luz amarillenta de una farola entró en la furgoneta y en un chasquido de dedos Nelson subió y cerró.

Sin decir una palabra, cogió a Toni por debajo de los brazos y lo incorporó; su cuerpo protestó con un dolor punzante que le arrancó un gemido apagado.

Nelson lo apoyó contra la pared metálica de la furgoneta y sacó de su bolsillo el móvil de Toni.

—Ahora te quitaré la mordaza. Si no quieres saber lo que es sufrir de verdad, me dirás el pin de tu teléfono.

Nelson procedió, pero la respuesta que recibió no le gustó lo más mínimo.

—Que te den por el culo, marica de mierda.

Nelson volvió a ponerle la mordaza. Era el momento del disco dedicado que le habían pedido.

Cogió un papel de lija y lo pasó por encima del característico lunar rojo que Toni tenía por encima de la ceja.

Este bramó bajo la mordaza mientras le arrancaban la piel y el lunar quedaba borrado.

Acto seguido, Nelson cogió la llave de la furgoneta y la hundió con todas sus fuerzas entre el menisco y la rótula de Toni.

El trapo en la boca amortiguaba los gritos de dolor.

Fue solo un minuto, pero un minuto de dolor intento se hace eterno.

Ríete tú de un día sin pan. Se detuvo y, cuando los bramidos se calmaron, le repitió la orden y luego le quitó la mordaza.

—El pin de tu teléfono.

—774421.

Y, patapam, el móvil se desbloqueó. Volvió a taparle la boca y se zambulló en el teléfono de Toni.

Las instrucciones habían sido claras y fue sencillo encontrar la app.

La toqueteó y en un momento estaba hecho.

Nelson sonrió satisfecho. No se permitió mucho rato de autocomplacencia.

Aún le quedaba mucho por hacer. La noche sería larga.

Paso siguiente: desplegar un trípode. Lo dejó delante de Toni, que contemplaba la escena desconcertado. En el cabezal del trípode colocó un teléfono y comprobó el encuadre mientras los ojos de Toni, hinchados y rojos, seguían todos sus movimientos sin entender qué demonios iba a pasar.

Nelson se acercó a él, con un gesto brusco le arrancó la mordaza y el aire frío llenó los pulmones de Toni, que respiró profundamente.

—Ya sabes lo que pasa si me tocas los cojones. —Levantó la llave de la furgoneta y le señaló la rodilla.

Antes de que Toni hubiera podido contestarle, Nelson estaba ya mirando la pantalla del móvil en el trípode y pulsó el botón verde de videollamada.

Miró la hora. Todo iba según lo previsto.

La cámara enfocaba directamente el rostro destrozado de Toni.

Al segundo tono, descolgaron y la pantalla se iluminó.

—Hola, Toni.