El quinto corazón Capítulo 56
89%

Capítulo 56

El viaje por carretera se prolongó unas cuatro horas. Aparte de los interrogantes, en la furgoneta llevaba algo de comida, cuerdas y el cuerpo de un jabalí. Con un poco de suerte, estaría apenas unas horas en territorio francés. Solo Jesús y Carla sabían de esa excursión. Cuanta menos gente, mejor.

Sentía sobre los hombros la presión de los últimos meses, como si cargara un saco de piedras de forma permanente.

En el centro de sus pensamientos siempre estaba Jesús, la persona que le había cambiado la vida.

No quería preguntarse cómo se las arreglaría sin él si las cosas salían mal.

Se aferraba a lo del clavo ardiendo y a que muy de vez en cuando la vida incluso puede sonreírte.

Quería mucho a Jesús. A diferencia de lo que había oído decir un montón de veces, no había abandonado Cuba para dejar de ser un muerto de hambre.

Lo había hecho por amor. Al fin y al cabo, como capitán de las Fuerzas Armadas Revolucionarias no vivía mal.

No tenía una vida de lujo, cierto, pero sí privilegios, estabilidad y poder dentro del sistema cubano, y tal como estaba el patio no era poco.

El sueldo no era alto en términos internacionales, pero tenía vivienda asignada en un buen barrio, vehículo oficial, circuitos de consumo con mejor abastecimiento y, lo más importante, posibilidad de viajar al extranjero.

Al otro lado de la balanza, el gran control ideológico y la lealtad obligada al régimen hacían que la carrera dependiera en gran medida de la fidelidad política.

Si a este guiso le añades ser homosexual en un cuerpo militar, pues en Barcelona, casado con el mejor cardiólogo del mundo, estaba la mar de bien, la verdad.

En la vida de toda persona llega un punto en el que ya no compensa seguir mintiendo.

Continuó dándole vueltas al coco hasta que llegó a Vailhauquès.

Sin saberlo, Nelson aparcó la furgoneta en la misma colina que Gabriela unos días antes.

A vista de pájaro, la urbanización era exactamente como les había contado Makaroff en la habitación de la UCI : una única calle que parecía dibujada con regla en medio del bosque.

El atardecer se deshilachaba por encima de los tejados y la niebla baja se arrastraba por el suelo acompañada por un silencio de granito.

Según las indicaciones, la casa de Toni se alzaba al final de la calle.

Nelson consultó el reloj. Por lo que les había dicho el director de La Tribuna , faltaban unos quince minutos para que Toni llegara.

El doctor siempre había sido un hombre de rutinas obsesivas y de seguir un horario.

Cruzaba los dedos para que fuera el mismo que cuando estuvo allí Gabriela o el plan se iría directo al garete.

Si todo iba bien, en esos instantes debía de estar volviendo a casa en coche desde el Hôpital du Millénaire de Montpellier y, por lo tanto, no estaría atento a las imágenes de las cámaras de seguridad, que controlaba desde el móvil.

El cielo ya había transitado del atardecer a la oscuridad y por fin había llegado el momento de sacar el cuerpo de jabalí que había llevado consigo: una hembra de cincuenta kilos, lo bastante grande para que cumpliera con el objetivo. Lo dejó delante de la puerta de entrada de la casa.

Se fundió con el entorno, escondido justo donde empezaba el bosque, muy cerca de la valla de la casa de Toni.

La oscuridad lo engulló con naturalidad.

Desde allí veía la puerta principal con el jabalí.

Inspiró y espiró profundamente, y el aire con olor a tierra mojada le llenó los pulmones.

Ya era noche cerrada y las farolas de la calle eran la única iluminación.

Confiaba en que algo le hubiera quedado de sus tiempos en el ejército cubano, hacía ya un montón de años.

Esperaba que fuera verdad eso de que quien tuvo retuvo, y que el cuerpo recordara lo que la voluntad fingía haber olvidado.

El coche de Toni apareció por fin al final de la calle con los faros abriéndose paso a través de la niebla espesa. Había llegado el momento.

Al ver el cuerpo del jabalí tendido a la entrada de la casa, Toni frenó y detuvo el motor unos metros antes.

Durante unos segundos solo se oyó el tic-tac metálico del motor enfriándose.

La puerta se abrió y el falso David Blanc Fernández bajó del vehículo.

Nelson sintió una punzada al verlo. Era el de la fotografía que les había mostrado Makaroff.

Sí, era él, hostia. En décimas de segundo repasó mentalmente la larga lista de humillaciones y comentarios homófobos de Toni e instintivamente fue apretando los puños y los maxilares cada vez con más fuerza.

El doctor se acercó al animal y resopló contrariado.

Fue entonces cuando Nelson se bajó el pasamontañas.

Avanzó silenciosamente por detrás evitando el enfrentamiento directo, calculando al milímetro cada paso y cada palmo de distancia.

Cuando se hubo acercado lo suficiente, actuó sin titubear: con una mano inmovilizó el brazo derecho de Toni, el dominante, y con un golpe rápido y preciso en la rodilla hizo que perdiera el equilibrio.

En menos de dos segundos ya lo tenía bocabajo contra el asfalto.

Antes de que hubiera podido reaccionar, un puñetazo seco, que dejó un crujido sordo flotando en el aire, le castigó la mandíbula.

Toni gemía. Tenía la vista empañada y un dolor punzante le atravesaba la cabeza y la rodilla.

Sin darle la menor opción a reaccionar, le hundió la rodilla en el omóplato para inmovilizarlo.

Primero aseguró el brazo derecho y después el izquierdo.

Con movimientos mecánicos y precisos, le ató las muñecas con bridas de plástico.

Otro golpe seco, esta vez en las lumbares, le arrancó un grito ahogado antes de que le atara también los tobillos.

En un abrir y cerrar de ojos, Toni estaba completamente reducido.

Con una persona que arranca cuatro corazones humanos y te chantajea, contemplaciones, las justas.

Nelson sacó un pañuelo del bolsillo y se lo metió en la boca para silenciarlo.

Después, con una cinta de pelo lo privó de visión.

Antes de levantarlo le pegó otro puñetazo, ahora en el estómago.

Si le hubiera dado uno por cada vejación sufrida, Nelson habría acabado con su vida allí mismo.

Pero no. De esa forma no se haría justicia.

Después todo fue muy deprisa. Corrió hasta el coche del doctor, cogió las llaves, abrió el maletero y cargó el cuerpo inmovilizado, que se retorcía de dolor.

Cerró de un golpe. Por último, arrastró el cuerpo del jabalí y lo lanzó al bosque.

La niebla densa engulló la escena y allí no había pasado nada.

Pero, antes de marcharse, muy importante: le cogió la cartera y el móvil.

El móvil era fundamental. Cerró el portaequipajes y subió al coche.

Antes de arrancar abrió la cartera para comprobar que llevaba toda la documentación: DNI español, tarjeta sanitaria, carnet de conducir y tarjeta del Hôpital du Millénaire.

Todo a nombre de David Blanc Fernández. Cuando comprobó que lo tenía todo, arrancó.

Tenía que deshacerse del coche y volver a Barcelona con Toni reducido en la furgoneta. Por fin se haría justicia. Esta vez no se escaparía.