El quinto corazón Capítulo 55
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Capítulo 55

A Ernesto Makaroff se le había metido entre ceja y ceja salvar las cuentas anuales de La Tribuna .

No le importaba nada más en este mundo, ni la ética, ni el cuello de la exagerada de Gabriela, ni la verdad.

Este era su único objetivo. El periódico no tendría pérdidas por primera vez en su historia bajo su dirección, porque eso comportaría la ira del Consejo de Administración y el consiguiente expediente de regulación de empleo.

Y ya se sabe que lidiar con amenazas, huelgas y listas de bajas es feo y cansado.

Además, en el sector le colgarían un sambenito que después le costaría Dios y ayuda quitarse de encima.

Tampoco nos engañemos: la prioridad del director en ningún caso era evitar que un puñado de familias se vieran abocadas al pacto del hambre.

Su objetivo era salvar su prestigio profesional.

En realidad, era un tema de relato. El relato siempre es más importante que la verdad.

En la prensa, en la política, en la empresa y en la vida en general.

Y quien no lo vea así no sabe en qué mierda de mundo vive.

A las diez y media, le habían dicho. Pues allí estaba, como un clavo y con una propuesta con la que podía salir ganando prácticamente todo el mundo.

Claro que ese «prácticamente» tenía truco.

Habría damnificados y daños colaterales, pero, cuando los de arriba se ponen a cortar el bacalao, siempre las hay. La vida la inventaron así.

Makaroff entró en la habitación de la UCI sin prisas, con ese paso estudiado que utilizaba tanto en los pasillos de un ministerio como en los momentos más tensos en la redacción de La Tribuna .

Iba desaliñado, con una camisa hecha un desastre, nada nuevo, y llevaba la americana colgada del brazo.

No pensaba quedarse mucho tiempo; había ido a visitar a un hombre que caminaba al borde del precipicio, y aunque su intención no era empujarlo, sí pretendía ponerlo contra las cuerdas.

Si Makaroff no era de por sí un angelito, con el agua al cuello podía vestirse de Satanás y ser el rey del infierno.

Miró a Jesús con una mezcla de piedad y cálculo, como quien observa una presa. A su lado, Nelson tenía el rostro cansado después de tantos días esperando el desenlace.

—¿Cómo está, doctor?

—Pues mire, me pilla a punto de ir a jugar un partido de balonmano.

—Dicen que en los peores momentos solo los inteligentes conservan el sentido del humor.

—Muchas gracias por el cumplido, Ernesto.

Dígame, su visita no será para cotillear sobre las aficiones de nuestra querida exconsejera, ¿no?

Se ha anotado un buen tanto frente a la clase política.

¿Sabe?, no creo en las casualidades e intuyo que el hecho de que usted esté aquí puede tener alguna relación con la noticia que publicó ayer.

No sé de dónde ha sacado las imágenes, pero le felicito.

—Muchas gracias.

Makaroff se imaginó a Toni García partiéndose de risa a trescientos cincuenta kilómetros de distancia viendo a Sara Mauri levantando la bandera de la rendición. Pero en esa tragedia todavía no había reído el último. Y ya se sabe que el último es el que ríe mejor.

—Quisiera hablar con usted en privado. —No fue necesario que mencionara a Nelson.

—Lo que tenga que decirme puede decírmelo delante de mi marido.

Al verlos cogidos de la mano, Makaroff tuvo claro que no iban a ceder.

—Como quieran.

—Dígame qué quiere, Ernesto.

—Sé quién le envió los tres corazones al ICIB el día de su cumpleaños.

—La policía ya los identificó. Fueron los San Isidoro.

—No, doctor. No fue el clan de los San Isidoro. La policía siguió una pista equivocada. Han metido en la cárcel a dos inocentes.

—¿Está seguro? —le preguntó Nelson.

—No es que esté seguro, es que tengo la absoluta certeza y las pruebas.

Vocalizó con claridad para disipar toda duda.

Después de esta sentencia de Makaroff, durante unos instantes solo se oyó el ritmo acelerado del corazón de Jesús en la pantalla.

Con el cuerpo anclado en la cama, abrió los ojos como platos.

Si lo que acababan de decirle era cierto, tendría que cuestionárselo todo de arriba abajo.

Miró al director de La Tribuna con expresión interrogante.

Los San Isidoro eran lo bastante animales para haber enviado el cuarto corazón, cierto.

Lo había dado por sentado. Así lo había asegurado la policía, caray.

Pero en ese momento, escuchando a Makaroff, lo puso en cuarentena y de repente se preguntó cómo demonios habrían podido conseguir los documentos del ensayo clínico y las copias de las transferencias.

Aunque con dificultad, el doctor intentó incorporarse como buscando complicidad, pero Makaroff, perro viejo en eso de generar expectativas, no terminaba de decir las palabras mágicas.

—Dígame quién es. —La voz de Jesús a través de la mascarilla era débil pero decidida.

—Esta es la gran pregunta, doctor. Y yo tengo la respuesta. Sé quién es. Y sé dónde encontrarlo. Es una persona cercana a usted. Mucho más cercana de lo que cree. Quiere destruirlo. Tiene motivos, tiene pruebas en su contra y no se detendrá hasta conseguirlo.

El cuarto corazón, los documentos y los extractos bancarios de las transferencias al Dubai International Bank a nombre de Nelson parecían un rótulo luminoso en la mente de Jesús.

—¿Y qué haría usted con esta información, Ernesto? —Nelson hizo la pregunta que Makaroff estaba esperando. Muchas gracias.

—Podría publicarla. —A pesar del cinismo, el tono del periodista era casi amable—.

Fotografías, testimonios, filtraciones… Ya sabe cómo funcionan estas cosas.

Publicarla corregiría el error de la policía y yo me marcaría un buen tanto ante los lectores y la competencia, pero, entre nosotros, prefiero marcármelo ante el Consejo de Administración.

Si ustedes aceptan que pactemos… —dejó la frase en suspenso durante unos segundos para dar peso al momento—, los inocentes seguirán donde están y ustedes seguirán mucho más tranquilos.

Después de haber pasado tanto tiempo en la cárcel, la venganza podría ser terrible.

¿No cree que ya se ha enterado de demasiadas cosas por La Tribuna ? Esta vez quizá le interesaría otra vía.

—Otra vía…

—Una vía mucho más favorable para ustedes, sin duda.

Una vía que les permitiría convertir la actual prisión provisional de los San Isidoro que decretó el juez de instrucción en una larga temporada en chirona.

—He aquí los daños colaterales—. Han salido indemnes mil veces…

Digamos que en el fondo no sería del todo injusto.

No tengo dudas de que con esa gente entre rejas el mundo será un lugar mejor.

A cambio, usted sabrá quién fue la persona que en realidad le envió los tres corazones.

Forma parte de su pasado y estoy convencido de que saber su nombre no le dejará indiferente.

—A mí me quedan dos telediarios, Ernesto. ¿Qué gano?

—Estoy seguro de que quiere dejarlo todo bien atado y que nada de lo que haya hecho usted se convierta en una prueba contra su marido.

—La mirada a Nelson estaba perfectamente estudiada—.

Imagine una cuenta corriente en un paraíso fiscal a nombre de él, por poner un ejemplo como cualquier otro.

Algo que, permítame decírselo, sería también de interés periodístico.

—¿Es una amenaza?

—Dejémoslo en una advertencia. En diversas entrevistas a lo largo de los años le he oído decir que cada uno se forja su futuro, doctor. Estoy brindándole esa oportunidad.

—¿Y se puede saber cuánto me costará?

—Doscientos cincuenta mil euros en publicidad del ICIB en La Tribuna . Una campaña limpia, visible e impecable. Nada para mí. Lo hago por el periódico y por ustedes. A cambio, yo les digo el nombre de la persona y dónde encontrarla. Tengo la dirección exacta. Lo que hagan después… ya es cosa suya.

Jesús se quitó la mascarilla de la cara para que su hilo de voz se oyera con total claridad.

—Dígame-quién-es.

Makaroff le tendió la mano. Desde la cama, Jesús la miró con la desconfianza que genera una necesidad del presente, pero que suponía firmar una hipoteca para un futuro que probablemente él no vería. Estrechársela equivalía a comprometerse con el diablo.

—¿Trato hecho, doctor?