Capítulo 54
Jesús respiraba con dificultad bajo la luz fría del fluorescente.
El pecho se le levantaba lentamente con cada bocanada de aire, que le costaba Dios y ayuda completar.
Tenía la piel de un tono ceniciento y el labio leporino muy delgado, casi perfilado.
La pantalla que monitorizaba sus constantes las veinticuatro horas del día dibujaba una línea irregular que subía y bajaba con periodicidad matemática.
«La consejera de Salud, Sara Mauri, comparece ahora mismo, después de que el periódico La Tribuna publicara esta mañana un vídeo comprometido donde se la ve consumiendo sustancias en un ámbito privado…».
Llámalo sustancias, llámalo cocaína. Llámalo ámbito privado, llámalo orgía donde eres la protagonista estrella.
La locución podía suavizarse tanto como se quisiera, pero los hechos eran los que eran y, en ese caso, eso de que una imagen vale más que mil palabras se convertía en una verdad incuestionable.
En la pantalla del móvil de Carla, la presentadora dio paso a la comparecencia de Sara Mauri ante los medios: detrás de un atril sin logotipo institucional, sin las siglas del partido y sin nadie a su lado.
Ningún miembro del gobierno detrás de ella.
Ningún consejero. Ningún jefe de gabinete.
Ningún compañero de partido. Nadie, ella sola.
Tampoco su marido, Robert Piqué, siempre tan presente en los photocalls con legiones de fotoperiodistas.
Cuando se deja caer a alguien, hay que escenificarlo con toda la pompa, y en estas cosas los hilos que mueven la política tienen muchas tablas.
Se le llama escarnio público. El linchamiento y el ostracismo llegarían después.
Estaba pálida, con kilos de maquillaje que pretendían disimular la noche sin dormir y el disgusto, aún por digerir, de haber tirado su carrera política por un precipicio. Un día de mierda. El primero de una larga lista; de algo así tardas una buena temporada en recuperarte.
«Presento mi dimisión irrevocable como consejera y abandono la política».
Llega un momento en la vida en el que todas te vienen mal dadas.
Pocas salidas más le quedaban. Tocaba capear el mogollón de hostias que iban a caerle y esperar a que el temporal amainara.
Mientras tanto, le tocaría comerse ella sola las consecuencias de todo aquello.
A Sara Mauri, con toneladas de autoestima y suficiencia entre pecho y espalda, incluso le temblaba la voz.
Quién la había visto y quién la veía. De futura presidenta a adiós muy buenas con el rabo entre las piernas.
—Es una putada de las gordas, Carla. Tendrás que hacer un gran esfuerzo para mantener la inversión. —Jesús ponía deberes como si ya no estuviera allí, y a Nelson eso lo sacaba de quicio.
Carla asintió con la cabeza sin demasiada convicción.
Quería sentarse en el trono del ICIB , claro que sí, pero lo de negociar subvenciones con políticos le parecía la sublimación del tedio.
Esa sería de largo la peor parte, la de estar al frente del negocio.
Porque, no nos engañemos, a fin de cuentas el ICIB y la medicina eran negocios.
De los que salvaban vidas, sí, pero negocios al fin y al cabo.
Con presión comercial, con marketing agresivo de medicamentos, con privatizaciones e incentivos perversos y con pruebas y tratamientos innecesarios que aumentaban la facturación.
Para ella sería un mal necesario, el peaje para acceder al Olimpo de la cardiología.
Nelson soltó un suspiro casi imperceptible, pero aun así hizo que Carla volviera a un presente en el que Jesús aún estaba vivo y en el que ella aún ostentaba el título de princesa heredera del trono. Lo del rey ha muerto, larga vida a la reina todavía se haría esperar.
—¿Cómo coño le habrá llegado el vídeo a La Tribuna ?
—Ni idea, Carla, pero estoy seguro de que la llamada de Ernesto Makaroff para decirme que quería venir a verme no es casual.
—¿Sabías que había más copias?
—No. Yo tenía controlada la que tenemos en la caja fuerte. Nada más. Este tema lo montó Toni… —Jesús resopló—. La verdad es que ha salido a la luz en muy mal momento. A Mauri la teníamos controlada precisamente con esto. Y la pasta que nos soltaba no era poca.
Cuando Toni García se enteró de las aficiones de Sara Mauri, urdió el plan.
Lo pusieron de vuelta y media. Carla y Jesús lo llamaban de tirano para arriba.
Que si no queremos ser una mafia, que si esas no eran formas de hacer medicina.
Toni les respondía que era la manera de hacer negocios y de tener dinero a tocateja para investigar.
Ese dinero contribuyó al descubrimiento del algoritmo genético clave para identificar el riesgo de infarto que tantas alegrías (y reconocimiento) le había dado a Jesús.
Lo cierto era que Carla y él le habían cogido el gusto a eso de añadir ceros a la derecha de la subvención, así que después de la desaparición de Toni García la extorsión continuó.
La pantalla del móvil se fundió a negro y Carla se lo guardó en el bolsillo.
La comparecencia había terminado y la presentadora del Canal 24 horas dio paso a la tertulia.
Qué dura es la vida del tertuliano. No está al alcance de todo el mundo opinar con convicción y vehemencia, muchas veces sin tener la más remota idea ni formación sobre el tema.
Expertos de cabecera en lo que haga falta.
Todo un arte, hay que decirlo. Conspiración, filtración y guerra interna fueron las palabras más repetidas. Muy golosas para titulares llamativos.
De repente se oyeron un par de golpes fuertes en la puerta de la habitación. Nelson sintió que se le helaba la espalda cuando vio a una mujer con una placa policial en la mano que entraba con paso contenido.
—Disculpen la interrupción. Soy la cabo Sandra Rovira, del cuerpo de Mossos d’Esquadra. ¿Se acuerda de mí, doctor Barceló?
Jesús asintió con la cabeza, y la mascarilla de oxígeno se movió al compás.
—Siento mucho molestarle, pero es de vital importancia. Seré breve. He venido por el asunto de los tres corazones que recibió en septiembre.
Aunque sintió una sacudida interna, Jesús actuó como si nada y levantó la barbilla como quien espera una explicación.
—¿Ha recibido algún otro corazón?
—No —intervino Nelson ligeramente a la defensiva.
—Si lo hubiéramos recibido, ¿de verdad cree que no lo habríamos denunciado a la policía?
A pesar de que a través de la mascarilla de oxígeno su voz era un susurro, Jesús consiguió que el tono de sus palabras transmitiera enfado.
Acompañó la mentira flagrante con gestos de desaprobación con la mano.
Mientras tanto, la voz de Nelson, leyéndole nervioso por teléfono la nota que acompañaba al cuarto corazón, resonó en su interior.
«Si vas a la policía, esta información saldrá en los medios de comunicación». Los papeles de Dubái y el trato de favor a Teresa Alsina. Desviarse del camino correcto tenía un precio.
Carla, inquieta, observaba a Nelson y a Jesús. Sus ojos se movían entre los dos buscando una fisura que no encontró. Envidiaba esa complicidad; ella nunca la había encontrado en ninguna pareja.
—¿Están seguros? —volvió a preguntarles Sandra Rovira.
—Sí, cabo. Estamos seguros —le confirmó Nelson.
—Está bien, de acuerdo.
—¿Por qué lo pregunta? —Carla supo enmascarar el temblor de sus manos.
—Porque esta mañana el director de la oficina del Banco de Barcelona de la calle Beethoven ha presentado una denuncia en la comisaría de Les Corts. El señor Santiago Nadal, el marido de una de las mujeres a las que pertenecían los corazones, lleva tres días desaparecido.