Capítulo 53
Makaroff, mudo, examinó a Gabriela clavándole una mirada inquisitiva, como si intentara desmontarla pieza a pieza.
Prolongó deliberadamente el silencio, que llegó al punto de ser incómodo, pero ella no perdió el contacto visual en ningún momento.
Sin parpadear. Sin agachar la mirada. Con la espalda recta.
Sabía que ese juego formaba parte del examen.
Y, qué coño, no estaba mintiendo. De repente, Gabriela rebuscó en una carpeta con papeles y con un gesto comedido, casi ceremonial, entregó una foto al director.
—Aquí tienes su aspecto actual.
Makaroff levantó la fotografía hasta acercársela a un palmo de la cara. Se levantó las gafas, entrecerró los ojos e hizo una mueca. Allí estaba la constatación. Los ojos se le agrandaron y, para satisfacción íntima de Gabriela, abrió mucho la boca.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Todavía necesitó algunos más para reordenar sus pensamientos. Al final carraspeó antes de hablar.
—Rai ya me dijo que eras buena.
Música para los oídos. Adiós, interinaje. Hola, carrera meteórica.
—Ahora me contarás cómo has llegado hasta aquí.
Y así fue. Gabriela le contó la historia punto por punto.
Los tres corazones, los San Isidoro, Jesús Maria Barceló, Carla Sala, las víctimas, Helena Soto, Vailhauquès, la publicación del auténtico autor del descubrimiento del algoritmo y la fiesta sexual de Sara Mauri.
El puzle encajaba y, una vez finalizado, dibujaba la resurrección de Toni García.
A medida que avanzaba la narración, la cara de fascinación de Makaroff iba en aumento frase tras frase. Gabriela no solo se introducía en las aguas más turbias del periodismo, sino que se sumergía sin miedo y salía con la cabeza bien alta.
—Por eso no podemos publicar que Toni García está vivo, Ernesto. Me juego el pellejo.
Esa última frase era como rematar la exposición presentándose como una víctima que se ha sacrificado por el periódico.
Makaroff asintió lentamente.
—Gabriela, no puedo hacer otra cosa que felicitarte. Los comienzos no son fáciles. Pero hace tres meses que se jubiló Rai y tú me has demostrado que puedes con este puesto.
—Muchas gracias, Ernesto.
—De momento, publicaremos el tema de Sara Mauri.
Tendremos que pixelar las caras de los demás, pero la consejera tendrá que verse.
Es la gracia. Ve preparando la pieza. La sacaremos en portada.
Puedes explayarte tanto como quieras. Una consejera de Sanidad metiéndose cocaína y sin utilizar preservativo…
—Chasqueó la lengua y soltó una breve carcajada.
El director iba siempre hasta las cejas de suficiencia.
—¿Y el tema de la autoría del descubrimiento del algoritmo?
—Vamos por partes. Primero preparemos este tema. Lo venderemos bien. No queremos que un tema se coma al otro, ¿verdad?
Gabriela asintió y pensó que había llegado el momento de retirarse. Makaroff le había comprado todo el relato.
—Ernesto, lo de Toni García se queda entre nosotros, ¿no?
—Por favor. Claro. Eso ni se pregunta. —Levantó la fotografía—. Esto va directo a la caja fuerte.
Gabriela oyó el sonido de sus pasos mientras salía del despacho.
En cuanto cerró la puerta, la sonrisa de Makaroff se diluyó.
Volvió a mirar la fotografía. Era él, sin duda.
Con barba, con el pelo largo y con gafas, pero era él.
La cabeza le iba a mil por hora. De repente buscó en su teléfono móvil.
Cuando encontró el contacto que buscaba, pulsó el botón verde sin pensárselo.
Descolgaron, y al otro lado del teléfono respondió una voz débil.
—Doctor Barceló, siento molestarle en su estado, pero es urgente que hablemos.