El quinto corazón Capítulo 52
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Capítulo 52

Desde que la habían nombrado directora de Investigación, la palabra «interina» colgaba por encima de ella como una espada de Damocles.

El periodo de prueba había pasado volando y Gabriela entraba en el despacho de Makaroff con el convencimiento de que esa reunión sería un antes y un después.

Llegaba con buen material, el que había conseguido en Francia.

Entraba con la sensación de haber hecho cuanto estaba en su mano.

El despacho del director estaba al final de la redacción.

Era enorme y tenía unas cortinas que, cuando estaban bajadas, era señal de que algo se estaba cociendo.

No todo el mundo podía pisar ese despacho.

Se necesitaban narices y aplomo; siempre se necesitan para enfrentarse a la mano de hierro del poder.

Cuando algún miembro de la redacción entraba, no era raro que los gritos llegaran hasta sus compañeros; un montón de valientes habían salido de allí con los ojos llorosos, la cabeza gacha y la dignidad hecha pedazos.

Aun así, ella estaba dispuesta a jugar en la liga de los osados.

Uno de los argumentos que esgrimiría era el chute de audiencia que ella, una vez más, aportaría al diario.

Al final, los rumores de que La Tribuna estaba con el agua al cuello debido a los números rojos habían llegado a una redacción que siempre había vivido de espaldas a la cuenta de resultados.

Pero, aunque sea para hacer algo tan noble como el periodismo, el dinero no cae del cielo.

Pese a su giro hacia el pragmatismo empresarial, Makaroff era de los que creían que, por muy jodidos que estuvieran los medios, seguían conservando el poder de derribar gobiernos y destapar basura.

Esto generaba audiencia. Y cuanta más audiencia, más publicidad.

Y si no funcionaba, siempre podría culpar a los comerciales.

Un relato impulsado desde los galones siempre tiene más opciones de triunfar, y en el arte de la manipulación Makaroff era cinturón negro.

—Gabriela, entra.

Mientras se acomodaban en los sofás, Makaroff pulsó el botón para bajar las cortinas.

—Dime, ¿por qué querías verme?

—Mira estas imágenes, Ernesto.

Gabriela giró el portátil hacia el director y pulsó el Play. En la pantalla, hombres y mujeres en una fiesta sexual.

—¿Qué coño es esto?

—Mira quién está.

Efectivamente, en el centro de las imágenes, la consejera de Sanidad, Sara Mauri, participaba de forma activa en la fiesta. Se la reconocía con claridad. Makaroff esbozó una sonrisa maliciosa y soltó un silbido a modo de exclamación.

—Espera, mira esto.

En las imágenes, la consejera se acercó a una mesa para esnifar una generosa raya de cocaína. Luego, trago a un vaso de tubo y vuelta a la carga. La grabación terminó y el silencio flotó unos instantes en el despacho.

—Con esto basta para hacerla caer y dejar el gobierno pendiendo de un hilo. La audiencia se nos disparará. —Para un director, el titular de Gabriela era imbatible.

Makaroff se quedó mirando al vacío. Pensando. Lo que se le pasaba por la cabeza era una incógnita. Él, consumado experto en el oficio de verlas venir, no se dejaría deslumbrar con tanta facilidad.

—¿De dónde lo has sacado?

—No te lo puedo decir, Ernesto.

—Oh, claro que puedes. ¿O crees que me chupo el dedo? No llevo dos días metido en estos fangales. Derribar un gobierno es muy goloso. Sí. Y sobre todo si es de los que no te quieren. Pero, si me meto en un follón como este, quiero saberlo todo.

En la cabeza de Gabriela apareció la imagen de Toni García apuntándola con una pistola, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Sin tiempo para que la hubiera digerido, el director aumentó aún más la presión.

—Cuando te nombré, te dije que serías interina hasta que me demostraras que podías con esto. Se vivía muy bien al lado de Rai. Pero ya no tienes ningún paraguas que te proteja. O me dices de dónde ha salido o ya sabes dónde está la puerta.

—Pero Ernesto…

—Ni Ernesto ni hostias. Es muy sencillo. ¿De dónde coño ha salido? ¿Quién lo tenía? ¿Por qué?

El cerebro de Gabriela daba vueltas en busca de una salida que no conseguía encontrar.

La mirada de Makaroff era de hielo. El director no tenía fama de paciente.

Ahora entendía tantos años viendo a periodistas desfilando con el rabo entre las piernas.

Menudas espaldas tenía Rai. La admiración por su mentor aumentó exponencialmente en cuestión de segundos.

En su interior se mezclaron el miedo y la impotencia hasta que una lucidez forzada asomó la cabeza: o reaccionaba o su carrera en La Tribuna se iba de cabeza al abismo.

En el rato que llevaba bajo ese techo, Gabriela supo sin lugar a dudas que su cara de tonta no funcionaría con el director.

Y también supo que, si intentaba engañarlo o manipularlo, la ira de ese hombre caería sobre ella.

Ofender a la persona equivocada es un error monumental.

Hay que saber elegir con quién se puede y con quién no.

—Te cuento el origen, pero si esto sale a la luz, mi seguridad correrá peligro.

El rostro del Makaroff cambió radicalmente, como si de repente hubiera entendido algo.

—Ostras, Gabriela, no me jodas. Haber empezado por ahí. Te entiendo perfectamente. ¿Qué te crees, que Rai no pasó por esto varias veces? ¿O yo mismo? Todos los que nos hemos dedicado a la investigación sabemos que estas cosas pasan.

—¿Lo que te diga quedará entre nosotros?

—No tengas la menor duda.

—Tengo tu palabra.

—Tienes mi palabra. Puedes confiar en mí.

En un chasquido de dedos, la mirada del director se había vuelto cálida, y el tono, paternal.

En Vailhauquès había pasado miedo. Miedo de verdad.

Pero, cuando en una de las bandejas de la balanza pones la ambición desmedida, las justificaciones se fabrican como quien no quiere la cosa.

Forma parte de la vida. Al fin y al cabo, ¿cuántas cosas saben los medios y se quedan escondidas en el cajón de los secretos?

—He descubierto que el doctor Toni García, el cardiólogo del ICIB , fingió su muerte y está vivo.