El quinto corazón Capítulo 51
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Capítulo 51

El día empezaba a marchitarse cuando Nelson salió del Sant Jordi para volver a casa. «Vete. Hazme caso. Duerme, descansa. No te preocupes, tranquilo, que si pasa algo te lo dirán», le había dicho Jesús. Y con ese pesar que no te lo quitas de encima por más que quieras, le hizo caso.

Eran las nueve y media y noche cerrada cuando atravesó el paseo de Sant Joan con el Arc de Triomf en el horizonte.

Volvía a casa triste, con esa pesadez sobre los hombros con la que los problemas de salud saben obsequiar.

Los días iban pasando y de forma inconsciente el cerebro iba acostumbrándose a la rutina de llegar a casa y no encontrar a nadie.

La madre que parió a la manía de adelantar acontecimientos.

Ya en casa, entró y cerró la puerta tras de sí con un golpe seco.

Todavía le llegaba el olor a desinfectante impregnado en la piel después de todo el santo día en el hospital, sentado al lado de Jesús y de la sarta de máquinas que respiraban por él con ruidos constantes y luces suaves.

Una parafernalia que les recordaba que su marido era un paciente especialmente vulnerable.

Maldita realidad. Cada día que pasaba, las posibilidades de que apareciera un donante de corazón disminuían.

Una matemática cruel. Aunque Nelson se aferraba a la esperanza, los días se escapaban a una velocidad de vértigo.

Dejó las llaves en el mueble del recibidor y suspiró largamente.

Entonces lo vio. Un paquete. Allí, en el suelo, perfectamente colocado.

Pensó en Dori, la mujer que les limpiaba la casa; seguramente ella había recogido el paquete, como tantas otras veces.

Era una caja de cartón. Solo el nombre de Jesús Maria Barceló impreso en una etiqueta adhesiva.

Sin logotipos ni remitente. De repente sintió una llamarada en las mejillas y le abrió la ventana a un mal augurio.

Sus dos metros de altura y sus ciento diez kilos de peso se agacharon intentando convencerse de que era un paquete cualquiera.

Pero en el fondo sabía que no, y por eso le temblaban los dedos.

Con una lentitud que le pareció eterna, rompió la cinta adhesiva y lo abrió.

Al ver el contenido el presagio se confirmó y el mundo se congeló.

Nelson sintió que se le revolvía el estómago.

Quiso gritar, pero la voz se le quedó atrapada en la garganta.

El olor metálico a sangre empezó a llenarle los pulmones.

Dentro, envuelto en plástico transparente, había un corazón humano.

Era rojo oscuro, estaba húmedo, tenía un aspecto seroso y medía menos de un palmo.

Era real. Vaya si lo era. El cuarto corazón.

Levantó la mirada, furioso. Alguien seguía empeñado en hacerles la vida imposible.

Como si no tuvieran bastante. Apretó el puño con fuerza y el bíceps se le hinchó hasta poner a prueba las costuras de la camiseta.

Si alguna vez tenía ante sí al hijo de puta que estaba detrás de todo aquello, lo pagaría muy caro.

Sentía que el corazón le martilleaba las sienes de rabia, de nervios, de impotencia, de ver cómo se ensañan contigo y no las ves venir.

Empujado por el instinto más que por la razón, supo que debía mantener la calma.

Volvió a dirigir la mirada a la caja. Al lado del corazón había un sobre blanco. Con letras negras, una frase escrita a modo de advertencia.

«Si vas a la policía, esta información saldrá en los medios de comunicación».

Dentro había papeles. Documentación. Entrecerró los ojos para fijar la vista.

Enseguida reconoció los extractos del Dubai International Bank con sus quinientos mil euros en el centro del escenario.

A nombre de Nelson Sotomayor, para que no quedara la menor duda.

Su medio kilo, su plan de pensiones. Después, las bases de un ensayo clínico y el historial médico de una tal Teresa Alsina.

La primera vez que Jesús se salía del camino correcto y lo habían pillado.

Pero en la vida basta con una vez. Prevaricación, soborno y tráfico de influencias: una carretada de razones para hacerles un juicio público a él y a Jesús, si es que llegaba a verlo.

Una pistola los encañonaba directamente.

Tenían el punto de mira encima. Solo debían disparar, así que mejor tener la boca cerradita y nada de denunciarlo a la policía.

Debía actuar en consecuencia. Cada uno forja su futuro. Palabra de Jesús.

Volvió a mirar la caja. Al fondo, al lado del corazón, vio una tarjeta. Era pequeña, sencilla, amenazadora y con letra mecanografiada. Se la acercó a un par de palmos de la cara.

«El quinto corazón será el tuyo, Jesús».