Capítulo 50
Se pasaron todo el santo día follando, como si quisieran recuperar cada año de silencio de una tacada.
Con un hambre y una pasión antiguas y a la vez renovadas.
A media tarde, el sol entraba por la ventana de la habitación del Hilton Diagonal Mar para dibujar sombras suaves sobre las sábanas arrugadas.
Omar le apartó un mechón de pelo de la mejilla con una delicadeza que contrastaba con la voracidad de hacía solo un rato.
Ese pequeño gesto abrió una grieta en Gabriela, que por fin se soltó.
—He estado a punto de morir —le confesó casi susurrando.
—¡¿Qué dices?!
Ella respiró hondo y se lo contó todo punto por punto, sin ahorrarse ningún detalle.
Que Toni García estaba vivo, que había enviado los tres corazones al ICIB , que los dos cardiólogos más reputados del mundo no podían verse ni en pintura y que había salvado el pellejo a cambio de un pacto que en cuestión de días se cobraría la primera víctima.
Omar se quedó de piedra. El rostro se le endureció y en sus ojos creció una sombra densa de rabia e impotencia.
La idea de que alguien hubiera podido matar a Gabriela le quemaba por dentro.
—No puedes decir nada. ¿Me oyes? Te lo he contado como Omar, no como mosso —le dijo cogiéndole la mano con fuerza—.
Ese tío les ha arrancado el corazón a tres mujeres y lo sabe todo de mí.
Todo. Me puede liquidar a mí y a las niñas.
No es como me lo habían pintado… Es un tarado.
Muy peligroso. Así que… —Remató la frase pasándose el índice y el pulgar por los labios como si cerrara una cremallera.
—Vale, vale. Estoy pasándome la placa de policía por los cojones, pero…
—Prométemelo.
—Prometido. —Levantó la mano derecha como si jurara sobre una Biblia imaginaria—. Por lo que me has contado, te fiaste demasiado de lo que te dijo la enfermera del Sant Jordi.
—¿Helena Soto? Me ha dado mucha información valiosa, pero, visto con perspectiva, sí. Me he fiado demasiado de ella. Toni García se portó bien con su padre y ella lo adoraba… Su relato me lo distorsionó todo.
—Tendrías que haberlo contrastado con más fuentes.
Ella soltó un suspiro que fue casi una confesión.
No quería admitir que el ansia de impresionar a Makaroff con un gran caso la había cegado, que la ambición le había empañado el criterio.
Esa obsesión por demostrarle al director que era la mejor para dirigir la Sección de Investigación de La Tribuna casi le cuesta la vida.
Como si hiciera un punto y aparte, cambió de tema.
—He tenido miedo.
Omar no respondió. Sabía que la frase era solo el titular.
—Mucho miedo. Miedo a morir, a dejar a las niñas sin madre, a que todo se acabara en cualquier momento, a acabar enterrada en ese bosque y que nunca encontraran mi cuerpo. La vida puede terminarse en un segundo, Omar. ¿Y sabes qué? Hay cosas que no quiero perderme.
Él la escuchaba en silencio, dejando que se desahogara, que escupiera lo que llevaba dentro desde hacía años.
—No quiero verte solo una vez al año. No me conformo. No soporto un año entero de ausencia.
El silencio que siguió fue denso. Él la miraba como si el cielo estuviera a punto de abrirse ante él. Sorpresa, incredulidad y una emoción profunda le enturbiaban la voz cuando por fin decidió abrir la boca.
—¿Estás pidiéndome que seamos pareja? ¿Estás diciéndome que vas a dejar a Kilian y que estaremos juntos?
Gabriela estaba preparada para esa pregunta. Era cíclica. Volvía siempre, puntual, como una estación del año. Y tenía la respuesta perfectamente ensayada. Una respuesta que atravesaría el alma de Omar como un estilete.
—No puedo dejar a Kilian. Les haría una putada a las niñas y creo que nunca me lo perdonarían. No puedo.
—Pero ¿lo quieres?
Esa jodida pregunta era la madre del cordero.
¿Quería a Kilian? Claro que sí. Compartían una vida que, de cara a la galería, era Hollywood: buena planta, dos niñas preciosas, piso de ciento veinte metros cuadrados en una zona acomodada, buenos trabajos, buenos sueldos, vacaciones en Semana Santa, verano y Navidad, barra libre de caprichos y así una larga lista para ir tirando hasta vete a saber cuándo.
Una vida llana y confortable que avanzaba con la inercia suave de los días ordenados.
Así pues, ¿por qué elegir otra vida si podía tener las dos?
—Las niñas adoran a su padre y no me lo perdonarían —repitió como un mantra—. No podría vivir con eso. Más adelante quizá, pero ahora no.
—¿Y mientras tanto?
—Seguiremos viéndonos. Mucho más que hasta ahora. Te lo prometo.
—¿De verdad quieres llevar una doble vida?
Ella sonrió con una tristeza que le rasgó los labios.
—¿No es lo que ya hago? No es que me sienta orgullosa, pero te quiero mucho, Omar. Mucho más de lo que te imaginas. Allí, en Francia, con una pistola delante, me he dado cuenta con una claridad brutal.
—Me quieres, pero no quieres dejar a Kilian para estar conmigo.
—La cobardía me puede, supongo. —Por fin una verdad. Tal vez de las pocas de esa conversación.
—¿Dentro de unos años? ¿Cuando las niñas sean mayores?
—Dentro de unos años. Cuando todo sea más fácil.
A Omar le tembló la barbilla antes de que los ojos se le llenaran de lágrimas. Tendría que conformarse con los restos del pan, con los ratos furtivos y con el amor a medias. Hasta dentro de unos años. A Gabriela también se le rompía el corazón. Pero, fríamente, era lo mejor. Al menos para ella.
Antes de que Omar entrara en la habitación, ella había decidido contarle un secreto que llevaba años guardando.
Creía que, si ella moría, él debía saber que era el padre de Paula.
Ya es mala suerte hacerlo una vez al año y dar en la diana.
Pero así fue. Y ella, después del aborto con poco más de veinte años que hizo saltar por los aires su historia, decidió tener a la hija de Omar, que Kilian le hiciera de padre y que ninguno de los dos supiera nada.
De hecho, ella era la única persona en el mundo que lo sabía.
Si secreto de dos, sábelo Dios, y secreto de tres, de todos es, Gabriela prefirió no asumir ningún riesgo.
No tenía sentido remover el pasado. Omar ni siquiera se había atrevido a contarle a Alba que, una vez al año, quedaba con una mujer para echar un polvo. ¿Qué iba a hacer con la noticia de una hija adolescente a la que no había visto crecer?
«Me habría gustado mucho tener un hijo contigo», le había dicho Omar en el Michael Collins, y ella se hartó de llorar.
Ahora era él el que lloraba. Al verlo abatido y entender el terremoto que le había provocado, decidió que esa verdad tan incómoda de contar e imposible de justificar siguiera guardada bajo la llave de su silencio.
Era lo mejor. De nuevo, lo mejor al menos para ella.