Capítulo 49
Mirar a la muerte a los ojos hace que te lo replantees todo y que las convicciones que tenías grabadas a fuego se conviertan en papel mojado.
Profesionalmente, de ese mal trago había sacado información lo bastante valiosa para que Makaroff reafirmara la apuesta por ella y hacer realidad su sueño de ser directora de Investigación de La Tribuna .
No rompería el pacto con Toni, por descontado.
No era idiota. Pero simplemente cumpliéndolo ya tenía más que suficiente para conseguir su objetivo.
Volvía de Francia con un buen botín: los trapos sucios de una consejera y los de una eminencia médica.
Dos tótems de la ciudad. Cuando Makaroff viera el material que llevaba, se lo metería en el bolsillo.
En el plano sentimental, la cosa era bastante más enrevesada. En el fondo siempre lo es; el corazón no hace más que complicarle la vida a la razón. Las cosas son así y no van a cambiar.
Durante todo el tiempo que había pasado al borde del precipicio, atada en la silla, había pensado mucho en Paula y en Emma.
¿Cómo lo vivirían? ¿Qué recordarían de ella?
¿Qué sería de ellas? ¿Quién las cuidaría?
El momento de responder a esta última pregunta fue el único instante de la noche en el que tuvo presente a Kilian.
Era un buen padre, un buen marido, una buena persona, pero allí, encañonada y viéndole las orejas al lobo, Gabriela solo pensó en Omar.
Su marido había sido un actor secundario en esa tragedia.
El mejor, sin duda, pero actor secundario al fin y al cabo.
Quedar una vez al año en un hotel para follar como conejos y después doce meses de silencio y ausencia era una manera ordenada de domesticar el deseo y al mismo tiempo una manera cobarde de no romper nada.
Pero esa madrugada en la carretera, con la resaca de lo que había vivido, se dio cuenta de que ese pacto no tenía sentido.
Había visto el final de la vida tan cerca que estaba convencida de que tendría el aliento de la muerte pegado a la nuca durante mucho tiempo.
Y, cuando has asomado la cabeza por el abismo, las prioridades y los calendarios cambian.
Llegó a Barcelona cuando la mañana empezaba a despertarse y el cielo mutaba a un anaranjado como brasa viva que encendía el día.
Decidió que no volvería a casa y se dirigió hacia la zona del Fòrum.
Una vez allí, entró en el parking del Hilton Diagonal Mar, delante del centro comercial y a cuatro pasos de la playa.
En Barcelona, sin reserva y en un hotel de cuatro estrellas, el sablazo sería de los buenos, pero ¿para qué existían las tarjetas de crédito si no era para situaciones como esa?
Mientras subía en el ascensor, sentía esas cosquillas en la boca del estómago. Sí, esas. Quien las ha vivido, aunque sea una vez, ya sabe cuáles son. Caminó por el pasillo alfombrado hasta la habitación. Una vez dentro, dejó el bolso en el suelo y envió un mensaje breve a Omar.
Estoy en la habitación 2178 del Hilton Diagonal Mar Barcelona. Ven ahora mismo, por favor. Necesito verte. Es urgente
Después se preparó un café muy cargado y pidió que le subieran algo de comer.
Ese día no podría dormir y lo sabía. Demasiados nervios, demasiada tensión, demasiadas ganas de recuperar unos ratos que nunca debería haber dejado escapar.
De vez en cuando la vida ofrece segundas oportunidades, y ella, que se había quedado a un paso de no contarlo, iba a aprovecharlas.
Se duchó muy despacio, dejándose envolver por el vapor. El agua caliente le resbalaba cuerpo abajo: por la espalda, por el vientre, por los muslos, como si quisiera deshacerse del miedo pegado a la piel. Pero sabía que no era cuestión de una simple ducha. Estas cosas exigen más tiempo.
Con el pelo empapado y un albornoz por encima, esperaba con el corazón acelerado, tumbada en la cama y con el Canal 24 horas en la televisión. Lo oía, pero no lo escuchaba. Estaba pendiente de la puerta.
Cogió el móvil para ponerse al día de los mensajes.
WhatsApp, nada. Telegram, nada. Aunque en el correo electrónico sí tenía novedades.
Parecía una broma de mal gusto que precisamente esa mañana, después de la noche que había pasado, recibiera la respuesta del perito caligráfico atestando que el certificado médico de defunción de David Blanc no lo escribió el doctor Josep Solé Asensio porque la grafía no coincidía con la de los demás certificados.
Resopló negando con la cabeza. Habría agradecido saberlo antes, pero al menos tenía la prueba.
En ese momento no se planteó si el documento le sería útil porque oyó los dos golpes en la puerta que estaba esperando. Eso sí era realmente importante.
Dejó el albornoz en el lavabo y, totalmente desnuda, abrió la puerta. Durante una fracción de segundo, Gabriela y Omar se miraron como si quisieran comprobar que el otro era real, que estaba allí, que iba a pasar lo que iba a pasar, aunque no hubiera transcurrido un año desde la última vez.
—¿Qué pasa? ¿Qué es tan urgente?
La respuesta de ella fue cogerlo por la pechera y arrastrarlo hacia dentro plantándole un beso en los morros casi desesperado. Sin dejarle hablar, lo llevó hasta la cama mientras lo desnudaba a toda prisa. Follar. Eso era tan urgente.