Capítulo 48
Eran más de las doce de la noche y Gabriela seguía atada a la silla. Tenía los brazos entumecidos y la cabeza no dejaba de darle vueltas anticipando escenarios que apenas unas horas antes le habrían parecido inverosímiles.
Toni García pasó un buen rato escudriñando el móvil de la periodista y apuntando un montón de cosas en su portátil. El silencio se prolongó, no sabría decir cuánto. A Gabriela se le hizo eterno. Al final, el doctor cerró el portátil y con un gesto teatral dejó un lápiz de memoria en la mesa.
—Aquí —lo señaló con el dedo— tienes las pruebas de dos noticias que quiero que publiques.
La primera, que la autoría del descubrimiento del algoritmo genético clave para identificar el riesgo de infarto es del «difunto» doctor Toni García, no de Jesús Maria Barceló, como él falsamente ha ido proclamando.
Encontrarás muchísimos documentos que lo acreditan.
—¿Y la segunda?
—El ICIB ha recibido una morterada en subvenciones desde que Sara Mauri es la consejera de Sanidad.
No es porque a esta mujer le interese mucho la cardiología.
Ni empezó a dárnoslas porque le cayéramos especialmente simpáticos.
De hecho, no podía vernos ni en pintura.
Pero monté un plan para tenerla bien pillada…
Y funcionó. Joder si funcionó… Todos tenemos una debilidad.
Yo solo tuve que encontrar la de Sara Mauri.
Aquí —levantó el lápiz de memoria esbozando una sonrisa que ríete tú de Maquiavelo— también está la grabación clandestina de una fiesta sexual en la que no se ve a su marido por ninguna parte y en la que ella está bastante entretenida y digamos que activa.
Ya lo verás tú misma. La guinda del pastel es que a la señora perfecta se la ve metiéndose unas rayas de cocaína de la hostia.
Esta mujer, tú lo sabrás mejor que yo, apunta a presidenta.
Pero, a juzgar por vuestra línea editorial, no sé si es mucho de la cuerda de La Tribuna . Para vosotros será fácil. ¿Queda claro?
—Como el agua.
—Publica estas dos noticias y no te pasará nada. Recuerda que ahora lo sé todo de ti. —Toni volvió a meterle el teléfono en el bolsillo—. Y ya sabes cómo las gasto con quien me la juega. ¿Me has entendido?
Lo había entendido, evidentemente. Los términos del pacto estaban muy claros. Todavía con la pistola en la mano, Toni la desató, le dio el lápiz de memoria y la acompañó hasta la entrada de la casa.
—Lárgate de aquí.
Entonces, de repente, la puerta se abrió y Gabriela salió disparada, corriendo como si no hubiera un mañana.
Sin mirar atrás, con el corazón desbocado, con los pulmones ardiéndole en el pecho, que hasta entonces había encerrado su miedo.
Las piernas, temblorosas, se movían tan deprisa que los talones le tocaban el culo.
Había pasado horas atada a una silla con el cañón de una pistola apuntándola como un ojo negro que todo lo ve y que todo lo sabe.
Toni García le había registrado el móvil y lo sabía todo de ella: dónde vivía, dónde trabajaba ella, dónde Kilian, dónde vivían sus padres, a qué escuela iban sus hijas, su número de cuenta corriente, el del DNI … Todo. La privacidad hecha pedazos. Y, a partir de esa noche, una amenaza sobre ella.
En plena madrugada, en Vailhauquès el silencio era granítico.
Había dejado media calle de chalés atrás y seguía corriendo sin freno.
La niebla baja había teñido la noche y daba un tono blanquecino a la luz de las farolas.
De la boca le salía vaho de un aliento que tenía sabor a resurrección gracias a un pacto con el diablo.
Un diablo renacido y misericordioso que le había perdonado la vida.
A otras les había arrancado el corazón. La caja de regalo tenía cinco espacios, pero solo tres corazones. Seguramente dos estaban en camino.
Siguió corriendo sin mirar atrás. No pensaba hacerlo.
Había estado a un palmo de la muerte. Le habían abierto la puerta para mostrarle lo que había al otro lado.
Era feo. Angustioso. Por la manera en que se habría marchado, por todo lo que habría dejado.
Paula y Emma, huérfanas de madre. Las tenía en la cabeza en todo momento; risueñas, dormidas, soplando las velas de cumpleaños.
Las vería cumplir años a cambio de publicar lo que le había dicho, de hundir dos vidas.
Un precio bajo por salvar la de sus hijas.
Durante mucho rato había creído que era el final.
También había pensado en Omar, en su voz, su olor, en la sensación cuando la rodeaba con sus brazos. Lo quería, hostia. Mucho.
Cuando empezó a subir la colina, se dio cuenta de algo y fue como si le clavaran la aguja de los remordimientos en medio del corazón: en ningún momento había pensado en Kilian. Como si el miedo hubiera borrado su nombre. El nombre de un buen hombre, de un buen padre.
Llegó al coche. Entró, cerró la puerta de un golpe, lo puso en marcha deprisa, primera y gas a fondo para largarse de ese infierno.
La goma de las ruedas luchó unos instantes por encontrar adherencia en el asfalto húmedo.
Cuando dejó de chirriar, el coche se estabilizó hasta coger velocidad en la carretera.
Con las manos rígidas en el volante, todavía hiperventilaba, pero cada vez con menor intensidad. Había salvado el pellejo. Lo que había vivido esa noche era fuerte. Muy fuerte. Quizá lo más fuerte de su vida. Si eso no era periodismo, ¿qué lo era?
Se palpó el pantalón por encima del bolsillo.
Notó que estaba húmedo e instantáneamente el olor a orina escaló hasta sus fosas nasales.
El resultado fue un escalofrío de esos que ella, tan escrupulosa, tardaría en olvidar.
Sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la bandeja de delante del cambio de marchas.
Tenía el móvil. Menos mal. Toni, eso sí, había borrado delante de ella todas las fotos que le había hecho en la cocina desde el exterior.
Gabriela pensó que en el portaequipajes tenía la cámara de fotos, y en ella un magnífico primer plano del renacido doctor.
Un buen as en la manga. Que nunca se sabe.
Toni quería que ella fuera su caballo de Troya.
No pensaba desperdiciar el regalo que le había hecho el destino para conseguir sus objetivos desde un altavoz de reputación inmaculada como La Tribuna .
La lista era corta. Objetivo uno: destruir la principal fuente de financiación del ICIB cargándose a Sara Mauri y la labor de su gobierno.
Entre los efectos de su caída estaba el fin de las subvenciones desmedidas que recibía el instituto a cambio de mantener oculta la grabación de la fiesta sexual con cocaína.
Adiós carrera política, adiós chantaje. Objetivo dos: destruir la imagen pública de Jesús como cardiólogo de referencia mundial.
Dos bombas informativas. Dos ejecuciones públicas.
Y una promesa: si hablaba con la policía, tanto ella como su familia lo pagarían muy caro.
El cardiólogo huido podría haber seguido con su vida tranquilamente en la piel de David Blanc, pero ¿qué me dices del afán de venganza? Eso sí mueve montañas, tanto o más que la fe. Era demasiado poderoso. Lo cierto es que a cada uno le aprieta el zapato en un sitio diferente.
No quería pasar ni un minuto más de los necesarios en Francia.
Necesitaba volver esa misma noche. Eran las dos y media de la madrugada y la carretera oscura se eternizaba ante ella, pero no pararía en ningún hotel de carretera.
Quería llegar a Barcelona cuanto antes. Necesitaba hacer algo que no podía esperar.