El quinto corazón Capítulo 47
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Capítulo 47

Gabriela se encontró atada en una silla, en una habitación con las persianas bajadas y la puerta cerrada. Solo una lámpara de sobremesa dejaba en penumbra el rostro del resucitado doctor Toni García.

—Me habrás visto mirando el móvil.

Gabriela asintió.

—Me ha saltado la alarma —le dijo levantando el aparato—. Tengo cámaras fuera. Como has podido comprobar, aquí es difícil que alguien te oiga. Además, los de al lado no están. Aun así, si gritas o montas un espectáculo, te amordazo. ¿Entendido?

Gabriela volvió a asentir con la cabeza.

—¿Estás más tranquila?

Y se lo preguntaba un tío pistola en mano. Tranquilísima, no te jode. Aunque se sentía incapaz de controlar el temblor, Gabriela volvió a asentir. No tenía demasiada elección.

—¿Quién eres?

—Me llamo Gabriela Palau. Soy periodista de La Tribuna .

—Supongo que si estás aquí es porque sabes quién soy.

—El doctor Toni García. —La voz le tembló mucho más de lo que habría querido.

—Tú eres la que entrevistó a Jesús, ¿verdad? —El médico no había tardado en atar cabos.

—Sí.

—¿Cómo está?

—Jodido. Muy jodido, la verdad. Está ingresado en el Sant Jordi.

—«Misma estatura, mismo grupo sanguíneo. Somos iguales. Como gemelos» —recitó en tono burlón—. Se ha pasado la vida diciendo que éramos iguales, pero él siempre fue el débil de los dos… Dime, ¿cómo has sabido que estaba vivo?

—Acabo de descubrirlo.

—¿Cómo has localizado este sitio?

Gabriela sopesó mentir, pero era absurdo improvisar una historia verosímil que Toni García se tragara.

—Gracias a una hacker. Tranquilo, no sabe quién eres. Hace unos días recibiste un boletín informativo de La Tribuna con varias noticias. La principal decía que la policía investigaba desapariciones de personas en los hospitales durante el covid.

—Y cliqué… Era un anzuelo y lo mordí.

—Te conectaste desde aquí y desde el hospital. Reducir el radio en una zona tan despoblada como esta ha sido relativamente fácil.

—Así que sabes que trabajo en el hospital.

—Al verte he atado cabos. ¿Puedo preguntarte qué haces allí?

—Pues de cardiólogo, que es lo que soy. Es un hospital privado. Habría preferido uno público donde poder investigar, pero no sé si habría colado la historia de David Blanc con papeles falsificados. Digamos que los controles en unos y otros son diferentes. Cuéntame qué haces aquí.

—Todo empezó por casualidad. Me enteré al mismo tiempo que la policía de que Jesús Maria Barceló había recibido tres corazones humanos por su cumpleaños.

—No creo en las casualidades. ¿Cómo te enteraste a la vez que la policía? —Levantó la pistola.

—Me estaba follando a un mosso cuando dieron la alerta. ¿De acuerdo?

—Sigue. —La respuesta pareció convencer a Toni.

—Negocié con el ICIB suavizar la noticia a cambio de una entrevista. El caso es que seguí con la investigación y descubrí que un tal David Blanc Fernández se había marchado por voluntad propia del Sant Jordi en pleno pico de la primera oleada del covid, y que fue precisamente el día de tu muerte.

—Y eso te hizo sospechar… Como puedes suponer, David Blanc está muerto.

Gabriela asintió con el corazón en un puño.

—No lo maté yo. Murió de covid en el hospital.

Pero, una vez muerto, todo encajaba para que yo adoptara su identidad.

Pillé covid, sí. Y estuve ingresado como uno más.

Estuve jodido. Mucho. Supe desde el primer momento que tenía que luchar por mi vida para sobrevivir a ese mal bicho.

A mi lado estaba David Blanc. Cuando aún podía hablar, las enfermeras le ofrecieron hacer una videollamada a sus familiares.

Era como decirle: chato, despídete, que te quedan dos días.

Pero él dijo que no. Y eso me llamó la atención.

Dijo que apenas tenía familia, que con la poca que le quedaba no se hablaba y que sus amigos le habían dado la espalda.

Gracias a una conversación entendí que había estafado a todo su entorno por una deuda de juego.

El caso es que los días fueron pasando y el covid fue avanzando.

Durante el primer pico de la primera oleada, la situación en el Sant Jordi, como en todos los hospitales, era de una tensión extrema y casi insostenible.

En urgencias estaban desbordados, con una entrada constante de pacientes con graves dificultades respiratorias.

La UCI llegó rápidamente al límite y hubo que improvisar otros espacios, incluso en los pasillos, para poder atender los casos más críticos.

El personal sanitario trabajaba en condiciones muy duras: jornadas interminables, sin descanso y con una tensión emocional enorme por la cantidad de enfermos y sobre todo de muertos.

Todo estaba saturado. Todo. Aquello era un infierno.

Y, lo más importante, todos los sanitarios iban con aquellos EPI . No se les veía la cara.

La mente de Gabriela recuperó imágenes de los sanitarios durante la pandemia con los equipos de protección individual, con mascarilla, pantalla facial, gafas de protección, mono protector, guantes desechables, gorro para cubrir el pelo y cubrezapatos. Un disfraz necesario.

—Yo estaba jodido, pero al principio de la pandemia había pacientes que un día estaban bien y al siguiente morían.

—Y resultó que tú estabas mejor y David Blanc murió.

—Exacto. Me di cuenta de que había muerto y pensé que era mi oportunidad. Éramos más o menos de la misma edad y teníamos un parecido razonable… Y por allí andaba un doctor nuevo, muy jovencito, un tal Josep Solé…

—Asensio.

—Correcto, Josep Solé Asensio. Veo que has hecho los deberes.

—Era pediatra —puntualizó Gabriela corroborando que efectivamente los había hecho.

—Exacto. Aunque en esos momentos no había especialidades.

Todo el mundo se dedicaba al covid. Daba igual que fueras cardiólogo, pediatra o estomatólogo.

Me fijé en el garabato con el que firmaba y en su número de colegiado.

Hice mi certificado de defunción con su nombre.

En aquellos días se firmaban como churros.

Era más probable que él, joven y pediatra, tuviera presentes los nombres de pediatras de referencia, no de cardiólogos.

Que mi nombre fuera tan común, Antonio García García, seguro que ayudó.

Solo tuve que esperar a que lo metieran en una bolsa mortuoria, falsifiqué el certificado médico de defunción, cambié mi documentación por la suya y me largué de allí. Con el EPI , no me reconoció nadie.

—¿Así? ¿Sin más?

—¿Sabes el puto caos que había allí? Tenían un certificado en el que ponía Antonio García, la documentación, y ni Dios abría las bolsas mortuorias una vez cerradas para que no se esparciera el virus.

No sé cómo es una guerra, pero poco le faltaba.

Puedo garantizarte que hay un montón de personas enterradas donde no les corresponde.

O incineradas sin que tuvieran que estarlo.

Aquello era el fin del mundo, te lo puedo asegurar.

Había cuatrocientas muertes diarias, los hospitales no daban abasto y todo el mundo estaba acojonado.

—¿Y el cuerpo de David Blanc?

—Pues lo que hacían con todos los cuerpos.

Lo metieron en una bolsa mortuoria y después en un ataúd.

En aquella fase de la pandemia no se abrían los ataúdes por miedo a que se extendiera el virus.

No se hacían autopsias. No se aceptaban donaciones de órganos.

Recuerda que se decretó el estado de alarma.

Era un regalo para alguien que quería huir.

Robé un montón de medicinas del hospital, pasé por mi casa, cogí todo lo necesario y me largué.

—Y vives como David Blanc.

—Exacto. Él tenía el pelo largo, barba y llevaba gafas. A mí, sinceramente, ya me va bien para pasar desapercibido.

—¿Y si alguien descubre quién eres en realidad?

—No lo hará. Llevo años moviéndome con identidades falsas. Tengo documentación para cruzar fronteras, alquilar pisos, abrir cuentas bancarias… Lo necesario para desaparecer cuando conviene.

—Y entonces te instalaste en Francia.

—Exacto. De chaval estudié en el Liceo Francés. Hablo el idioma perfectamente. Incluso puedo hablarte en patois o bourgeois con toda naturalidad.

—¿Por qué huiste?

—A estas alturas seguramente ya sabes que no me llevaba nada bien con Jesús y Carla.

Ellos dos engatusaron a Rosa Vila, Olga Mir, Montserrat Casanovas y al idiota de su marido, Santi Nadal, para que me denunciaran.

Dos médicos, una enfermera, dos pacientes y un familiar con una misma versión.

Admito que no lo vi a venir. Hijos de puta…

Utilizaron a los San Isidoro como moneda de cambio.

Trasladamos a la matriarca y os quitamos al tarado de Yuri Casasín de en medio, que os tiene a todos acojonados, pero a cambio declaráis en contra del desgraciado de Toni García.

—Las acusaciones eran muy graves.

—Jesús y Carla querían borrarme del mapa enviándome a chirona. Después de que yo huyera, pasó algo que nunca podré perdonar. Nunca.

—¿El qué?

—Jesús me robó mi descubrimiento: el algoritmo genético clave para identificar el riesgo de infarto. Todos los premios, los reconocimientos… eran míos. Jesús es un puto farsante.

Toni negó lentamente con la cabeza. Demasiados años sacrificados para la gloria de otro. Todo aquello se extendía a cámara lenta como una pesadilla de la que no podía escapar. Pero siguió hablando con una voz que le salía de un lugar más tenebroso y profundo que el rencor.

—Me birló el algoritmo, el muy hijo de puta.

Era mío y se lo agenció. Siempre se creyó el listo de los dos y resulta que el descubrimiento lo había hecho yo, pero…

yo había muerto, así que no podía hacer nada.

Me lo robó delante de mis narices. Y Carla, mi ex…

, por putearme estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario.

Querían quedarse como amos y dueños de todo.

Con las acusaciones que tenía en mi contra, sabía que tenía las de perder, pero estalló el covid y lo cambió todo.

Gabriela prefirió no preguntar si las acusaciones eran ciertas o no. No jugaría a esa ruleta.