Capítulo 46
Un carrusel de imágenes se paseó por la cabeza de Gabriela: el busto en la entrada del ICIB , el comunicado de la alcaldesa de Barcelona anunciando que una calle llevaría el nombre de Toni García, Jesús Maria Barceló homenajeándolo en la gala De Todo Corazón y, por supuesto, la portada de La Tribuna informando de su muerte en pleno pico de la pandemia de covid.
Y después de las imágenes llegó el turno de las suposiciones, claro.
En esos instantes Gabriela dio un buen puñado por ciertas: que David Blanc Fernández estaba muerto, que habían suplantado su identidad, que las acusaciones de Olga Mir, Montserrat Casanovas y Rosa Vila contra Toni García se ajustaban a la realidad y que el doctor estaba detrás del envío de los tres corazones a Jesús Maria Barceló.
Según Helena Soto, ambos se odiaban a muerte. Todas las piezas encajaban.
El aire de la noche le cortaba la respiración en cada bocanada y le resecaba la garganta hasta dejarla como si fuera de metal oxidado.
Gabriela dirigió la mirada hacia la casa.
La luz de lo que intuía que era la sala de estar se apagó y se encendió otra en una esquina.
Desde su posición en la colina no podía ver lo que pasaba en el interior.
El trabajo allí arriba, hasta entonces refugio y mirador, había terminado.
Pero quería más; quería dejar a Makaroff sin palabras, y para eso necesitaba más imágenes.
Gabriela dejó la cámara de fotos bajo la cubierta de la rueda de repuesto, en el portaequipajes del coche.
Con una cámara de profesional no podría disimular si la pillaban rondando por allí.
Se ajustó el abrigo, palpó el bolsillo para comprobar que llevaba el móvil y empezó a bajar la colina.
Sus pasos, cortos y seguros, no hacían ruido sobre el césped húmedo, pero Gabriela los oía como si se ramificaran piernas arriba hasta cada rincón de su cuerpo.
Se plantó delante de la casa. La verja, delgada, parecía más ornamental que defensiva.
La rodeó sin prisas, como lo haría una persona que ha sacado a pasear al perro para desconectar de una larga jornada laboral.
Caminó hasta la esquina de la casa. Como era la última de la calle, allí no la vería ningún vecino.
No estaba a la vista de nadie. Detrás de ella solo había bosque.
Se acercó silenciosa como una serpiente.
Protegida por la oscuridad y desde detrás de la verja, vio al doctor a través de la ventana de la cocina iluminada.
Lo tenía a unos quince metros como máximo.
Aunque llevaba el pelo más largo, por los hombros, la barba un poco descuidada y las gafas, era él sin ninguna duda.
Toni García se movía con calma. Llevaba una camiseta oscura remangada.
Un hombre cualquiera en una noche cualquiera preparando la cena.
Una situación cotidiana que se repetía en ese mismo momento en millones de hogares de Europa.
Gabriela levantó el móvil con cuidado, se aseguró de no tener el flash conectado y la cámara enfocó.
Después disparó una ráfaga de fotos, una detrás de otra.
En la cocina había una olla en el fuego.
De ella ascendía lentamente vapor hacia la campana extractora.
De repente, Toni García se quedó quieto, como si un ruido lo hubiera alertado de algo.
Gabriela, camuflada en la oscuridad, contuvo la respiración.
Entonces, con un gesto brusco, el doctor se metió la mano en el bolsillo y sacó un móvil.
Miró el teléfono unos segundos, concentrado.
Deslizó el dedo por la pantalla. Movió los labios, pero Gabriela no podía oír nada desde fuera.
Se dio la vuelta y salió de la cocina. Gabriela mantuvo su posición. No movió ni una pestaña, por si acaso. El instante iba sumando segundos y Toni García no volvía a la cocina.
Un minuto.
Dos.
La calle seguía vacía y en silencio. Solo el susurro del viento entre las vallas parecía tener derecho a pronunciarse.
Fue de repente, por detrás, a traición. El frío metálico del cañón de una pistola contra su sien. Gabriela se quedó petrificada y el mundo se redujo a ese punto de hielo sobre su piel.