Capítulo 45
Gabriela empezó la guardia desde lo alto de la colina, con el cuerpo encogido dentro del abrigo y las manos enterradas en los bolsillos, como si así pudiera protegerse no solo del frío, sino también de la sensación absurda de estar perdiendo el tiempo.
La monotonía se rompió hacia las cinco de la tarde, cuando el paisaje se movió: una mujer con dos niños, una pareja joven, la compra del súper a domicilio.
Movimientos breves y rutinarios, pero ninguno que encajara con la descripción de David Blanc, el hombre de más de cincuenta años que había huido del hospital Sant Jordi en pleno pico de la pandemia.
El tiempo se alargaba con una lentitud irritante y la noche iba cayendo poco a poco.
El silencio se volvía más denso a medida que el cielo se oscurecía, pasó de gris ceniza a negro, y las farolas se encendieron proyectando círculos de luz amarillenta sobre el asfalto húmedo.
Gabriela resopló y un vaho apareció como una nube breve y suave que se deshizo de inmediato tragada por el aire frío.
El tiempo pasaba y Gabriela volvió a decirse de todo.
Idiota fue lo más suave. Justo cuando empezaba a dudar, vio unos faros acercándose a la última casa de la calle.
El coche, un monovolumen negro, aparcó delante.
Gabriela sintió que los latidos del corazón le golpeaban las sienes.
Cogió la cámara a toda prisa. A través del objetivo vio que un hombre bajaba del vehículo y lo cerraba de un portazo.
Estatura media, atlético, gafas, greñas y barba plateadas.
Se ajustaba perfectamente al perfil. El obturador de la cámara fotográfica empezó a sonar.
—Date la vuelta, vamos, date la vuelta… —susurró para sí misma casi como una súplica.
Y los ruegos de Gabriela se hicieron realidad.
El hombre se giró, miró el mando del coche y pulsó un botón.
Lo cazó de lleno justo cuando los cuatro intermitentes se iluminaban.
Dios se lo pague. Después entró sin prisas en la casa.
Desde la colina, Gabriela vio que las luces se encendían, una tras otra, y el interior de la vivienda cobraba vida.
Revisó las fotos en la pantalla de la cámara.
Una, dos, tres… Todas eran bastante nítidas.
De repente, una intuición llamó a su puerta y su afilado olfato periodístico arrugó la nariz.
Hizo zoom en la foto que le había hecho de frente, mientras David Blanc cerraba el coche.
Examinó la imagen con detenimiento, concentrada, entrecerrando los ojos y fijando la mirada en cada detalle.
Comparó esas facciones con el catálogo de rostros conocidos que su memoria le ofrecía y una sacudida le recorrió cada centímetro de la columna vertebral.
Contuvo la respiración antes de quedarse un segundo en shock.
Un chasquido de dedos interior la hizo reaccionar.
La adrenalina, tal vez. Rebuscó en el bolsillo hasta encontrar el móvil.
Una rápida búsqueda le bastó para confirmar que sus sospechas eran ciertas.
Dado que últimamente se había documentado para redactar las noticias sobre el ICIB , era un rostro que tenía muy presente.
Comparó imágenes una vez más colocando la pantalla del teléfono y la de la cámara digital una al lado de la otra.
Estaba cambiado, sí. El pelo largo, la barba y las gafas le daban un aire diferente, pero tenía la misma mirada, la misma pose, la misma nariz y el mismo lunar rojo por encima de la ceja.
Todo coincidía. El caso adquiría una nueva dimensión.
El hallazgo le cayó encima con todo el peso de un muerto que vuelve. De repente, la realidad era mucho más oscura de lo que había imaginado.
—Veo que estás vivo, doctor Toni García.