El quinto corazón Capítulo 44
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Capítulo 44

Barcelona-Montpellier. Un trayecto de unas tres horas y media que Gabriela, que no pasaba de los ciento diez kilómetros por hora, seguro que alargaría hasta cuatro y pico.

Después de dejar a Paula y a Emma en la escuela, carretera y manta rumbo a Occitania.

Kilian se encargaría de las niñas. Unos días, le dijo.

Dos, tres, cuatro. Depende. Ya veremos, según cómo vaya todo.

Él, como siempre, amén, buena cara y tarifa plana.

Cuatro horas al volante eran una invitación formal a comerse la cabeza con la maraña sentimental que vivía.

Pensó en Kilian, en Omar y en el jardín en el que estaba metida desde hacía ya unos años.

Kilian era un buen hombre y un buen padre.

Las niñas lo adoraban y ella lo quería. Sí, le ponía los cuernos; físicamente una vez al año y mentalmente cada puto día de su vida.

Pero lo quería. Era un buen compañero de viaje.

Nunca le había fallado. En cualquier caso, poniéndolo todo en una balanza, no estaba dispuesta a plantearse la posibilidad de dejar de ver a Omar. Aunque fuera una vez al año.

Había procrastinado de forma sistemática lo de decidir qué camino seguir, y en ese momento, en la carretera, con un objetivo claro, tampoco iba a arreglar su vida.

Así que, una vez más, guardó el tema en el cajón de las decisiones pendientes.

Quería concentrar su energía en el asunto que tenía entre manos.

El lado oscuro del Sant Jordi y del ICIB serían el golpe de timón definitivo para consolidarse como la directora de Investigación de La Tribuna después del reinado de Rai.

Sabía que su figura tenía una sombra alargadísima y que sustituirlo no sería nada fácil.

No habían vuelto a hablar desde que se había jubilado, y lo cierto era que en un caso como el que tenía entre manos echaba de menos su visión.

Por primera vez no tenía a su mentor al lado y, quieras o no, afrontar sola una investigación sin esa red de seguridad llenaba la maleta de las dudas.

Podía llamarlo, quedar con él para tomar un café, contarle la situación y pedirle consejo, pero sabía que probablemente Rai y Makaroff seguían en contacto.

Si Gabriela trasladaba sus dudas a su antiguo jefe, no tenía la certeza de que no llegarían al director del periódico.

Con Rai tenía que mostrarse como una amiga, pero debía actuar como una espía.

Dominar el arte de la oportunidad.

Jugar con la necesidad y las fantasías de las personas.

Reglas de oro del poder. Y ella quería poder.

Solo tenía que jugar bien sus cartas. Si Makaroff necesitaba audiencia, ella se la daría.

Si existía la oportunidad de deslumbrarlo, ella lo haría.

Si tenía la fantasía de que las audiencias hicieran viable el periódico, ella sería la maga que lo haría posible.

Cuando todo esto ocurriera, se convertiría en la indiscutible directora de Investigación de La Tribuna .

Unos años y daría el salto a una gran cadena de televisión.

Reconocimiento profesional y pasta gansa.

Pero para conseguirlo debía ser eficaz en la ejecución de lo que tenía entre manos.

Las maquinaciones la acompañaron hasta que se encontró transitando por las carreteras estrechas y los campos amplísimos de las afueras de Vailhauquès, muy cerca de Montpellier.

Era la zona que le había indicado la hacker y que ella misma había seguido con el dedo en Google Maps.

Estaba casi despoblada. Una especie de vacío al margen de la ciudad.

Las únicas construcciones visibles eran una serie de chalés idénticos, alineados como soldados en formación.

Contó veinte de un extremo al otro de la calle.

Luego miró la hora. La una y media. David Blanc había clicado la newsletter desde esa zona en la franja horaria de la noche.

Si seguía el mismo patrón temporal, tenía tiempo para estudiar el terreno.

Aparcó lejos, con prudencia, y subió a una pequeña colina desde donde podía vigilar toda la zona residencial. Ninguna tienda, ni un alma por la calle. Nada. Una vez ubicada, bajó hasta los chalés. Veinte. Solo veinte. Será facilísimo, le había dicho Gemma. Cruzaba los dedos.

Se situó al principio de la calle y empezó a desfilar por delante de los chalés, uno detrás del otro.

Cada casa era una fotocopia de la anterior: construcciones sin alma, idénticas, con la misma distancia exacta entre puertas y ventanas, como si alguien —el promotor inmobiliario en este caso— hubiera querido borrar todo rastro de personalidad.

La verja que las rodeaba dejaba entrever fragmentos de jardín y parte del interior de las viviendas.

Se acercó a la puerta de la primera casa.

Tal como esperaba, los buzones mostraban los nombres de los habitantes.

Aquel detalle podía ayudarle a orientarse.

Era como encontrar una leyenda en un mapa.

Empezó a revisar las placas una a una: Dupont, Roux, Fabre, Giraud, Mistral, Arnaud, Vidal, Sabatier, Pujol…

Y así llegó a la decimonovena casa de la calle.

En los escasos metros que la separaban de la última puerta, su cabeza se situó en el peor escenario.

No puedes ser más ingenua, se dijo a sí misma.

Pero, cuando se plantó delante de la última puerta de la calle, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; un buzón desnudo, sin placa con el nombre.

Esbozó una sonrisa maliciosa. Si eres un fugitivo, ¿pondrías tu nombre en un buzón?