El quinto corazón Capítulo 43
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Capítulo 43

Gabriela salió de La Tribuna , en pleno centro del Portal de l’Àngel, como si transitara en una corriente de histerismo empujada por el afán de gastar, gastar y gastar.

Sin sentido, que de eso se trata. Black Friday, Cyber Monday, Navidad, Reyes, rebajas de invierno, días sin IVA y, por si aún quedara algo de dinero en el bolsillo, las grandes superficies anunciaban a bombo y platillo que ya era primavera —gracias por informar— con ofertas para caerse de culo.

Vivan las tradiciones importadas o autóctonas si todo euro que vuela va a la cazuela.

Te lo mereces, cuídate, tú lo vales, te sentirás mejor.

Cualquier eslogan que levantara la autoestima hacía diana en el objetivo de ablandar al consumidor para que dejara las tarjetas de crédito más secas que la mojama.

Las marcas, que de estas cosas saben mucho, aderezaban las tiendas con escaparates impecables, promesas de novedad y música repetitiva a todo trapo para fomentar las compras impulsivas.

Neuromarketing, así lo llamaban. Y a los trabajadores que se pasaban ocho horas encerrados en la tienda por cuatro duros (o tres) que los zurzan.

Gabriela caminaba a contracorriente. Gemma, la hacker, le había pedido que se vieran. Trae la pasta, añadió. Así que el trabajo ya estaba hecho. Faltaba saber si había salido cara o cruz.

Tiró por la calle Santa Anna hasta las Ramblas y, después de cruzarlas, se adentró por las calles estrechas y laberínticas del Raval: una mezcla constante de culturas, olores, comercios tradicionales y arte urbano con una densidad de población equiparable a la de Manila y Hong Kong, y que superaba de largo a la de Manhattan, que se dice pronto.

Tras recorrer las calles Bonsuccés, Elisabets y Montalegre, entró en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, uno de los recintos más importantes de la ciudad, dedicado a la difusión de la cultura y el pensamiento contemporáneos, situado en la Antiga Casa de la Caritat.

Al entrar, el ruido y el bullicio se quedaron atrás.

El Pati de les Dones, en forma de U, la recibió con una quietud inesperada.

La rodeaban tres paredes decoradas con cerámicas novecentistas y un cuerpo prismático acristalado e inclinado que se alzaba treinta metros.

Avanzó por el patio oyendo sus propios pasos resonar hasta que, al fondo, sentada en un banco de piedra, encontró a Gemma, que la esperaba.

—Llegas estresada.

—Es lo que tiene atravesar el centro. ¿Por qué hemos quedado aquí?

Gemma señaló con la barbilla un cartel de la exposición «Tatuaje. Arte sobre la piel» y levantó sus dos brazos tatuados. Gabriela asintió y se sentó a su lado.

—Quería venir y he visto que La Tribuna estaba cerca de aquí, así que…

—¿Ha clicado? —A Gabriela se la comía la curiosidad.

La hacker se quedó con la mano suspendida, abriendo y cerrando los dedos con insistencia. La periodista sacó un sobre del bolsillo y aflojó la pasta. El dinero es el que manda. Maldito sea. Hay cosas que siempre serán igual.

—¿Ha clicado? —insistió.

Gemma asintió con la cabeza, y una sensación de alivio recorrió a Gabriela por dentro. Estaba un paso más cerca de eliminar el término «interina» de su cargo en el periódico.

—Cuéntame cómo ha ido.

Qué manía la de esa periodista de hablar de cosas de las que no sabía absolutamente nada. Gemma habría podido explicarle que la API tenía una base de datos que filtraba hasta encontrar una ubicación aproximada. Pero la hacker optó de nuevo por la condescendencia.

—A ver, para que lo entiendas, como si fueras una niña de cinco años…

—Dime… —Por el tono no lo pareció, pero a Gabriela esa puntualización le tocó bastante la pera.

—No tengo tiempo para explicarte nociones básicas de ciberseguridad, ni qué es un servidor Ubuntu, el XAMPP o una API . Yendo al grano, lo que te interesa: tengo una ubicación bastante aproximada. David Blanc Fernández está en la zona de Montpellier.

—¿En Montpellier?

—Francia.

—Ya sé dónde está Montpellier.

La hacker buscó en su bolso y sacó una hoja DIN A 3 con un mapa de la ciudad occitana.

—Tu hombre clicó la noticia dos veces. La primera desde aquí.

—Señaló en el mapa—. Vailhauquès, una zona residencial de las afueras, poco poblada.

Desde esta ubicación, si miramos la ventana temporal, se conectó por la noche.

Creo que será facilísimo encontrarlo. He mirado la zona en Google Maps.

Es solitaria y hay varios chalés, pero no muchos. Calles tranquilas, nada de multitudes.

—¿Y la segunda ubicación?

Gemma señaló con el dedo otro círculo dibujado en el otro extremo del mapa.

—Desde aquí se conectó por la mañana. En esta zona hay un IKEA , un McDonald’s, un centro comercial… Pero, por lo que buscas, creo que ya sé dónde está tu hombre.

—¿Dónde?

—Aquí. —Clavó el índice en el papel—. En el Hôpital du Millénaire.

Un hospital de Montpellier. Un barrio residencial de Vailhauquès. El círculo se había estrechado.