Capítulo 42
Por suerte, las habitaciones de hospital no cuentan historias. Muy pocas veces se viven alegrías en ellas, y lo que Jesús se disponía a hablar con Nelson y Carla tampoco era para lanzar cohetes.
—Quiero dejarlo todo listo para cuando me muera.
—No digas tonterías, Jesús.
—He visto a demasiados pacientes pasar por aquí y prefiero ponerme en el peor escenario. Ya sabes cómo soy. Ostras, qué rápido ha pasado la vida.
Detrás de la mascarilla de oxígeno, el labio de Jesús empezó a temblar, pero supo controlar el llanto. Él era quien siempre mantenía el tipo cuando las cosas se torcían y mantendría este papel hasta el día que se marchara.
—Carla, dile algo, por favor. —Esta súplica fueron las únicas palabras que supo encontrar Nelson.
El problema era que Carla, como Jesús, miraba la vida a través de los prismáticos de la ciencia, con los pros y los contras que comporta.
Saber demasiado te confronta con la realidad, lo que no siempre es una ventaja.
Ella entendía a Jesús. Las opciones disminuían cada día que pasaba y, como lo habían parido pragmático, necesitaba saber que todo estaba en orden para marcharse en paz.
Que pudiera cerrar los ojos por última vez con la tranquilidad de que la vida seguiría igual sin él.
—Nelson, la cosa está jodida —admitió Carla—. Tenemos que seguir luchando hasta el final, esperar a que llegue un donante, pero no podemos esconder la cabeza debajo del ala.
—Espera lo mejor, pero prepárate para lo peor, ¿verdad?
—Eso es, cariño.
A Nelson le resbaló una lágrima por la mejilla. Ver a Jesús en medio de esa jungla de plástico y metal, envuelto por sábanas ásperas y con la piel marcada por adhesivos, hacía que se le cayera el alma a los pies.
—Si no apareciera ningún donante y no saliera adelante, quiero tener claro que lo dejo todo atado.
Dos condicionales en la misma frase fue la brecha de esperanza que Jesús concedió a Nelson. El lenguaje daba estas herramientas para suavizar una hipótesis probable, y en ese caso más que segura, si el azar no ofrecía un golpe de suerte.
—He revisado papeles y, como sabes, te he puesto como cotitular en todas mis cuentas. Tengo un seguro de vida y… Bueno, aquello.
Se calló para no mencionar lo de Dubái delante de Carla. Dubái era igual a paraíso fiscal, paraíso fiscal era igual a dinero opaco, y dinero opaco era igual a conducta delictiva. Después vendrían las preguntas y, conociéndola, los reproches.
Jesús también quería dejar atada la custodia de su criatura. Y ya puestos, ese era un buen momento.
—Carla, tú y yo tenemos una conversación pendiente, ¿no crees?
Una especie de temblor suave recorrió el pecho de la cirujana, que enseguida se mezcló con una capa de nervios. Las conversaciones que tardan demasiado en llegar corren el riesgo de envenenarse, y aquella tenía la fecha de caducidad muy cerca.
—Sé que quizá se daba por hecho, pero tenemos que hablarlo. Si yo faltara —condicional—, querría que asumieras la dirección del ICIB . Así lo he dejado dispuesto en mi testamento. Me gustaría que aceptaras.
Carla ya creía que nunca iba a pedírselo, por previsor que fuera.
La propuesta se había hecho esperar. Vaya si se había hecho esperar.
Si Jesús no salía adelante, ella ocuparía su puesto.
Los instantes que dura un chasquido de dedos bastaron para convencerse de que las oportunidades llegan cuando llegan y de que el destino, cruel como él solo, puede ser tan cabrón que hace que cumplas tu sueño con la muerte de un amigo.
Siempre había estado a la sombra de Jesús y Toni, los dos grandes genios de la cardiología.
Silenciada por uno y agobiada por el otro.
Quizá pronto llegaría su momento. Alguna vez se había imaginado dirigiendo la nave del ICIB .
Por mucho que de puertas afuera lo hubiera negado, estaba claro que lo había hecho.
Eso supondría el salto definitivo en su carrera, se convertiría en uno de los referentes de la profesión.
El tema de las relaciones públicas, el circo de la gala De Todo Corazón y otras mandangas serían el precio que pagar por conseguir reconocimiento.
Era la heredera, estaba decidido. Anunciado con Nelson como testigo y sellado ante el notario en un testamento.
Supo contener bastante bien la sonrisa que le pedía el cuerpo y le contestó con toda solemnidad.
—Si llegara el caso, y si las cosas no fueran bien, puedes contar conmigo, Jesús. Sería un honor. Pero solo mientras te estuvieras recuperando.
Con tres condicionales, por aquello de no adelantar acontecimientos, que queda feo. Y mientras estuviera recuperándose.