Capítulo 41
La calle del Gran Capità hacía de línea divisoria entre el cuartel de El Bruch y la Universidad Politécnica de Cataluña.
A Gabriela le habían dicho que estuviera a las once en la parada de autobús situada en la frontera entre esas dos realidades aparentemente antagónicas: la militar y la universitaria.
En punto, le dijeron. Pues amén y allí como un clavo.
Por si acaso, un cuarto de hora antes ya había llegado.
Que nunca se sabe. Mejor quince minutos antes que tres después.
La mañana era agradable. La chaqueta era casi un estorbo, y los más osados se atrevían con ropa primaveral.
Un autobús se detuvo en la parada y bajaron un montón de jóvenes dispuestos a formarse para comerse el futuro.
Seguían el manual que les habían inculcado: estudia, sacrifícate, encuentra un trabajo —primero de mierda, no quieras correr—, haz más horas que un reloj, cobra menos que un esclavo, demuestra lo mucho que vales y ya verás como la vida te recompensará independizándote y sintiéndote realizado. Pobres ilusos.
Detrás de ellos bajó una mujer de cuarenta y tantos años —ojos oscuros que no paraban quietos y pelo negro como el carbón recogido en una cola de caballo que dejaba a la vista la decena de pendientes que le colgaban de cada oreja—. Se acercó a ella y la miró fijamente durante unos largos segundos.
—Eres Gabriela Palau —aseguró como quien dice una verdad indiscutible.
—¿Y tú eres…?
—Gemma Paz. El contacto que te dio Omar. Ven conmigo.
Un por favor no habría estado de más, pero claro que sí, mujer, a sus órdenes.
Dejaron atrás el cuartel de El Bruch y avanzaron por la calle Jordi Girona bordeando el recinto de la Politécnica.
Gemma Paz llevaba una camisa remangada hasta los codos con tres botones desabrochados que dejaban ver un piercing dermal y un montón de tatuajes que asomaban.
—¿Te importa que me fume un piti?
La pregunta sonó a mera cortesía. Antes de que Gabriela hubiera podido responder ya se había encendido un cigarrillo.
—Omar me ha dicho que eres periodista…, pero que puedo fiarme de ti.
—Los periodistas callamos mucho más de lo que la gente cree. ¿De qué lo conoces?
—A veces la policía, si quiere avanzar en una investigación y necesita encontrar cosas o a personas en la red, no puede seguir los canales oficiales.
—Y entonces entra en juego gente como tú.
—Exacto.
—Eres hacker.
—Si quieres ponerle una etiqueta… Dejémoslo en que alguna vez los he ayudado. Y ahora supongo que quieres que te ayude a ti. —La señaló con la barbilla.
—Necesito encontrar a una persona.
La hacker levantó una ceja, divertida.
—Todo el mundo necesita encontrar a una persona en esta vida. ¿Qué tienes?
—Solo un correo electrónico.
Gemma Paz esbozó una sonrisa breve y afilada.
—Es mucho más de lo que parece. ¿Quién es?
Gabriela respiró hondo. Era su única opción, así que tenía que confiar en ella y, como si hubiera ido al médico, le contó lo que sabía: que en el momento más álgido de la pandemia un tal David Blanc Fernández se había esfumado del Hospital Sant Jordi y que necesitaba encontrarlo.
Hasta aquí. Decidió que el trasfondo de la historia podía seguir bajo llave.
No le dijo por qué lo buscaba ni lo que quizá había hecho.
Tampoco dramatizó ni recurrió a esa cara de tonta con la que tantas cosas conseguía.
No era necesario, y lo cierto es que no habría servido de absolutamente nada: la hacker, larga y con mucho mundo, la habría calado a la primera.
Aquello era un intercambio, un servicio.
Ella encontraba a ese tío y Gabriela pagaba.
Bajo mano o con una factura con el concepto que le diera la gana. Eso ya era cosa suya.
Siguieron caminando en silencio unos metros.
Gemma Paz parecía pensar mientras miraba a un punto indeterminado del horizonte, más allá de los jardines del Palau Reial de Pedralbes.
A esa hora, media mañana, solo se oía el tráfico, que escupía su cacofonía incomprensible.
Pensaba en lo que acababa de contarle la periodista y en cómo se lo montaría para conseguir el objetivo, en cómo el asunto podía dejar de ser una sombra y convertirse en un mapa para encontrar a David Blanc Fernández.
Al girar hacia la calle John Maynard Keynes, la hacker recuperó el habla.
—¿Le has pedido algo a alguien más?
—¿Qué quieres decir?
—No estarás trabajando con dos a la vez, ¿no? Porque entonces lo que he pensado se va a la mierda.
—Solo he pedido un peritaje.
—¿A quién?
—A un perito caligráfico.
—Pero a ningún hacker…
—A ninguno.
—Perfecto. Y dices que ese tío se esfumó durante la época más jodida de la pandemia, ¿verdad?
—Sí, exacto. Se largó del hospital sin decir ni pío a los médicos.
—¿Puedes publicar una noticia en La Tribuna que despierte su curiosidad?
—¿Por ejemplo?
—Hostia, pues no sé, algo del tipo «La policía investiga a desaparecidos de los hospitales catalanes durante el covid».
—Pero no es verdad.
—Olvídate de si es verdad o no. ¿Quieres encontrarlo?
Pues hazlo. Escóndela en la web para que no se vea demasiado.
Solo tiene que verla él. Ya le haremos llegar el enlace para que lo clique.
Será un señuelo, pero para que sea creíble el tío tiene que dar la noticia por buena.
Tranquila, si todo va bien, en unos días te diré que la retires.
Gabriela pensó que, como decía la hacker, podía esconder la noticia en la web, en un rincón de una subsección de la sección menos visitada de La Tribuna . La firmaría como «Redacción», que es lo que hacen los periodistas cuando no quieren dar la cara. La siguiente pregunta era inevitable.
—¿Y qué vas a hacer?
Gemma lo había organizado en su cabeza como una especie de Tetris que había dejado caer piezas a toda pastilla y que ella había encajado a la misma velocidad hasta trazar el plan.
Crearía un servidor Ubuntu. En este servidor alojaría una página utilizando XAMPP en la que estaría el código que establece los parámetros de la web.
XAMPP era una herramienta que cogería el código y lo colocaría en otro servidor, este, de la hacker.
En la página web con certificado https, Gemma crearía un boletín informativo idéntico a los que hacía La Tribuna para difundir las noticias destacadas y lo enviaría al mail [email protected]. Hasta aquí, coser y cantar.
Después configuraría una API , un servicio web que hace de intermediario y que permite que dos programas o servicios se comuniquen entre sí e intercambien datos.
Cogería la IP y devolvería la información que a Gabriela le interesaba.
El servidor registraría la IP , Gemma Paz la consultaría y listos.
En bandeja de plata y con un lacito. Vería la zona desde donde se había conectado.
El círculo de ubicación aproximado lo fijan tres puntos, tres repetidores, y dentro estaría la persona a la que Gabriela estaba buscando.
La API registraría información como la IP y la hora a la que se había clicado el boletín informativo supuestamente publicado por La Tribuna .
Aunque, contado así, a la periodista le sonaría a chino.
A ver cómo demonios se lo contaba a esa analfabeta informática para que lo entendiera.
—A ver, intentaré simplificarlo para que lo entiendas.
—¿No crees que sea capaz?
—Aunque vosotros creáis que sí, los periodistas no lo sabéis todo, cariño. Y de esto, créeme… —Una calada al cigarrillo sustituyó el «no tenéis ni puta idea» con el que habría terminado la frase.
—Vale, vale. Dispara.
—Crearé una newsletter idéntica a las que hacéis en La Tribuna .
Estoy suscrita, sé cómo son. Pondremos el titular que te he dicho en tamaño muy grande para que llame la atención.
Lo interpelamos sin decirle «oye, tú, idiota, clica aquí, que queremos saber por dónde coño andas».
Lo entiendes, ¿verdad? Si el tío clica, tendremos la ubicación aproximada.
No te prometo una dirección exacta, pero sí un radio en un mapa.
Si clica, claro. Envíame la noticia. Ponle todo tu arte.
Solo si clica podremos saber algo. Si no, la hemos cagado.
En cuanto la reciba, me pongo. Por cierto, serán mil euros.
A tocateja en un sobre, por supuesto. ¿Te parece bien?
Hizo una rápida valoración de daños: no podía pedir mil euros en negro al periódico.
Ni de coña. Pero había cobrado un buen pellizco con las tres pagas dobles, y ese podía ser el caso que deslumbrara a Makaroff y que tachara la palabra «interina» de su cargo.
Sería una inversión de futuro. De hecho, no tenía ningún otro as bajo la manga para dejar boquiabierto al director, así que tenía que jugárselo todo a la carta de esa investigación.
Gabriela asintió con la cabeza y se estrecharon la mano para certificar que la cacería había empezado.
La periodista y la hacker llegaron a la entrada de la Facultad de Informática.
Gemma se detuvo, se quitó la colección de pendientes que llevaba colgando y se soltó la cola de caballo para que la melena negra le cubriera las orejas.
Después se abrochó los tres botones de la camisa, se bajó las mangas hasta la muñeca y se abrochó los puños. Ni rastro de piercings ni de tatuajes.
—¿Qué haces?
—Parezco otra, ¿eh? Más formalita. Nada, el rector, que cree que esto es Harvard y no deja de tocar las pelotas con lo de la imagen. Ya me ha echado la bulla varias veces.
—¿Todavía estudias en la universidad?
—Soy profesora de algoritmos y estructuras de datos. —La miró con una condescendencia insultante—. Una de las asignaturas más jodidas de la carrera, por cierto.
—¿Eres profesora y haces de hacker?
—¿Crees que en este país llegas a fin de mes con el sueldo de profesora?