Capítulo 40
Omar y Gabriela habían quedado en el Michael Collins, uno de los pubs irlandeses más populares de Barcelona, muy cerca de la Sagrada Família.
Que se encontraran precisamente allí no era casual.
Allí se conocieron hacía ya veinte años.
Fue el escenario de su primer beso, del primer te quiero.
Veinte años habían pasado muy deprisa y, de la mano del paso del tiempo, llegaron los obstáculos que la vida siempre te regala para ponerte a prueba.
Cuando se mira por el retrovisor del tiempo, todo el mundo cambiaría cosas del pasado, y quien no lo reconozca o es un soberbio o es un mentiroso como la copa de un pino.
Partieron peras y decidieron que cada uno seguiría su camino.
Pero un día, con familias ya formadas, volvieron.
Una noche, poco antes de Navidad, semana de cenas de empresa, coincidieron; qué haces por aquí, cuánto tiempo, una copa, otra, el alcohol y su virtud de teñir la realidad de color de rosa, ese no sé qué que te lo remueve todo por dentro y ya estamos otra vez.
Los sentimientos no pueden reprimirse para siempre. En algún momento acaban aflorando.
Alba, la hija de Omar, y Emma, la primera hija de Gabriela, ya habían nacido.
Tumbados en la cama, después de haberles puesto los cuernos a Maria y a Kilian, decidieron que una vez al año tendrían su dosis de amor prohibido.
No querían renunciar el uno al otro, pero tampoco podían renunciar a sus familias.
Una vez al año, el premio de consolación.
Desde ese pacto ya habían pasado diez años; diez años de contigo pero sin ti.
De ver cómo compartes con otra persona la vida que va pasando, que se escapa entre los dedos y que va empantanándose con nuevas hipotecas.
Porque de estas cosas nunca hay menos. Pero qué les cuentas a los celos; lo de las mochilas les importa una mierda.
Los muy jodidos son la más egoísta de las emociones.
Omar llevaba todo el día con un nudo en el estómago, desde la llamada de Gabriela.
Era una sensación dulce, triste, emocionante, inquietante, bonita y cabrona como ella sola.
Gabriela le alteró todo el día y pasó por delante de cualquier cosa.
Había salido puntual de la comisaría para pasar por casa y tener tiempo para ducharse, afeitarse y probarse todo el armario para que el espejo dictara su veredicto.
Probarse, dudar, doblar y guardar. Y así hasta que se vio lo bastante bien para la ocasión, que, qué coño, se lo merecía.
Durante el trayecto hasta el pub llamó a Alba para decirle que en la comisaría la tarde se había complicado. Lo cierto es que los polis no tienen que romperse demasiado la cabeza con las excusas. Tienen follones para dar y vender.
Nada más entrar en el Michael Collins, a Omar lo engulló una luz tenue y cálida que rebotaba en la madera oscura de las barras y las mesas. En el aire se mezclaba el olor a cerveza impregnada por el suelo y un toque de malta y cebada tostada que se escapaba de las pintas de Guinness.
Peinó el pub con la mirada y en una mesa del fondo vio a Gabriela concentrada en el móvil.
Tenía que ser precisamente esa. Estaba claro que no la había elegido al azar.
De repente sintió las mejillas como brasas y martillazos en el corazón, que latía contento y nervioso a la vez.
Para recordar los viejos tiempos, se acercó a la barra y pidió un par de Guinness.
El camarero, una zanahoria con patas, siguió el ceremonial: primera tirada con el vaso en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados hasta llenar tres cuartas partes de la pinta, reposo de sesenta segundos mientras sube lentamente y, por último, con el vaso recto, lo completa hasta conseguir una capa de espuma de unos dieciocho milímetros, redondeada y perfecta, sin burbujas grandes.
Mientras el camarero llevaba a cabo el ritual, él paseó la mirada por la pared llena de fotografías antiguas, banderas, instrumentos tradicionales y referencias a vete a saber qué condado de Irlanda.
Un par de cuadros torcidos y una bandera arrugada le hacían la puñeta, pero hizo un esfuerzo por ignorarlos.
No era el momento de dar protagonismo a sus manías.
Con una Guinness en cada mano, Omar se dirigió a la mesa donde estaba Gabriela entre un murmullo constante de conversaciones en catalán, castellano e inglés.
De fondo, la música tradicional irlandesa animaba el ambiente.
Mucho violín, mucha flauta y mucha gaita.
Plantó las pintas perfectamente alineadas una al lado de la otra.
Al oír el golpe del vidrio en la madera, Gabriela levantó la vista y esbozó esa sonrisa que a Omar le hacía perder algo más que el norte.
—He pensado que quizá querrías una.
—O quizá dos… Los chicos no suelen traerme bebidas como si jugaran al «tráeme una birra y gana una sonrisa».
—Si hubiera sabido que había un juego, habría venido con palomitas y un ramo de brócoli.
—¿De brócoli?
—Es que las flores duran poco y son cursis. El brócoli es práctico, es vitamina pura. Vaya, como yo.
—¿Te funciona esta estrategia?
—Lo sabré cuando vea si me pides mi número de teléfono o me mandas a paseo.
—De momento, ni lo uno ni lo otro. Pero puedes seguir hablando.
—¡Perfecto! ¿Te gusta la cerveza?
Ella dio un largo trago que le pintó un bigote de espuma blanca que se limpió con la lengua.
—Pues sí. Pero me gusta más ver cómo te pones nervioso intentando impresionarme.
—No estoy poniéndome nervioso… Solo… estoy respirando mal por motivos ajenos a mi control.
—Ah, sí. El síndrome de la respiración de tirar la caña a una chica.
—¡Exacto! Es muy frecuente cuando conoces a una chica que te parece… muy guapa.
—Pues tranquilo. Puedes respirar normal. No muerdo. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Omar. ¿Y tú?
—Gabriela.
Reprodujeron frase por frase su primera conversación en el mismo sitio.
Justo ahí, en esa mesa. Se la sabían de memoria.
La habían reproducido mil veces. Terminado el teatro, se abrazaron largamente.
Gabriela sintió el peso agradable de Omar sobre los hombros, y su cuerpo entró en estado de calma durante esos segundos, casi como si flotara.
Omar sabía que, para que Gabriela hubiera roto el pacto y le hubiera propuesto quedar en un lugar público, había una razón de peso.
Hasta que llegara, que llegaría, pasaron un buen rato riéndose de anécdotas y batallitas.
Pero con la entrada en escena de la nostalgia, la conversación transitó por el camino doloroso de los recuerdos.
—Quién nos ha visto y quién nos ve, ¿eh? Veinte años después y tres críos de por medio.
—De hecho, han sido cuatro —puntualizó Omar.
—Bueno, sí, cuatro. —El tono de Gabriela se marchitó de golpe.
—¿Cómo se habría llamado?
—Ostras, no lo sé. Nunca me lo he planteado. —Para verbalizar esa mentira flagrante, Gabriela tuvo que desviar la mirada—. Pero no quiero hablar de este tema. Ahora no.
—Han pasado muchos años.
—Me duele pensar que rompimos por eso.
—Abortaste sin decírmelo.
—No hay día en que lo no piense.
—Éramos muy jóvenes, Gabriela. Poco más de veinte años. Pero yo quería a ese niño. Habríamos salido adelante.
—Yo no estaba preparada.
—Y lo he entendido, créeme. Con el paso del tiempo lo he entendido. Pero me habría gustado mucho tener un hijo contigo.
Estas palabras provocaron que a Gabriela le temblara la barbilla y se le desencajara la cara mientras la mirada se le volvía vidriosa. Maldito sea el sentimiento de culpa. Gabriela siempre se había prometido que algún día Omar sabría toda la verdad. Algún día.
—Cambiemos de tema, que no quiero que llores. Me has dicho que podía ayudarte en una investigación para el periódico. —Lo último que quería era que la cita acabara siendo una lista de reproches.
Ella asintió con la cabeza mientras se secaba con el puño del jersey las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Tenían el sabor amargo de la culpabilidad y del miedo a desenterrar el pasado. Por el bien de todos, había secretos que era mejor que siguieran ocultos.
—Venga, dime. ¿En qué puedo ayudarte?
El cambio de tema actuó a modo de punto. A partir de ese momento, la investigación adquirió todo el protagonismo.
—Necesito encontrar a una persona.
—¿A quién? ¿Sobre qué caso?
—No puedo decírtelo.
—Gabriela, si tengo que meterme en un follón, necesito saber de qué va.
—¿Te meterías?
—Por ti sabes que sí.
—Júrame que lo que voy a decirte quedará entre nosotros.
—Te lo juro —le contestó sin hacer demasiado teatro.
Gabriela cogió impulso para soltarlo. Al fin y al cabo, si no se lo contaba a Omar, ¿a quién iba a contárselo?
—¿Recuerdas a Toni García?
—¿El cardiólogo del ICIB ?
—Sí. Tengo la sospecha de que lo mataron.
—Pero si murió de covid…
—Oficialmente sí. El caso es que, exactamente el mismo día que murió, un hombre ingresado también por covid se marchó por voluntad propia del Hospital Sant Jordi.
—¡Hostia! Esto hay que denun…
—Me lo has jurado —lo cortó Gabriela levantando el índice.
—Está bien. Está bien. —Omar levantó las palmas de las manos como quien se rinde—. ¿Crees que puede estar relacionado con el envío de los tres corazones?
—Eso lo hicieron los San Isidoro, ¿no? —Esta respuesta era merecedora del premio a la mejor actriz. Se habría aplaudido a sí misma.
—Sí. Bueno, en la comisaría lo dan por hecho. ¿Y en qué te basas para decir que se lo cargaron?
—Dos pacientes y una enfermera acusaron a Toni García de agresión sexual y digamos que Jesús Maria Barceló y Carla Sala se pusieron de su lado.
El caso iba a ir a juicio, pero, ups, estalló el covid y Toni García murió.
Y precisamente el día que muere, un tal David Blanc Fernández se marcha del hospital y no vuelve a su casa.
—Espera, espera. ¿Estás diciéndome que crees que la dirección del ICIB conspiró para asesinar a uno de los fundadores? Muy bestia, ¿no?
—Lo es. Incluso testificaron en su contra. Pero fuentes del hospital muy cercanas a Toni García no se tragan las acusaciones de agresión sexual. El caso es que todos los implicados tenían cuentas pendientes con él.
—O sea, crees que aprovecharon el descontrol de aquellos días…
—Para hacer justicia por su cuenta. Menos follón mediático que un juicio que seguro que habría afectado al ICIB .
Gabriela sacó del bolso una hoja en la que destacaba un subrayado con fluorescente y se la entregó a Omar.
—¿Qué es esto?
—Tengo la lista de los pacientes ingresados entre el 26 de marzo y el 12 de abril de 2020. Datos personales y fecha de alta o de defunción.
Omar siguió con el índice la frase subrayada en amarillo fluorescente.
—Y el doctor García murió el…
—El día 4 de abril.
—David Blanc Fernández, «ausencia voluntaria no autorizada».
—El número de teléfono no pertenece a ningún cliente, en la dirección vive un tío danés y no hay rastro de él en las redes sociales.
—Veo que has hecho los deberes.
—También tengo los certificados médicos de defunción emitidos entre esas fechas.
—¿Tienes el de Toni García?
Gabriela pasó las hojas con la velocidad de un empleado de banca contando billetes hasta encontrar la que buscaba. Se la tendió a Omar, que la leyó de arriba abajo.
Organización médica colegial de España
Número de certificado 70376041
Sr. Josep Solé Asensio
N.º de colegiado 31828
Certifica la defunción de Antonio García García
Fecha de nacimiento: 12 de septiembre de 1975
Hora y fecha de defunción: 04.15 h, 4 de abril de 2020
Causas de defunción:
• Causa inmediata: disfunción multiorgánica
• Causa intermedia: neumonía SARS-CoV-2
• Causa inicial: infección covid-19
—¿Qué sabes de Josep Solé Asensio, el doctor que firma el certificado?
Gabriela había buscado su historial laboral en internet. Y hoy en día nada mejor que LinkedIn: teatro del postureo laboral, meca de inflar el currículum y capital del me como una y cuento cien.
—Nació en 1992. Es pediatra. Y bastante bueno, por lo que parece.
—Si es del 92, en abril de 2020 era muy joven.
—Por lo que he visto, durante la pandemia apenas hacía un par de meses que había terminado la residencia.
—Es decir, que si alguien podía verse superado por la locura que se vivía en los hospitales durante el covid era precisamente un médico como él.
Solo de escucharlo hablar se le caía la baba. Hostia, es que le haría el amor ahí mismo. Se moría de ganas… Pero maldito sea su lado más racional. Ahora que la conversación estaba encaminada al trabajo, no era momento de desviarla.
—Dame todos los certificados firmados por él que tengas. ¿Pedimos otra mientras seguimos? —Omar señaló los vasos vacíos con la barbilla.
—¿Creías que me conformaría con solo una?
Mientras Omar fue a por la segunda ronda, Gabriela buscó entre los papeles los certificados médicos de defunción firmados por el doctor Solé.
Encontró doce, que colocó en la mesa. A la izquierda, el de Toni García.
A la derecha, los otros doce bien apilados y sobre todo sin que ninguna punta sobresaliera.
Con las dos nuevas pintas en la mesa, Omar empezó a examinar los certificados y a compararlos uno a uno con el de Toni García.
La música celta de fondo no le rompió la concentración ni un segundo.
Cada detalle importaba. Palabras, vocabulario, fechas, causas de defunción.
Todo. Movía los papeles adelante y atrás.
—Antonio García García. Joder, debe de haber un millón.
—Sí. En el hospital era Toni García, el doctor García o directamente García.
Omar siguió leyendo y comparando documentos con los ojos entrecerrados hasta que de repente movió la cabeza y verbalizó la conclusión a la que había llegado.
—Creo que deberías pedir un peritaje caligráfico para analizar la morfología del trazo de la caligrafía.
—¿Para qué?
—Para certificar si Josep Solé fue quien realmente firmó el certificado médico de defunción.
Lo haría. Sin duda lo haría. Por un momento visualizó la portada de La Tribuna , la entrevista al perito caligráfico, el titular llamativo a cinco columnas, su nombre en lo más alto del ranking de audiencias… Hasta que un chasquido de dedos imaginario la devolvió a la conversación.
—¿Y cómo encuentro a David Blanc si solo tengo un correo electrónico? ¿No puedes consultar la base de datos del DNI ?
—Sin una autorización judicial no puedo.
Y si por lo que sea alguien de investigación criminal la pidiera, te jodería el caso.
Se lo quedaría la poli. Y antes de que me lo preguntes, por un tema de protección de datos, en España no existe ningún censo público ni ningún directorio online en el que puedas buscar un nombre y saber automáticamente si la persona está viva o muerta.
—¿Y qué coño puedo hacer para encontrar a este hombre?
Omar buscó en su móvil y después escribió en una servilleta un nombre y un correo electrónico con una caligrafía de matrícula de honor.
—Escribe a este mail de mi parte. Seguro que puede ayudarte.