Capítulo 39
Cuando cerró la puerta de casa, Jesús pensó que si las cosas venían mal dadas no volvería nunca más.
Aquello era una buena hostia, de esas con la mano abierta que hacen que todo se tambalee.
Un buen baño de realidad. Y ya pueden decirte que no te preocupes, pero, si necesitas un trasplante para salvar el pellejo, a ver cómo demonios te lo montas para no darle vueltas todo el santo día.
Tenía la válvula aórtica bicúspide y, en consecuencia, las paredes de la aorta más frágiles.
Los velos no eran perfectos, y las bacterias, las muy cabronas, se enganchaban en ellos.
El cierre, la pared con pared, no era liso, sino rugoso, lo que provocaba que la sangre se colara de vuelta hacia el ventrículo izquierdo.
Al no funcionar bien la arteria, se generaba cal, así que, cuando la válvula quería cerrarse, no solo no podía, sino que al abrirse se quedaba rígida, de modo que Jesús empezó a sufrir el fenómeno contrario: una estenosis aórtica.
Si no quieres caldo, dos tazas. Había acabado con una doble lesión, y eso aceleraba la cuenta atrás.
¿La causa de haber llegado hasta aquí? Vete a saber.
Podría ser de las amigdalitis mal curadas de pequeño, pero a estas alturas ¿qué importaba?
El hecho era que necesitaba utilizar en todo momento un respirador hospitalario para que cada respiración no fuera un esfuerzo negociado con el dolor y la fatiga.
Su cuerpo había llegado a un límite peligroso y no aguantaría más de tres meses.
Quizá menos, según cómo se desarrollaran las cosas.
Hacía solo unas semanas, el tiempo era una idea abstracta, pero ahora que se escurría entre los dedos se había convertido en una unidad medible, amenazadora y angustiosa.
Llevaban meses viviendo pendientes de un teléfono que no sonaba, esperando a un donante que podría llegar en cualquier momento o no llegar nunca.
A pesar de que vivía a escasos trescientos metros del hospital, una ambulancia lo trasladó.
A Nelson, siempre a su lado, no le salían las palabras, pero se guardaría muy bien de llorar delante de él.
Jesús era un hombre de ciencia y un agnóstico de tomo y lomo, así que no le fueras con cuentos sobre la suerte y sobre Dios porque podía mandarte a tomar por saco en menos que canta un gallo.
Cada uno se forja su futuro, decía siempre.
Durante el trayecto hacia el hospital, Jesús pensaba en las cosas que dejaba atrás y en cómo había ido todo.
Teniendo en cuenta los resultados de la carretada de pruebas que le habían hecho y analizando los últimos años de su vida, era evidente que su corazón había empezado a deteriorarse avanzados los cuarenta años.
Al conocer a Nelson, empezó una especie de luna de miel con la vida.
Con él a su lado, y por primera vez, aprendió a ser un bon vivant , a disfrutar de una buena comida, a salir, a reírse y a tener autoestima.
En definitiva, a ser feliz. Y nunca se pasó de la raya; las drogas no las había tocado en su vida.
Jesús vivía de su cerebro, y como médico sabía de qué iba el percal cuando te metías según qué mierdas en el cuerpo.
Al fin y al cabo, la droga entra por el culo de una mula y vete a saber qué potingues le añadían para cortarla.
En cuanto a abusar de medicamentos, ya era harina de otro costal.
Él mismo podía hacerse las recetas, así que la respuesta era evidente.
Y así fue tirando hasta que un día, en medio de una intervención con Carla, las cosas empezaron a torcerse y sintió los primeros síntomas: dolor en los maxilares, sudor frío y molestia cervical.
Intentó negarlo y esconder la cabeza bajo el ala, pero un problema así no se solucionaba solo.
Cuando se enfrentó a él, el corazón ya se le había pasado de vueltas y no había más tratamiento que un trasplante.
Los niveles de insuficiencia y de estenosis aórtica eran graves.
El ventrículo izquierdo se le había ido agrandando y el corazón se le había ido deformando hasta adoptar forma de garrafa, lo que provocó que fuera perdiendo fuerza y capacidad para contraerse y se quedase como un globo deshinchado.
Jesús sabía que el ingreso era inevitable.
El corazón no podía sostener una vida que ya no era normal.
Su futuro inmediato se vería reducido a una habitación de hospital donde la dobutamina, la milrinona, la noradrenalina, la heparina sódica y la amiodarona lo esperaban rodeadas de monitores que marcarían cada uno de sus latidos.
Tendría también soporte vital avanzado, el ECMO , oxigenación por membrana extracorpórea, que ayudaría a mantener funciones vitales del cuerpo cuando los órganos fallaran, en especial el corazón y los pulmones.
A partir de ese momento, todo eso sería su pan de cada día.
En urgencias todo fue rápido. Alfombra roja para el doctor Barceló.
Protocolos, miradas serias y voces bajas pero eficientes.
Estaba claro como el agua. El propio Jesús se había autodiagnosticado.
Lo que dijeran sus subordinados era un mero trámite.
Código 1 significaba prioridad absoluta, una carrera contra el reloj.
El trasplante ya no era deseable, sino absolutamente imprescindible.
Aún no estaba intubado, pero la frontera era frágil.
Cada decisión buscaba ganar horas, días y semanas.
Cuando por fin lo instalaron en la habitación, Nelson se sentó al lado de la cama, le cogió la mano y le dio un beso.
En ese gesto había miedo, amor y una esperanza obstinada.
Su cuerpo quizá no aguantaría mucho más, pero, mientras el corazón siguiera latiendo, tenía un clavo ardiendo al que agarrarse.