Capítulo 38
Gabriela llevaba ya tres cafés en el cuerpo cuando dejó a Emma y a Paula en la escuela.
Un rato después llegaba a los Jardinets de Gràcia, donde compró un cuarto que humeaba muchísimo.
Uno por cada hora de sueño perdida. Se suponía que la sobredosis de cafeína paliaría la falta de sueño y de rebote el frío; el calor en las manos la ayudaba a combatir las temperaturas glaciales de diciembre, que le atravesaban el abrigo como puñaladas.
Durante el trayecto había llamado tres veces al teléfono que figuraba en la ficha hospitalaria de David Blanc. Pero, al otro lado de la línea, la vocecita arrogante de una grabación anunciaba que el número marcado no correspondía a ningún cliente.
Una vecina salió y Gabriela aprovechó para entrar en la portería.
Según los papeles que le había entregado Helena, David Blanc vivía en el segundo segunda.
Peinó los buzones con la mirada, pero no encontró el nombre que buscaba.
En su lugar estaba un tal Mathias Gidsel.
Gabriela reaccionó con un gruñido. Demasiado fácil habría sido.
Después de echar un vistazo a los buzones, la imagen que se obtenía era un reflejo de cuánto había cambiado Barcelona en los últimos años.
Apellidos como Møller, Hansen, Andersson, Lagarde, Prandi o Nielsen eran mayoritarios.
Si llegaban con pasta gansa, se los llamaba expats y, si lo hacían con una mano delante y la otra detrás, se los llamaba inmigrantes.
Subió al primer piso y llamó a la primera puerta. Abrió una mujer blanca como la leche, albina y con los ojos de un azul vivo como el mar. Con cierta resignación, se dirigió a ella directamente en inglés. Para qué perder el tiempo, pensó.
—Buenos días. Estoy buscando a un vecino, David Blanc Fernández.
—Ah… —La mujer se rascó la cabeza, confundida—. Disculpe. No sé de quién me habla.
Muchas gracias, buenos días tenga usted, vaya a prepararse su magnífico brunch y que le aproveche. Probaría suerte con el vecino de al lado.
En la segunda planta, llamó uno tras otro a todos los timbres del rellano. Al final, en el segundo cuarta abrió la puerta un pelirrojo alto como un pino y, de nuevo en inglés, Gabriela repitió la pregunta.
—¿David Blanc? No me suena.
—Vivía aquí. —Gabriela señaló el segundo segunda.
—No, no lo conozco. —Hablaba con un marcado acento francés—. Hace poco que me trasladaron a Barcelona. Aún soy nuevo aquí.
Gabriela subió a la tercera planta y después a la cuarta, pero nada. Era como si el edificio hubiera engullido a David Blanc, como si hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Cuando llegó a la última puerta de la última planta, llamó con la convicción de quien ya se ha rendido, y un hombre muy bajito con gafas pasadas de moda, tirantes colgando y mirada viva abrió la puerta.
—¿Busca a David Blanc? Dejó de pagar hace tiempo y alquilé el piso a otra persona.
—¿Usted es el propietario?
—Sí. De todo el edificio.
—¿Cuándo dejó de tener noticias de David?
—Perdone, ¿quién es usted?
—Me llamo Gabriela Palau. Soy periodista de La Tribuna .
—Le mostró el carnet de prensa como si fuera una placa de policía, como si diera derecho a algo—.
Estamos haciendo un reportaje sobre personas que estuvieron ingresadas por covid.
Como la epidemia estalló por estas fechas, quería saber cómo lo recuerdan las personas que estuvieron ingresadas en la UCI .
—No sabía que había estado ingresado. Casi nunca lo veía. ¿Y sobrevivió?
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque todavía estoy esperando a que vuelva por aquí.
—¿Cómo dice?
—Desapareció justo en la época del covid.
Fueron pasando los meses y no pagaba el alquiler.
Después de haberlo llamado un montón de veces, opté por entrar en el piso.
Debo decir que apenas tenía nada. Algo de ropa y nada más.
Ni utensilios de cocina. Utilizaba los que pongo yo para los inquilinos.
Cortesía mía, ¿eh? Aunque la mayoría prefieren los suyos.
—¿Qué recuerda de él?
—Era un hombre solitario. Una de las pocas cosas que me contó fue que no tenía mujer ni hijos y que no se hablaba con nadie de su familia. Un tío raro. Educado, eso sí, pero con pinta de amargado. Aquí estuvo poco más de tres meses.
—Y dice que dejó a deber el alquiler.
—Sí, coincidiendo con el covid, como le he dicho.
A ver, podría haberme dicho algo. Al fin y al cabo, no habría sido el único.
Mucha gente quería dejar de pagar el alquiler.
Que si no se podía trabajar, que si no se cobraba, que si el mundo se había parado…
Usted me perdonará, pero no era mi problema.
Hay quien vende manzanas, y yo alquilo pisos.
Gestiono mi patrimonio. Vivo de esto, coño.
Que también pago facturas y tengo que llegar a final de mes.
Gabriela le habría soltado una fresca, pero saltaba a la vista que ese pesetero profesional no perdonaría un euro ni a la madre Teresa de Calcuta. Mejor reconducir la conversación y no desviarse de su objetivo.
—Y David Blanc simplemente dejó de pagar… —insistió Gabriela para corroborar la historia.
—Sí, sí. No dijo ni pío y no volví a tener noticias de él.
De hecho, desde que se marchó, el piso ya ha tenido tres inquilinos.
—Se encogió de hombros—. Hoy en día Barcelona es así: dinámica.
La gente viene y va. Ahora vive un danés que trabaja para no sé qué multinacional.
Estos sí que no dan problemas. Pagan el alquiler a tocateja y no rechistan por el precio.
—¿Guardó las pertenencias de David Blanc?
—¿Quién, yo? —Chasqueó la lengua—. No. ¿Qué coño iba a hacer yo con sus cosas?
Lo tiré todo en el contenedor. Ya le he dicho que no había gran cosa.
Dos cajas como mucho. Mire que he visto cosas en este negocio, pero esto todavía no me había pasado.
Simplemente desapareció. Joder, ni que fuera un asesino.
Ni que fuera un asesino.
Asesino.
A-se-si-no.
A-SE-SI-NO.
La palabra le estalló en la cabeza como un diagnóstico repentino.
Por la mente de Gabriela desfilaron las imágenes del aparcamiento del tanatorio de Collserola reconvertido en un gran depósito de ataúdes de personas muertas por coronavirus.
Tres plantas llenas de féretros. Y lo mismo sucedía en todo el mundo, literalmente.
Un escenario ideal para cometer un asesinato y desaparecer engullido por la niebla del caos.
Una confabulación entre Montse Casanovas, Santi Nadal, Rosa Vila, Olga Mir, Carla Sala y Jesús Maria Barceló encajaba a la perfección en el descontrol de aquellos días.
Justicia paralela, fría y calculada. Una sentencia colegiada y ejecutada por un tercero: David Blanc.
Quizá ni siquiera estaba enfermo. Puede que el covid solo fuera una coartada.
La hipótesis de Gabriela se apoyaba en una intuición y en sombras. Necesitaba pruebas.
Sintió una mezcla de calma y euforia discreta.
Se despidió del propietario. No estaba nada mal lo que había cantado.
Bajó al portal y se quedó un rato allí, bajo el cielo gris ceniza de Gràcia y sus árboles desnudos de hojas por el frío.
Pensó en David Blanc, en quién podía ser y en el rastro de puertas cerradas que había dejado detrás de él.
El viento le mordió la cara. La vida de la ciudad seguía su curso mientras Gabriela se daba cuenta de que la desaparición de David Blanc quizá decía más que cualquier testigo.
Llegados a este punto, solo le quedaba un camino. Había esperado a llegar a ese callejón sin salida para que la voz de la conciencia no le lanzara los platos a la cabeza. Cogió el móvil para escribir un mensaje a Omar.